En torno a la Navidad podemos apreciar unas curiosas paradojas. Se celebra el nacimiento de un niño muy especial. Un sector de la sociedad lo considera incluso Hijo de Dios, mientras que otro sector no quiere saber absolutamente nada de eso por considerar que se trata de un acontecimiento que se mueve en el terreno de lo supersticioso y lo alienante.

 

Ese niño, conocido como Jesús de Nazaret, creció, se hizo adulto y lanzó un mensaje que fue considerado subversivo y peligroso por los sectores privilegiados de su mundo (la derecha de entonces) los que acabaron condenándolo a muerte y ejecutándolo en una cruz. En cambio el pueblo sencillo le seguía con entusiasmo. Lo paradójico es que actualmente podemos decir que, en general, es la derecha de hoy, los sucesores de los que condenaron a Jesús, los que celebran su nacimiento con el mayor fervor, mientras que son las masas populares (las que ocupan el espacio del pueblo empobrecido y oprimido de Israel) las que reniegan de todo lo que la figura de Jesús significa.

 

También resulta bastante paradójico que los grupos cristianos, que ponderan el nacimiento de Jesús en la mayor pobreza y desamparo, se dispongan a celebrar el acontecimiento con un gran sorteo de lotería a ver quién tiene la suerte de hacerse muy rico. Y luego, les haya tocado la lotería o no, todos se lancen a echar la casa por la ventana para conmemorar el nacimiento de un niño que no tuvo más cuna que un pesebre de animales.

 

Los padres de Jesús fueron refugiados a los que nadie acogió. Pues, paradójicamente, hoy muchos cristianos, y partidos que llevan el nombre de cristianos, exigen un férreo control de fronteras para impedir que lleguen más refugiados. Pero, eso sí, lo hacen para “preservar el carácter cristiano de Europa” ¡Toma ya!

 

También muchos cristianos comparten la teoría de que eso de “izquierdas y derechas” está muy pasado, que las diferencias ideológicas prácticamente han desaparecido. Que lo que importa es gestionar bien la economía de mercado y ser individuos competitivos y eficientes. Pues Jesús, en el anuncio del Juicio Final, establece la más radical y definitiva división de los humanos: los que dieron de comer a los pobres y los que no lo hicieron.

 

Esa división existe entre nosotros y es radical. La vemos entre los directivos de una multinacional que especula con los alimentos, y la gente de las ONG que tratan de dar de comer a los hambrientos; entre las empresas farmacéuticas que hacen negocio con la enfermedad, y Médicos sin Fronteras que luchan por sanar y salvar vidas; entre los que se enriquecen fabricando armas, y los que trabajan por la paz…

 

Y en esta sociedad esa división forzosamente tiene que tener una expresión política: podemos hablar de izquierda y derecha, de socialistas y conservadores, o de azules y rojos, o buenos y malos, lo que queramos, pero la división está ahí, los propósitos de unos y otros no pueden ser más diferentes. Los que no somos ni banqueros ni muertos de hambre no podemos refugiarnos en una neutralidad imposible ni en un centro que aquí no existe. Tenemos que optar, con unos o con otros. O dejar de creer en Jesús de Nazaret y olvidarnos de la Navidad.