Las expresiones sentenciosas o pomposas, como la que prologa esta reflexión,  acostumbran a ser desmedidas. No es el caso. Las señales son tan acentuadas, copiosas y evidentes que me impiden mirar para otro lado. Tengo tres hijos, las fuerzas flaquean y, como millones de españoles, temo por su futuro.

Por razones que sí alcanzo a entender se nos da a elegir entre dejarnos robar o vender. Las alfombras palaciegas y feudales, como los icebergs, han sido oreadas lo suficiente como para que podamos imaginar la magnitud de lo sumergido. Unos y otros, al abrigo de un bipartidismo ulcerado,  llevan décadas esquilmando la hucha común. Los nacionalismos periféricos, cuando han sido necesarios, se han llevado pastel para sí y los suyos. Organizaciones políticas, sindicales y empresariales, que habrían de vivir únicamente de las cuotas de sus afiliados, llevan todo este tiempo mordisqueando el presupuesto público. Mientras charcuteros, pescateros, panaderos, carniceros o fontaneros, verbigracia, viven del sudor propio, otros, que van a los Goya y pisan alfombras saltan con red. Si ganan, para ellos; si pierden, que page el sudor ajeno. Ocurre que los primeros, que son legión, carecen de voz y focos; y los segundos, cuatro mal contados, marcan tendencias.

Las comisiones han dejado de ser legítimos corretajes mercantiles para erigirse en la biblia de cabecera de miles de sinvergüenzas con éticas y estéticas tan dispares como cínicas. ¿Qué tendrá el agua cuando la bendicen?, que preguntaba aquél. Pues eso digo yo. ¿Cuán mullido y fértil será el sillón que juran y perjuran sin apenas despeinarse? Que es sabido que allí donde ilustres espaldas pierden su nombre hicieron ventosa con el cuero grana. Que hay vetustos traseros que forman parte del decorado y dicen que fuera hace frío. Pero también los hay lozanos y prietos, de vida laboral nívea y yerma, desvirgada a lo grande. Y en esas estamos; en manos de quienes jamás han ganado una nómina ni probado las hieles que sí conocen millones de españoles. Personas que dicen querer arreglar un mundo que desconocen.

Los reinos de taifas también montaron sus tinglados, con sus presidentes, consejeros, asesores y directores generales. Y sus respectivos parlamentos y sus defensores del pueblo. Sí. Un pueblo de ubres marchitas y ánimos encendidos, al que todos invocan por elecciones y olvidan tras la jura o promesa por snoopy.

Mientras los españoles enemistan al sueño por la herencia de Paquirri, los comerciantes languidecen y el país se desangra, unos nos roban y otros nos venden. Los legatarios de la banda de la boina y la serpiente y los de Terra LLiure andan de enhorabuena. Han clavado sus incisivos en una España moribunda y no soltarán la pieza. El pesoe ha dejado de ser partido y español  porque, de ser ambas cosas, ya se habrían librado del embustero y ególatra de su presidente.

Tal es la depravación de la política española que Otegui, mandatario de quienes no ha mucho asesinaron vilmente a casi un millar de españoles, ha ofrecido su colaboración para democratizar al Estado español. Mayor Oreja ya nos advirtió que esta gentuza, además de matar todo lo que podían, jamás mentía. Dice Otegui que el apoyo a los presupuestos es parte del proceso hacia la república vasca. Habrá que pensar que dice verdad. Cataluña, otrora nuestra puerta de Europa e icono de prosperidad y modernidad, navega a la deriva y amenaza con zozobrar. Sus gentes sabrán si ha llegado la hora de condenar al ostracismo político a los delincuentes, orates e ineptos que hallan calor en la estelada mientras sus administrados comienzan a sentir frío.

Dice Rufián que el problema de Cataluña es Madrid. No; Sr. Rufián.  El problema de Cataluña es usted y muchos como usted que ya no saben cómo ocultar la propia mediocridad intelectual y política. Madrid lleva lustros haciendo las cosas muy bien y los resultados así lo atestiguan. Madrid no es sólo la comunidad donde se ubica la capital del Reino de España, que también, sino infinitamente más. Acaso el más colosal bastión de hispanidad y el mejor baluarte para la supervivencia de ESPAÑA. Una comunidad donde todos son bienvenidos, donde el oso y el madroño no son signos de supremacía alguna sino de acogida.  En realidad, las cosas son más sencillas de lo que aparentan. Todo nacionalista que sustenta su presunta excelencia en razones étnicas o de cualquier otra índole es fundamentalmente un imbécil. Porque sólo un imbécil puede atisbar magnificencia en el errehache o en el árbol genealógico. España no está ya para imbéciles, ni para ladrones, ni para monarcas corruptos, ni para gentes que en sus vidas han dado palo al agua. Me consta que en la política española, en todos sus órdenes, hay gentes muy válidas pero no están arriba. Nuestro futuro y el destino de nuestra nación se dirimen en Madrid, en el Congreso y en la Moncloa, y es allí donde hacen falta en estos críticos momentos.

España es fértil en talento y en personas de bien. Muchos españoles, con esfuerzo y merecimiento, han adquirido competencias y maestría en sus andaduras laborales y humanas, que debería aprovecharse en beneficio de su país. Habrían de dar un paso al frente. Falta por saber sin un sueldo decente y el honor de servir a ESPAÑA sería suficiente para ellos.