Aunque ahora parece romántica la costumbre de lanzar botellas con mensajes al mar, es tan antigua, como las mismas botellas de vidrio. Práctica habitual entre los marineros de la antigüedad este sistema se utilizaba para estudiar las corrientes marinas. Así el filósofo griego Teofrasto, el año 310 a. de Cristo, lanzó al Mediterráneo varias botellas para demostrar su teoría de que este mar estaba formado por las corrientes del océano Atlántico. Hoy este rudimentario pero eficaz sistema sigue siendo utilizado por los oceanógrafos para estudiar las corrientes globales, o determinar la velocidad de los vientos y, hasta para localizar bancos de peces.

En el barril de Colón pudimos tener noticia del descubriento de América por medio de un 'mensaje marino,' ya que ni Cristóbal Colón pudo resistirse a la idea de trasmitir un mensaje a través del océano.

Según su bitácora del 14 de febrero de 1493, poco antes de regresar de su primer viaje a 'Las Indias', una gran tempestad, con olas tan enormes como un tsunami, le hizo pensar que no podrían regresar a España. Lo que más le obsesionaba era la posibilidad de no poder compartir con todo el mundo, sobre todo con la Corona Española, que había financiado el viaje, todas las maravillas encontradas al otro lado del mundo. No quería morir sin dar el mensaje de su noticia.

"Esta noche creció el viento y las olas eran tan espantables, contraria una de otra, que cruzaban y embarcaban al navío, que no podía pasar adelante ni salir de entre medias velas y quebraban en él. Ninguno de los marineros pensaba escapar, teniéndose todos por perdidos", rezaba en su cuaderno.

Ante este temor el marinero no utilizó botella, sino un barril de madera con un pergamino encerado en el que, según el cronista Fray Bartolomé de las Casas, "rogaba mucho a quien lo hallase que se lo llevase a los Reyes y contaba todas las maravillas con las que se había encontrado en el nuevo mundo". Este mensaje, según parece, estaba escrito en levantisco, un peculiar 'idioma' o jerga que solían utilizar los navegantes de la época. Días después, el 17 de febrero, la tempestad había pasado y llegaron a las Islas Azores. El barril jamás apareció... Qué bonita historia para una Patria que fue un gran imperio, y después empezó su decadencia que llega hasta nuestros días.

Lanzo esta botella al mar desde mi isla solitaria para que navegue por el océano de la red, a ver si un día la Humanidad recibe el mensaje y descubre entre tanta tiniebla su equivocación y su engaño, y recobra un gramo de luz y de cordura.

El lanzar una botella al mar -de no ser por fines científicos- obedece a una necesidad comunicativa; es un antídoto ante la soledad y última esperanza. Un S.O.S. o mensaje de salvación. Sólo un deseo.

El hecho de lanzar al mar botellas corresponde al capítulo de las "Cartas marinas", y obedece al imprescindible hecho de la comunicación. Antídoto de la soledad, la comunicación humaniza al hombre. Si porta buena información, porque si es mala, lo pervierte y si es falsa, lo engaña.

Aunque son múltiples los medios para comunicarse, el hacerlo de esta forma, unida a la historia del vidrio, puede tener 5000 años de antigüedad. El vidrio estuvo vinculado al hombre desde sus orígenes, y cumpliendo una doble función: como elemento de utilidad y como objeto decorativo y artístico. Los restos de vidrio más antiguos datan de unos 5000 años a.C. y se hallaron en zonas de Asia Menor, Mesopotamia y Antiguo Egipto.

Las primeras piezas hechas íntegramente de vidrio datan del 2100 a.C., en las que se empleaba la técnica del moldeado. Hacia el año 200 a.C., los egipcios comenzaron a utilizar la caña del vidriero para soplar el vidrio, práctica que ha permanecido casi inalterable hasta la actualidad. Más adelante, los romanos perfeccionaron la técnica empleando óxidos metálicos como colorantes, e impulsaron su uso para la conservación y almacenaje de determinados productos.

En la Edad Media, el vidrio estuvo en manos de unos pocos privilegiados; de hecho, el oficio de vidriero fue el único al que la nobleza podía dedicarse en Francia, en aquella época. El vidrio se convirtió en objeto de lujo para la decoración y destacó su uso como envase.

Y mientras vamos tirando alguna que otra botella al mar, el Universo no para de crecer y mostrarnos que cada vez estamos más solos, según la ciencia que no encuentra idea para sobrevivir a la soledad cósmica. Estamos más solos que la una, y más revueltos que nunca. Cada vez es más una aldea global convulsa. Pueblo pequeño, infierno grande.

Ante el cambio de los conceptos, la desorientación y pasividad de los buenos, los malos hacen su agosto. Y en el presente agosto que se acaba. Y sigue la vida y el mundo con el eje medio averiado como ya dijimos. La tierra no deja de girar. Se calienta todo mucho, en verano más, y se disparan los termómetros....

Se para en cuanto uno cierra los ojos, o se los cierran a la fuerza, que ya es triste. No es cosa de tenerlos abiertos después de que nada se ve por ellos. La tierra sigue a trompicones, dando palos de ciego, torpemente a punto de caer, como niño que aprende a andar. Está allí puesta de esta guisa con sus dos movimientos: de rotación sobre su eje, cada día, y el de traslación alrededor del sol en 365 jornadas, con las cuatro estaciones. (A lo peor ahora ya no es tal, como todo cambió...)

Todo quedó así desde que Dios creó el universo en 7 días, y lo dejó todo muy bien puesto, "atado y bien atado", como Dios manda, o sea, como manda él. Pero se encarga el demonio con sus tentaciones a los que desgobiernan, de ponerlo todo patas arriba, manga por hombro, y parece que hasta lo está consiguiendo. El mal del mundo tiene su origen y su fin, como todo en la existencia; desde la condena al trabajo, al dolor y a la muerte, que como vemos, la bíblica condena, no es moco de pavo... Y por si fuera poco, condenados a matarse entre sí, lo que se llama, morir antes de tiempo. Y acentuar ese lúgubre horizonte de soledad y muerte.

Las galaxias cercanas se alejan lentamente, y las lejanas muy rápido, con lo cual parece que al planeta tierra nadie lo quiere ni ver. Y dejan a la tierra sola con sus crecientes problemas, avispas asiáticas, y enfermedades de todo tipo; véase la pandemia. Aumenta la preocupación por los próximos doscientos años en la sostenibilidad de nuestro planeta para albergar vida humana. Desde luego, vida inteligente, parece que ya no existe.

Pero el mejor uso de las botellas no es para arrojarlas al mar y contaminarlo más de lo que está. Abandonándola ahí, sin hundirse, gracias al principio de Arquímedes, flotando a lo tonto. Es para tenerla llena de buen vino y bebérsela con los amigos. Si estuvieron conservadas en el mar las botellas llenas de vino, muchos años, son los mejores vinos. Vinos submarinos envejecidos bajo el mar; olvidados en naufragios.

No ocurre lo mismo en tierra, a donde sólo el 1%, mejoran con el paso del tiempo. El 99% empeora. Por una botella de vino envejecido bajo el mar se pagaron 60.000 €.

Por lo tanto, proceda de donde sea, y como me gusta el buen vino, por ejemplo el de Santa Rufina, quiero hacer el mejor uso de la susodicha botella que ya no tiro al mar. La de mejor vino está reservada para los buenos amigos, en grata reunión. Así que les espero... Será la primera botella lanzada al mar de la inteligencia.