Ver para creer: ese podría ser un buen lema para nuestro tiempo. Como cuando hemos visto a Joe Biden quedarse dormido cándidamente en su entrevista con el primer ministro de Israel: el líder del país que ha quedado, tras el abandono estadounidense y después de décadas de acción conjunta, como último bastión de defensa de Occidente en Oriente Medio. O como en la rueda de prensa del propio Biden tras el ataque en el aeropuerto donde decía a los responsables del atentado en Kabul: “Os cazaremos y os los haremos pagar”. Muchos pensaron al escucharlo, en su ingenuidad, que se avecinaba otra guerra; no por el momento: es el tiempo de la retirada y del oprobio penitente. A las horas ya habían bombardeado a los supuestos terroristas, junto a unos cuantos civiles a modo de “daños colaterales”, y todo había quedado zanjado. La derrota estadounidense en forma de sepukku y ejecutada por la mano temblorosa del anciano enfermo puede proseguir hasta sajar el resto de la carne herida. Dulces sueños, Joe Biden; dulces sueños, América.

La popularidad de Biden está por los suelos y el Presidente se duerme impúdicamente junto al Primer Ministro israelí. Donald Trump, entretanto, hace leña del árbol caído pensando en las próximas elecciones; y los medios progresistas ya amenazan con “la vuelta del trumpismo”: como ocurre en España con Vox, es su mejor fantasma para invocar al miedo en forma de rédito electoral. Y, de esta forma, se va preparando además la augurada entronización de un personaje siniestro y aupado al poder de forma descarada por las élites globalistas: Kamala Harris, esperanza blanca frente a un líder cobarde y a un jefe de la oposición “populista” —palabra que, para el progre, supone conjurar al peor mal imaginable—, cuyos datos más trascendentes son su sexo (mujer) y su raza (afroasiática). ¿Es toda esta farsa una operación para colocar a Kamala Harris en La Casa Blanca sin pasar por las urnas antes, sabedores de que nadie la votaría? Probablemente sí: cualquiera que viera su debate en las últimas elecciones contra Mike Pence —que es cualquier cosa salvo un gran orador— podría ver su incapacidad dialéctica; cualquiera que mire su currículum verá su incapacidad fáctica para desempeñar el cargo con solvencia, salvo por la insistencia de sus patrocinadores; cualquiera que observe con objetividad la realidad verá que está siendo promocionada interesadamente por un gobierno en la sombra o “estado profundo”, como lo llaman allí. No hay más que recordar precedentes semejantes: Pedro Sánchez elegido Presidente por medio de una moción de censura en España tras haber obtenido por dos veces consecutivas los peores resultaos electorales en la historia del PSOE; y el tecnócrata Mario Draghi en Italia: colocado sin pasar por las urnas y tras servir fielmente a Goldman Sachs o al Banco Mundial; o Emmanuel Macron, odiado por todos, ex trabajador de la banca Rothschild y alguien que jamás habría salido electo si no hubiera constituido la única alternativa viable a la victoria de Marine Le Pen.

Prosigamos: el verdadero objetivo principal de todo esto es inaugurar, como ya he dicho en otro artículo, una geopolítica postoccidental y posteuropea donde nuevos actores carguen con el protagonismo del liderazgo mundial. Porque para acabar con las democracias del mundo libre, con la filosofía tradicional y con valores puramente occidentales como la libertad es necesario arruinar económicamente y arrastrar a la irrelevancia a los bloques políticos que conformaban la Trilateral: Japón, Estados Unidos y Europa. Es decir, cancelar los estandartes de dichos valores. Y se ha logrado. En su lugar, China lleva desde finales del milenio pasado apoderándose de África, Hispanoamérica y, ahora también, Oriente Medio. Las materias primas, el incremento militar, la compra de deuda a sus principales competidores políticos, la creación de redes de transporte marítimo, la utilización de empresas pantalla controladas por el Gobierno chino y una estrategia económica de deflación frente a la delirante inflación occidental, han sido sus mejores bazas junto con la creación de la mayor central eléctrica del mundo y de una Nueva Ruta de la Seda que le permita transportar a gran velocidad sus productos por medio mundo.

Uno de esos personajes fascinantes a tener en cuenta en todo esto es Rush Doshi. Antes de hablar de él, me permito transcribir (traducido) por entero lo que su página web muestra sobre él a modo de presentación. Es muy elocuente y la cita larga merece la pena: “Es el director fundador de Brookings China Strategy Initiative y miembro de Brookings Foreign Policy. También es becario (de licencia) en el Centro Paul Tsai China de Yale. Su investigación se centra en la gran estrategia china y en los problemas de seguridad del Indo-Pacífico. Como director de la Iniciativa de Estrategia de Brookings China, Doshi lideró un esfuerzo para adquirir, digitalizar y analizar fuentes abiertas en idioma mandarín y estudiar el comportamiento chino para comprender la gran estrategia del país. En el Paul Tsai China Center, Doshi gestionó un proyecto que busca auditar y mejorar los mecanismos de gestión de crisis entre Estados Unidos y China. En la actualidad, Doshi era asesor especial del director ejecutivo de Asia Group y miembro senior adjunto del Center for a New American Security. Anteriormente, Doshi fue miembro de los grupos de trabajo sobre políticas de Asia para las campañas presidenciales de Biden y Clinton, analista en Long Term Strategy Group y Rock Creek Global Advisors, Arthur Liman Fellow en el Departamento de Estado y Fulbright Fellow en China. .Doshi es el autor de The Long Game: China Grand Strategy to Displace American Order (de próxima publicación de Oxford University Press, julio de 2021), y su investigación ha aparecido en The New York Times, The Wall Street Journal, The Washington Post, Foreign Affairs, International Organization y The Washington Quarterly, entre otras publicaciones. También ha testificado ante el Comité de Comercio del Senado y la Comisión de Revisión Económica y de Seguridad de Estados Unidos y China. Doshi recibió su doctorado de la Universidad de Harvard y su licenciatura de la Escuela Woodrow Wilson de Princeton con una especialización en Estudios de Asia Oriental. Domina el chino mandarín”. Podríamos calificarlo de visionario: se anticipó al movimiento del Foro de Davos, que nombró en 2021 a Xi Jinping su Presidente de Honor. Personajes de la relevancia de Klaus Schwab, Henry Kissinger o Giuliano de Bernardo ya han predicho que el modelo democrático ha servido bien durante décadas para avanzar en su proyecto de Ingeniería Social pero que, ahora, es necesario dejar el relevo a un modelo como el chino que sea planificado en lo político y semiliberal en lo económico para continuar avanzando con eficacia hacia los Objetivos del Desarrollo Sostenible y similares. Volviendo a Doshi, hay que reseñar que ha sido nombrado miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca con Joe Biden —y recordemos los negocios de Hunter Biden con China—. En España a eso lo llamamos “meter lobo en el gallinero”.

Según Doshi, China ha seguido tres estrategias distintas desde el simbólico año de 1989 para superar a Estados Unidos como primera potencia mundial. Los tres tramos de dicha operación abarcarían de 1989 a 2008; de 2008 a 2016; y de 2016 a 2021, hasta la actual fecha. Tras la matanza de Tiananmen (1989), la Primera Guerra del Golfo (1991) y la caída del Muro de Berlín (1989) con el ínsito fracaso de la URSS, China habría ido a la guerra estratégica como reseña bien Doshi. La burbuja tecnológica de las empresas de Silicon Valley en los años 2000 supondría un primer golpe a la economía norteamericana. Los atentados del 11S —¿un atentado de falsa bandera o un ataque de los mismos talibanes criados en universidades de primer nivel como Osama Bin Laden junto a los combatientes armados, entrenados y aleccionados por los propios EEUU para luchar de forma subrepticia contra la URSS en Afganistán años atrás?— y su consiguiente guerra supusieron un golpe fundamental a la boyante economía estadounidense. Después vendría la crisis financiera de 2008 y la extraña quiebra de Lehman Brothers. Por último, la decisiva crisis del coronavirus, la expulsión tramposa de Trump y la imposición de Biden como puente para promocionar a Kamala Harris. Todo ello aplaudido por China y por los tecnócratas que terminarían de cortar la cabeza al modelo democrático —aunque la sangre tarde décadas en salpicarnos— que tanto les molesta después de llevarse varapalos en el referéndum griego de 2015, la aprobación del Brexit, la victoria de Donald Trump o el referéndum colombiano de 2016.

El ejército chino está cada día más cerca de poder competir en fuerza tête à tête con el ejército estadounidense, que hasta ahora parecía imbatible. Escribe Rush Doshi en su libro The Long Game: “Está claro, entonces, que China es el competidor más importante al que se ha enfrentado Estados Unidos y que la forma en que Washington maneje su ascenso al estado de superpotencia determinará el curso del próximo siglo”. Y escribe en un artículo reciente titulado “El papel de China en la remodelación de la arquitectura financiera internacional: debilitando el poder de Estados Unidos y construyendo el orden regional”: “A corto plazo, los esfuerzos de China para generar una influencia restrictiva sobre sus vecinos podrían sentar las bases para una esfera de influencia a menos que EE. UU. Vuelva a participar en los procesos económicos multilaterales regionales y multiplique algunos de los esfuerzos bilaterales de China, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta.mediano plazo, los esfuerzos de China para duplicar la subestructura del sistema financiero internacional pueden brindar a los estados sancionados una oportunidad para escapar de la presión financiera de Estados Unidos al tiempo que reducen la vulnerabilidad de China a las sanciones financieras de Estados Unidos. A largo plazo, el esfuerzo de China por promover la diversificación monetaria, eludir el dólar y promover su propia moneda y sistemas de pago podría reducir su vulnerabilidad a las sanciones financieras de Estados Unidos”. Lo preocupante de este asunto es que Joe Biden ha puesto a alguien como Rush Doshi, que parece más preocupado por diseñar el plan a seguir por China que a ayudar a los EEUU a revertirlo, dentro de su equipo. Y, mientras, el Presidente sigue durmiendo la siesta.

No se puede separar la cobarde retirada de los Estados Unidos de Afganistán de la reciente pandemia global —la primera crisis común en la historia de la humanidad a la que se le ha decidido dar, erróneamente desde la humilde opinión de quién esto escribe, una solución igualmente global— del Coronavirus. Tampoco se puede obviar que Afganistán es el mador productor mundial de opio y de heroína; como tampoco se puede caer en la trampa de terminar hablando de feminismo, de unos talibanes más o menos medievales o de que los malos son el ISIS y los talibanes sólo son sus pobres víctimas que nada tienen que ver con el fundamentalistas islámicos. Hay que hacer una autocrítica y ser conscientes de que, como en todo ambiente de preguerra —piensen en las dos Guerras Mundiales—, la prensa solo dice lo que le conviene transmitir a la población para manipular su percepción de los acontecimientos presentes en beneficio de quién los financia. Nuestra capacidad crítica como ciudadanos se está demostrando paupérrima en este sentido, como ya sabíamos, y nuestro sentido del cuestionamiento y la duda aparece como pulverizado. Nadie tiene la suficiente altura de miras como para extraer la realidad de que el modelo liberal se ha mostrado inoperante, a grandes rasgos, para mejorar las vidas de los ciudadanos occidentales condenados a naufragar entre crisis y burbujas económicas, así como a verse reducido antropológicamente a mero homo economicus vuelto de espaldas a la trascendencia. Es normal que el pueblo afgano haya rechazado con virulencia ese panorama desasosegante desde el punto de vista espiritual.

Se van a cumplir los 20 años exactos del hecho con el que se inició nuestra Era: el 11S de 2001. Con el aniversario y la coincidencia en el tiempo con la retirada de Afganistán, el círculo se cierra. Expertos en operaciones de falsa bandera —piensen en Cuba (1895) o en Vietnam (1964)— para involucrarse en guerras mediante las cuales reactivar su economía, los americanos han ejecutado una mísera huida. Solo que la desastrosa retirada de Afganistán únicamente cristaliza la anunciada pérdida de hegemonía: el retroceso de un Imperio abatido que se desangra tras la mordedura china. El fundamentalismo musulmán ínsito a la religión fundada por Mahoma —como revela el estudio realizado por Ignacio Gómez de Liaño en Democracia, Islam, Nacionalismo—, fue reactivado por la CIA para combatir a los materialistas soviéticos de la URSS. Ahora ha vuelto al poder en Afganistán de la mano de la Red HAQQANI, de la que ningún periódico importante ha hecho un seguimiento apropiado desde su aparición oficial en 2012. Se trata de un grupo tan importante como ISIS o Al Qaeda pero mucho menos conocido a pesar de ser tan dominante o más en la región. Cierto es que su líder y fundador, Jalalauddin Haqqani, del que tomaron el nombre, murió en 2018, pero eso no ha sido óbice para que sus hijos espirituales (el llamado “ejército Badri”) y, en algunos casos, literales (Sirajuddin Haqqani), tomen el relevo de su padre al punto de detentar el mando de un país donde la democracia y la occidentalización han fracasado debido a la corrupción de sus políticos y por dejación directa de los propios occidentales. Por nuestra incompetencia y por nuestro desinterés. Un consejo para occidentales y, especialmente, para españoles con vocación salvífica y una defensa férrea del modelo liberal: menos aleccionar sobre las mutilaciones genitales a niñas en un país como España con más de 100.000 abortos anuales y con una “Ley Trans” que permite a los niños españoles cambiar de sexo —otro tipo más sutil de mutilación genital— a partir de los 14 años. Los terroristas talibanes y los proselitistas transexuales no son medievales, sino posmodernos. Y se encuentran perfectamente integrados en ambos casos.

La Red HAQQANI se ha postulado en apenas una semana como firme candidata a dominar Afganistán. El profesor universitario argentino y experto en geopolítica Julio Cirilo cuenta con detalle los orígenes de este grupo en un artículo reciente: “Por la información que se va conociendo la red Haqqani habría recibido capacitación y entrenamiento de los servicios de inteligencia de Pakistán lo que lo convirtió en el grupo más eficiente en inteligencia y contrainteligencia de la región, razón por la que sería el candidato más firme para tomar el control de la nueva estructura de inteligencia y seguridad del gobierno Talibán. La relación de esta red con al-Qaeda es muy cercana, basada más que nada en viejas amistades, matrimonios e ideología en común. Ya en mayo, un informe del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas señaló que entre 400 y 600 combatientes de al Qaeda estaban actuando en células dormidas en al menos 12 provincias de Afganistán. También informes señalan la existencia de grupos similares en territorio de la Unión Europea los que permanecerían aún inactivados… ”. Sobre esas células dormidas de Al Qaeda y similares en Europa  de las que habla Julio Cirilo voy a ser muy claro: Afganistán se acaba de convertir en la capital mundial del terrorismo gracias a la permisividad de los Estados Unidos. Los terroristas del islam radical y sus células disgregadas a lo largo del mundo acaban de ser respaldadas con la expulsión de los estadounidenses y es cuestión de tiempo que se reactiven y atenten en territorio europeo, donde son especialmente fuertes gracias a la masiva inmigración financiada, entre otros, por George Soros (casi 500 millones de euros), de los últimos años. La oleada de refugiados afganos que ya han venido —atención a los enfrentamientos entre mafias kurdas y mafias afganas en la provincia francesa de Calais desde hace años— sumados a todos los que quedan por venir son carne de cañón para ser utilizados por distintos Servicios Secretos europeos para realizar atentados en países como Alemania o Francia que sirvan para reacciones políticas y sociales perfectamente estipuladas de antemano. Al tiempo. Solo la magnitud de los atentados y la manera en que la información derivada sea o no tergiversada por los medios de comunicación dirán cómo se desencadenarán los acontecimientos a raíz de dichos ataques. Quizás haya nuevas guerras en las que Europa tenga, por primera vez en siglos, una actitud pasiva o secundaria, relegada de la hegemonía global a mero sujeto dominado y únicamente útil en cuanto que valioso como excusa para el avance de un calculado plan global de dominación mundial: un Nuevo Orden Mundial tras el Gran Reseteo largamente anunciado.

A todo esto, Biden durmiendo la siesta ante su principal aliado en Oriente Medio. Enfermo, casi senil y seguramente drogado para terminar de realizar el harakiri civilizatorio y biográfico —ya se han detenido a varios sujetos que planeaban asesinar a Biden tan creíbles sin la colaboración de los Servicios Secretos como las misteriosas balas enviadas a Pablo Iglesias en las últimas elecciones madrileñas sobre las que hemos dejado de escuchar después de que resultaran ineficaces para alterar el resultado de las mismas— por el que fue seleccionado para la Presidencia, a la espera de que China tome el relevo mundial y Kamala Harris el nacional. Los chinos se relamen los bigotes viendo como su enemigo luce apaleado, derrotado y cansado en la encarnación de su cara política más visible, tras décadas de lucha por el liderazgo geopolítico mundial. Todo sale como los tecnócratas y los tiranos lo tienen planeado. China es el presente y el futuro; Europa y, ahora también, los Estados Unidos, son el cada vez más pasado. Que nadie tarde demasiado en asimilarlo o será mucho más doloroso de descubrir: habitamos un mundo por entero nuevo. Y muchos todavía no lo entienden o no lo quieren entender y mientras tanto, el común de nuestros conciudadanos ocupan sus pensamientos con Mbappe, Rocío Carrasco, Messi o la última ocurrencia de Anabel Alonso; es decir, con cualquier otra cuestión irrelevante que sirva de circo mediático para tener idiotizada a la población. A nuestros contemporáneos se les escapa la vida, se les escapa la realidad, se les escapa el sentido y se les escapa la historia. Sin importarles lo más mínimo: todo a cambio del entretenimiento; todo por no pensar ni un minuto lo que estamos viviendo y lo que en verdad está ocurriendo. Irremediablemente. Seguramente ya se hayan dormido antes de llegar a este punto del artículo. Dulces sueños, Joe Biden.