Los romanos, hace dos mil años, no juzgaban a nadie sin antes haberle oído. Un juicio basado en una única versión se consideraba entonces viciado y falto de validez. Hoy la historia más reciente la escribe uno de los dos bandos de la Segunda Guerra Mundial, con exclusión total de la otra parte. Y para poder hacerse una idea de las historias hay que oír a las dos partes, pues de lo contrario nos quedaremos con una versión parcial e interesada.

   ¿Y qué dice la otra parte en el juicio histórico acerca de la Segunda Guerra Mundial? No sólo no lo sabemos, es que ni siquiera nos permiten la posibilidad de saberlo, se puede decir. Las películas bélicas acerca del tema se cuentan por cientos. En ellas los alemanes no sólo eran malos, sino tontos incluso en muchas ocasiones. Estaba viendo yo una de ésas (ahora no las quiero ni ver), cuando uno que estaba a mí lado va y me dice, muy por lo bajo: “Mira, para que veas cómo eran los nazis.” ¿Y qué le contesté yo? “Ése no es un nazi, es un actor.” Un actor a las órdenes de un director que se ha propuesto presentar a los nazis como lo más depravado y maligno de la historia del género humano. Téngase en cuenta, dicho sea de paso, que la industria cinematográfica norteamericana está en manos de judíos.

   ¿Y cómo se puede uno informar de la versión oculta de la historia? Hay libros que corren casi clandestinamente por ahí, como por ejemplo, “Derrota mundial” (Fuerza Nueva Editorial), del historiador mejicano Salvador Borrego. Con esto de las leyes socialistas, según las cuales incurre en delito todo aquél que no se crea la versión oficial de la Historia, los libros de este tipo quedarán prohibidos, al más puro estilo de la Santa Inquisición medieval. Si antes, permítase el inciso, se perseguía a los judaizantes, ahora se persigue a los antisemitas. Las persecuciones, por tanto, no han desaparecido, sino que se han vuelto del revés.

   Pues bien, ¿qué dice “Derrota mundial” en definitiva? Pues cuenta la historia de la guerra, de forma sucinta más bien, y da detalles o datos u opiniones no vistos en ninguna otra parte, considerados anatemas según los libertadores que no le dejan a uno opinar libremente, veamos, en primer lugar señala que, según el Conseja Rabínico Mundial, en todo Europa no había seis millones de judíos, y entonces y en tal caso, ¿cómo es posible que los alemanes mataran más judíos de los que había en realidad? Saque cada uno sus conclusiones si se considera libre de sacarlas, y si no, que se atenga a la versión oficial y obligatoria, y así se evitará contratiempos.

   ¿Y qué más dice? Pues que la cifra real de judíos muertos (no sé en qué se basa) sería de unos trescientos mil, veinte veces menos que la cifra oficial, como mucho cuatrocientos mil (que ya son), y que esos fallecimientos se debieron más que nada a las malas condiciones de vida en los campos de concentración, e incluso por bombardeos de los aliados.

   Y también, cómo no, por fusilamientos, y aquí hay que tener en cuenta, siempre según el mismo autor, que los judíos en Alemania eran la quinta columna, el enemigo en casa, y que realizaban acciones de sabotaje y espionaje, y ya sabemos que en toda guerra a los espías y a los saboteadores se les fusila sobre la marcha y sin contemplaciones.

   El ejército alemán tenía que emplear dos divisiones, con la falta que hacían en el frente, para controlar a los judíos en retaguardia. Mientras la guerra iba bien para Alemania, no había especial preocupación por el tema, pero cuando las cosas se empezaron a torcer, las autoridades alemanas optaron por la solución drástica consistente en meter a todos los judíos en campos de concentración, en evitación, como se dice en el libro, de tenerse que enfrentar a los espionajes y los sabotajes ya dichos. Todo esto, ya digo, según el libro de marras.

   Y luego tendríamos también el tema de los hornos crematorios, y ahí razona el autor de la siguiente manera, veamos, ¿quién no ha asistido, o tiene noticia al menos, de lo que es una incineración? Hoy están a la orden del día. ¿Sabe usted la cantidad de combustible que se necesita para cada una de ellas? Aun procediendo a incineraciones colectivas o masivas, ¿cuánta cantidad de combustible tendrían que haber gastado los alemanes en estas incineraciones, cuando tan escasos andaban de combustible que tan necesario resultaba para la guerra? A mí, lo mismo que al autor citado, tampoco me cuadra la cuenta que me hago, qué quieren que les diga. En su día no fueron pocos los contemporáneos, más o menos cercanos a la situación, que negaron abiertamente la existencia de los campos de exterminio, o al menos la calidad de exterminadores de estos campos de concentración. Pero la maquinaria oficial de propaganda les ha ido cerrando la boca a todos, sin posibilidad de debate en torno al asunto. 

   ¿Y el tema de las fotos? Ahí ya no sabe qué contestar el autor, a saber de dónde salen esas fotos tan terribles ni a qué corresponden, pero sí trata de razonar de la siguiente manera: ¿Tan mentecatos eran los alemanes como para fotografiar y publicar esos desmanes? Ahí queda, al menos, la duda.

   Pero es que la duda hoy en día no se admite, sino que es obligatorio afirmar sin reservas la versión oficial e interesada ofrecida, sin posibilidad de discusión, por uno de los dos bandos en guerra, no se permite ni siquiera dudarlo, y negarlo, mucho menos, hasta el punto de que todo aquél que se atreva a negar esa versión obligatoria incurre en delito, un delito de opinión en pleno siglo veintiuno, en estos tiempo de exaltación de las libertades, parece increíble, sobre todo en lo que se refiere a la libertad de expresión, y para esto han creado, aceptada dócilmente por todos, una nueva figura delictiva, la llamada negacionismo, y por haber negado lo que no le parecía aceptable, más de uno ha padecido ya las consecuencias, a un funcionario francés, por poner un verbigracia, le han echado de su empleo, así por las buenas, por haber osado negar lo que estamos obligados a aceptar sin rechistar, a unos curas franceses los echaron de Argentina por el mismo motivo, en fin, que ni pensar en libertad nos dejan ya, ya ha dejado de regir ese principio jurídico según el cual, desde el tiempo de los romanos, el pensamiento no delinque, pues hoy en día, aunque sólo sea en este tema, el pensamiento sí delinque, a menos que te calles lo que piensas, en cuyo caso no te pueden condenar porque el delito que cometes permanece oculto.

   Ante esta situación, ¿qué partido tomar? Caben tres soluciones, es a saber, creerse a pie juntillas, y sin examinar el tema, todo lo que se nos dice y se nos obliga a creer. O bien no creerse nada, y todo lo obligado a creerse darlo por puro cuento. O cabe también una solución ecléctica, esto es, considerar que no se tienen suficientes elementos de juicio y no creerse nada ni dejarlo de creer, pero eso sí, sin decírselo a nadie, por si acaso.

   Credo quia absurdum, que decía aquél. Y si no lo quieres o no lo puedes creer, te atendrás a las consecuencias, he aquí la libertad de que gozamos en los tiempos actuales.  

   Un servidor, en esta tesitura, ¿qué postura toma? Pues yo digo que no me creo nada de lo que me dicen. ¿Por qué lo niego, si yo no tengo al alcance los datos verdaderos para poder saber de qué parte está la verdad? Pues muy sencillo, yo lo niego porque está prohibido negarlo. 

   Nego quia interdictum, que digo yo.