Ya sé que lo tuyo es ir de frente. Asaltar el cielo. Y azotar las nalgas de una mujer hasta hacerla sangrar. Esto es, que lo tuyo es la acción expeditiva, precipitada y sin contemplaciones. Ahora bien, sin hacer un análisis crítico de esos impulsos que se comen por dentro ese cuerpo tuyo-aunque sí precisando que la violencia contra la mujer no es admisible, y en el caso de que sea sobre las nalgas pueda anunciar algún tipo de patología o trastorno psíquico que te recomiendo trates-, entiendo que deberías escuchar más y pensar menos, que parece que no es lo tuyo. Al menos hoy por hoy, que esto no quiere decir que lo tenga que ser siempre. Ahí tienes al tosco de Corcuera, al electricista al que hicieron ministro, que de querer entrar a patadas en las casas, ha terminado siendo un discreto y moderado contertuliano. Por eso te digo que deberías escuchar a quienes te pueden ayudar a formar criterio de las cosas, que no es otra cosa que conocer la verdad o dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella, que nos dice el gran pensador Jaime Balmes.

Verás, un vicepresidente ha tenido siempre un cierto prestigio hasta que llegaste tú. Incluso lo tuvo Alfonso Guerra, ya sabes, el “hemmano” del clan Guerra, aquella cuadrilla de Sevilla. Y es que el vicepresidente de un gobierno no es un ministro más, sino la persona que sustituye al presidente cuando éste se ausenta del país, o no puede ejercer sus funciones por causas mayores, siendo así que no puede ser un cualquiera. Pues bien, Pablo Manuel, tú has tirado por tierra ese prestigio. ¿Acaso crees que el pasado no nos persigue?

Has salido de la calle, de la revuelta y del acoso. Has ido de chulo y matón. No tienes experiencia en la Administración, apenas has trabajado y no has hecho nada de provecho. Estudiaste, ¿y qué? Como millones de españoles. En mi época si no querías estudiar hacías Ciencias Políticas o te inclinabas por ser Profesor de EGB. Por lo que sé para lo mismo ahora. Luego ya sabes…, los parciales, las recuperaciones, las recuperaciones de las recuperaciones, las repescas, las preguntas filtradas, los aprobados generales, los programas que no se completan. En fin, que te voy a contar a ti.

¿Cómo quieres que te veamos, Pablo Manuel, dínoslo? ¿Con los ojos de ayer, o con los que quieres que comencemos a verte a partir de ahora, aunque apenas cambias? O para ser más precisos, cómo quieres que veamos a un tipo chulesco y matón que alentaba el acoso a los domicilios de determinadas personas, al enfrentamiento violento con la policía y que calificaba de ladrones a quienes se compraban un piso por encima del precio que tú habías considerado. Compréndenos, Pablo Manuel, a ti siempre te veremos como lo que eres. 

Deberías haber esperado, haber aguantado un poco y no haber entrado en el Gobierno de Sánchez sin tomarte antes un tiempo de transición. Justo el tiempo que los españoles hubiéramos necesitado para olvidar lo que fuiste, lo que dijiste y lo que hiciste antes de llegar a la vicepresidencia del gobierno de España, y para ello no hubieras necesitado mucho tiempo, pues de sobra sabes que los españoles somos en general olvidadizos y lo perdonamos todo.

Y a lo dicho, hay otra cuestión que lejos de ser frívola también deberías considerar en este tiempo de la imagen. Y es que, coincidirás conmigo que no eres agraciado, y que tú presencia física no es la más adecuada, sobre todo en un gobierno presidido por un tipo con el porte de maniquí del presidente. Al menos deberías haber imitado a tu camarada Garzón, que se derretía por usar traje y corbata, y que ya empezó a cambiar cuando se casó vestido de principito borbón. Fuera más o menos hortera el traje, que en esto como en todo hay gustos y clases. Por eso te digo que también por la cuestión estética deberías haber esperado antes de entrar en el gobierno de España. Aunque por lo que parece esto de la estética te sigue importando un bledo, que es por lo que no rectificas: las mismas posturas (las piernas demasiado abiertas, los brazos colgantes, e inclinado hacia adelante sin sentido), el mismo moño, la misma barba que no lo es, el mismo pendiente. No digo nada de la voz, porque sobre esto intuyo que no se puede hacer nada, aunque con un buen foniatra se pueden conseguir milagros, al menos eliminar la voz flauta.

Pablo Manuel, ¡por Dios!, hay asesores de imagen muy experimentados, y ahora que has dejado Vallecas (no sé si tú lo escribes con c o con k) y vives en una estupenda zona residencia de Madrid te podría servir para fijarte más en cómo se debe ir por la vida cuando se ostenta un cargo de representación institucional, aunque nunca se consiga ser un auténtico caballero. Que esto, Pablo Manuel, es cuestión de nacimiento o de bondad. Eso sí, al menos te estás arreglado la boca.     

Pablo Manuel, piénsalo. Dimite. Es por tu bien. Te lo digo sin acritud. Si aguantas un poco, si cambias de ideas, si corriges tu imagen y si te moderas, a lo mejor de aquí a siete o diez años puedes volver. Aguanta, chaval, aguanta. De lo contrario seguirás los pasos de Jorge Verstrynge, sin encontrarse por haber estado donde estuvo y no donde quiso estar. No te das cuenta que te tienen en el Gobierno para que no incendies la calle…

En la vida, Pablo Manuel, hay quienes imponen admiración, respeto o miedo. Ninguna de las tres cosas impones tú, porque lo tuyo es más lo esperpéntico. Incluso la carcajada y la burla. ¿Acaso no crees patética la trayectoria de tu familia que tú has repetido como si se tratase de una maldición? Eres, Pablo Manuel, el tercero de los de tu familia que hace lo mismo. El tercero de tu familia investigado (antes se decía imputado) por diferentes causas criminales, que bien es cierto luego se sustentaron a vuestro favor. Tu abuelo, tu padre y ahora tú. Aunque lo más esperpéntico es que los tres acabáis sirviendo, y nada menos que de funcionarios, al régimen, sistema o casta que atacabais.