Artículo de Fricz Tamás, politólogo e investigador del Centro de Derechos Fundamentales (Alapjogokért Központ), publicado en Magyar Nemzet el 28 de febrero de 2021.

Mientras los liberales, debidamente pagados o simplemente idiotas que no entienden nada de nada, siguen intentando desesperadamente convencer al público de que no existe un estado profundo, un “deep state”, un poder oculto de carne y hueso ha decidido cambiar su estrategia para salir a la palestra a la vista del público mundial.

Klaus Schwab, fundador y presidente del Foro Económico Mundial (FEM), junto con el Príncipe Carlos, proclamó en la Cumbre de Davos de mayo de 2020 el Gran Reajuste, que es nada más y nada menos que la reestructuración de las reglas del mundo sobre una nueva base. Según ellos, el capitalismo en su forma actual no contribuye al bienestar de la humanidad, por lo que es necesario crear un nuevo capitalismo capaz de proteger el medio ambiente y reducir las desigualdades sociales.

Se supone que el Gran Reajuste establecerá un nuevo orden mundial en la era post-pandémica que garantizará la cohesión política, ideológica y económica de un mundo libre de estados-nación. Lo que se desprende a primera vista de sus declaraciones es que los planes de Schwab y su pandilla nos devuelven a la fuerza al comunismo mundial soñado por Marx y Engels, bajo el dominio de algún tipo de gobierno global transnacional. Un comunismo que ni siquiera ellos se atreven ya a llamar “dictadura del proletariado”, ya que probablemente es difícil llamar proletarios a los miembros de esta élite mundial, desde, por ejemplo, la familia Rothschild hasta Bill Gates; por otra parte, siempre que sustituyamos la palabra “proletario” por la palabra “elitista”, conservando “dictadura”, estamos muy cerca de la esencia del proyecto.

Por lo tanto, el poder oculto decidió mostrar sus cartas y convertirse así en un poder visible. Todo lo que hasta ahora ha sido calificado de delirio paranoico por las luminarias de la prensa dominante, encargadas de reeducarnos en el uso del lenguaje políticamente correcto, todo eso es ahora visible, legible y audible en la formulación de estos mismos señores, grandísimos señores con grandísimas ambiciones. Las lumbreras, por supuesto, seguirán diciéndonos a gritos que las palabras de Schwab y su pandilla son el epítome de la benevolencia filantrópica, pero el mero hecho de que dichas lumbreras estén todas materialmente conectadas a la red del Gran Reajuste debería ser suficiente para convencer a cualquiera de que no preste atención a sus mantras.

Sería mucho mejor llamar la atención sobre el verdadero sentido de las reflexiones de Klaus Schwab, tal y como las ha repetido en las entrevistas que ha publicado desde entonces, sobre este nuevo orden mundial “transhumano” que nos plantea como objetivo. Para decirlo sin rodeos: La élite mundial se ha fijado como objetivo primordial la desaparición de las naciones y de los Estados-nación y la creación de una gobernanza global como sistema integral de regulación de todas las esferas de la vida en el que, al menos en su opinión, se puedan resolver o por lo menos gestionar los grandes problemas globales como la desigualdad social, el cambio climático, el crecimiento insostenible, las migraciones, etc., para que los pueblos del mundo puedan convivir en armonía.

Por supuesto, la élite mundial se ha estado preparando para esto durante mucho tiempo y personalidades destacadas llevan décadas hablando de ello. El exsecretario de Estado y asesor estadounidense Henry Kissinger, a cuyas clases asistió Klaus Schwab en Harvard hace cincuenta años, declaró ya en los años setenta y ochenta que, tras la globalización del mercado, también habría que globalizar la política. Brzezinski, exasesor principal de seguridad nacional, habló del fin de los Estados soberanos, mientras que David Rockefeller habló de la necesidad de un gobierno mundial y George Bush padre proclamó el Nuevo Orden Mundial en un discurso ya en 1990. Estos son los autores de estas “teorías conspirativas” que no deben ser tomadas en serio.

En primer lugar, de lo que Schwab ha dicho hasta ahora, incluido su libro The Great Upheaval escrito conjuntamente con Thierry Malleret y publicado en julio de 2020, se desprende que lo que él entiende por gobernanza mundial es una especie de nuevo sistema complejo que obtiene su legitimidad de la observación de que ni la sociedad civil, ni el mercado, ni los gobiernos por separado son capaces de poner fin a nuestros males. Por ello, consideran que la solución es que las empresas y los gobiernos “se comuniquen eficazmente entre sí”. En mi opinión, la única interpretación posible de esta jerga es que, paso a paso, los líderes del mercado globalizado deben quitarles a los Estados-nación el “duro trabajo” de gobernar y hacerlo por ellos.

En segundo lugar, si nos fijamos en la dirección de este FEM presidido por Schwab, de 82 años, están representadas las empresas más ricas del mundo y los multimillonarios más influyentes: los directores generales de Blackrock y Blackstone, el director del grupo de inversión Carlyle David Rubinstein, el hombre más rico de China, Jack Ma, pero también los presidentes de la ONU, el FMI y el BCE. Por lo tanto, no cabe duda de que el Foro Económico Mundial es un nodo de gran importancia en la red de la élite mundial, pero que también trabaja muy estrechamente con otros nodos, como el Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) o el Grupo Bilderberg. Lo que intento transmitir es que el titánico proyecto del Gran Reajuste no es solo el caballo de batalla personal de Klaus Schwab y sus asociados, sino que lógicamente debe haber sido el resultado de un proceso continuo de consulta y aprobación.

Pero volvamos a esta gobernanza posnacional y transnacional. Sus textos y declaraciones demuestran que, efectivamente, piensan en un orden político global complejo surgido de la unión de los gobiernos tradicionales y los protagonistas del mercado global, flanqueados por unos pocos actores de la sociedad civil. Las líneas divisorias institucionales y funcionales que hasta ahora han separado estos diferentes polos se diluirían, surgiría una especie de liderazgo unificado, un poder único, en interés, por supuesto, de los objetivos de “humanismo”, bienestar, salud y paz en el mundo. Si uno trata de hacerse una idea algo más clara, enseguida veo que estos titanes han decidido sustituir la democracia por un liderazgo unificado, dar prioridad a la tecnocracia sobre las elecciones y los políticos elegidos, y subordinar la transparencia a una “experiencia” incomprensible para el hombre común.

En tercer lugar, cabe señalar que Schwab, en el sitio web Project Syndicate (que resulta ser una publicación electrónica propiedad de George Soros), insiste en la idea de que la aplicación del Gran Cambio no requiere la definición de una nueva ideología, sino que basta con “dar simplemente pasos pragmáticos hacia la construcción de un mundo más resistente, unido y sostenible”. Según mi interpretación, esto significa que no creen que necesiten otra ideología que no sea el viejo neoliberalismo, sino solo una “nueva ola” social-comunista (o más precisamente: neocomunista) de este último, es decir, necesitan la creación de un liberalismo comunista (en este punto de reflexión los húngaros podríamos recordar al pobre Attila József, nuestro gran poeta, que escribió en 1936: “Puedes cantarle [a tu hijo] una nueva nana / La nana del comunismo fascista”). Y tras la aceptación universal y obligatoria del liberalismo social-comunista, solo queda la gestión de los problemas y las crisis tecnológicas-ambientales, es decir, un pragmatismo que también podría verse como un refrito de la tesis del “fin de la historia” que le dio la fama, ahora algo disminuida, a un tal Fukuyama. Véase también a Marx, cuya idea del comunismo era que los problemas del mundo se resolverían un día, tras lo cual cada uno recibiría según sus necesidades y se dedicaría a la caza y la pesca, o, si lo deseaba, a la crítica. Todos serán iguales y todos serán felices.

En cuarto lugar. Entre los objetivos de la élite mundial, según las fórmulas de Schwab, juega un papel fundamental la idea de que el estatus de los humanos debe cambiar para adaptarse a la era de la digitalización, la robotización y la inteligencia artificial. Ya en 2016, Schwab escribió en su obra dedicada a la cuarta revolución industrial que las técnicas desarrolladas por los nuevos gigantes tecnológicos permitirán a los gobiernos invadir el espacio, antes privado, de nuestras mentes, leer nuestros pensamientos e influir en nuestro comportamiento, convirtiéndonos en parte integrante del mundo físico. “Los dispositivos externos actuales, desde los ordenadores portátiles hasta los auriculares de realidad virtual, se convertirán casi con toda seguridad en implantables en nuestros cuerpos y cerebros”. Schwab concluye: “Lo que traerá la cuarta revolución industrial es la fusión de nuestras identidades física, digital y biológica”.

Así que aquí hay un verdadero teórico de la conspiración: Klaus Schwab. Desgraciadamente, no, no es un teórico de la conspiración, es un conspirador. ¡Pensad un momento, liberales! Pero para demostrar, sin lugar a dudas, que el objetivo es efectivamente el mejor de los mundos (neocomunistas), cito los eslóganes de un anuncio especialmente encargado por el Foro Económico Mundial, o al menos algunas perlas de esos eslóganes: “¡Hola! No tengo nada, no tengo privacidad y la vida nunca ha sido mejor”. “No poseerás nada y serás más feliz”. “Lo que necesites, lo alquilarás y los drones te lo entregarán”. “Millones de personas emigrarán debido al cambio climático”. “Tendremos que acoger e integrar mejor a los refugiados”. Y así sucesivamente.

Estos titanes quieren nuestro bienestar. Por lo tanto, ¡tenemos la mejor razón del mundo para tener miedo a finalmente despertar!