Tras la nuevamente fallida investidura del Presidente del Gobierno del pasado 31 de agosto y 2 de septiembre, me doy cuenta de lo cómodo que nos resulta a los españoles ser menores de edad.

Términos como igualdad, tolerancia, razón, ciencia, o naturaleza nos perturban la siesta y, sin embargo, lo poco que tenemos, lo convertimos en arma arrojadiza dejándonos llevar por la presión social, que es la que hace que las personas no seamos realmente libres y vivamos en un mundo en el que tenemos que cumplir lo estipulado por la sociedad y lo que ésta espera de nosotros.

Más allá de todo esto, la presión social es la que hace que dejemos de hablarnos con alguien sólo porque creemos que con esa persona se verá perjudicada nuestra imagen pública y nos hará tener menos amigos.

Pero si un individuo se encuentra relacionado con un grupo de personas jóvenes ambiciosas y que trabajan para tener éxito, la persona se puede sentir presionada para seguir el mismo comportamiento para evitar quedar excluido del grupo. A veces, se presionan a si mismos. Ellos sienten que precisan del grupo para ser atractivos o estar de moda. Por lo tanto, el joven es presionado para mejorar, con un efecto beneficioso a largo plazo. En el caso contrario, el individuo puede alejarse del grupo por tanta presión que ejerce el mismo. Este comportamiento es visto con frecuencia en aquellos jóvenes que participan en deportes u otras actividades extracurriculares en las que la conformidad con su grupo social es muy pronunciada.

La presión social también incluye a minorías que forman sus propios “códigos” que son parecidos al resto sólo que con algunas variantes. Está por ejemplo lo que podríamos llamar presión social del feminismo extremista. Son aquellas personas que protestan de sufrir desigualdades laborales y sociales y que piensan que el sexo contrario es inferior al propio, y que bajo el código de luchar por la igualdad, lo que realmente hacen es exactamente lo mismo de lo que acusan a quienes consideran abusadores de poder. Así continuamente se quejan del patriarcado como autor de todos sus males y frustraciones, pero a su vez potencian el matriarcado como contrapartida provocando el mismo efecto del que se quejan

La presión social también incluye a minorías que forman sus propios “códigos” que son parecidos al resto sólo que con algunas variantes. Está por ejemplo lo que podríamos llamar presión social del feminismo extremista. Son aquellas personas que protestan de sufrir desigualdades laborales y sociales y que piensan que el sexo contrario es inferior al propio, y que bajo el código de luchar por la igualdad, lo que realmente hacen es exactamente lo mismo de lo que acusan a quienes consideran abusadores de poder. Así continuamente se quejan del patriarcado como autor de todos sus males y frustraciones, pero a su vez potencian el matriarcado como contrapartida provocando el mismo efecto del que se quejan.

Según la Real Academia de la Lengua, Patriarcado se define como una organización social primitiva en la que la autoridad es ejercida por un varón jefe de cada familia, extendiéndose este poder a los parientes aún lejanos de un mismo linaje.

Matriarcado se refiere a un tipo de sociedad en la cual las mujeres, especialmente las madres, tienen un rol central de liderazgo político, autoridad moral, control de la propiedad y de la custodia de sus hijos.

Pero aún existe otro grupo social que está en plena emersión llamado Ginarquía, que es una forma de gobierno y de vida en la cual toda la sociedad está regida absoluta y únicamente por mujeres en la que la tendencia sexual-social preponderante es el lesbianismo y en donde los hombres son reducidos a cosas carentes de todos los derechos y sometidos a la servidumbre de la mujer. Es una corriente que deriva del feminismo.

Con todo lo anteriormente expuesto, si añadimos la aplicación de la Ideología de Género como otra forma más sibilina de presión social, podremos entender que el llamado colectivo LGTB se queje de lo que sufrieron en el pasado y ahora pidan tener más derechos que los demás aprovechándose de su condición o inclinación sexual olvidándose de que a las personas hay que darles oportunidades por sus capacidades intelectuales y por sus habilidades como personas, no por ser de uno u otro sexo o tener una u otra inclinación sexual.

La implantación de la Ley Integral contra la Violencia de Género es otra modalidad de presión social, esta vez de manera diabólica, en la que el varón es sometido a la venganza de la mujer amparada en la legalidad, especialmente en conflictos de pareja, divorcios y siempre con la existencia de hijos en común. Una ley que permite a la mujer maniobrar a su antojo y que da carta blanca a toda aquella que desee hundir a su pareja masculina con una simple denuncia por malos tratos. El hombre en cuestión se verá reducido a la escoria social, por la que no será bien visto, perderá sus pertenencias en favor de la que fue su pareja, perderá a sus hijos y se verá desprovisto de su dignidad como persona.

Lejos de imponer leyes a diestro y siniestro, injustas la mayoría de ellas, debería de enseñarse a la población a ejercer el poder de la resilencia, que consiste en la capacidad de sacar lo bueno de las malas experiencias.

Por todo esto, cuando los políticos no son capaces ni siquiera de negociar para formar un gobierno medianamente estable, no es de extrañar que no estén capacitados tampoco para legislar equitativamente y con buen criterio