Acaban de traer comida oriental a domicilio. Abro la bolsa y de su interior extraigo su contenido, un envase de Pad Thai de gambas, tallarines de arroz, brotes de soja, huevo, cebollino, tamarindo y cacahuete. Es un bote de cartón con tapa como el de los helados, y en ella la imagen de Kim Jong-un, el líder supremo de Corea del Norte, que sonríe con una paloma de la Paz. Su rostro está acompañado del texto “KIM APPROVES”. Todo muy moderno, estético, colorido y con excelente trabajo de diseño. Es el nuevo marketing de lo cool y políticamente correcto.

La batalla cultural para muchos es algo que importa poco o nada. Priman otras cuestiones aparentemente más inmediatas, urgentes o necesarias. Sin embargo, en ese duro combate silencioso contra un entramado poderosísimo de medios, discursos y propaganda vehiculizada por los más variados canales y formas, tal vez se libre el destino de la pervivencia de las formas más elementales de la civilización y la libertad.

El menú envasado con la imagen de Kim Jong-un, solo es un ejemplo azaroso que suele pasar inadvertido por la inmensa mayoría de clientes de una cadena de comida cualquiera, acerca de la estupidez de la corrección política que lo invade todo. El responsable de ello no es del brutal marxismo coreano sino la idiotez de Occidente en su larga marcha hacia su suicidio.

Kim Jong-un forma parte de la lista de los más duros, despiadados y sanguinarios tiranos comunistas y es utilizado aquí como elemento publicitario de un producto tan anodino como unos fideos de arroz. Para ello indudablemente hubo un estudio de marketing que evaluó lo positivo de la elección. La simpática imagen del regordete heredero de la dinastía comunista norcoreana aparentemente vende aquí en España. No cabe duda que el comunismo y su estética no asusta aterroriza o escandaliza, ya que una parte de su significado fue vaciado de contenido y otra ha sido edulcorada y convertida en icono pop. Esto tampoco es nuevo, lo hizo Warhol en su momento convirtiendo la imagen colorida y multiplicada hasta el infinito de Mao Tse Tung en una obra artística y de consumo. El proceso de normalización del mal y la perversión lleva tiempo en marcha y por lo visto va cumpliendo inexorablemente su cometido.

Sin embargo, no toda utilización o banalización del mal es valida o aceptada. Salvando todas las distancias o incómodas comparaciones. ¿Alguien imagina la venta de un producto envasado con la imagen de Adolf Hitler acariciando tiernamente a su pastor alemán para vender alimento para perros, al Generalísimo pescando desde el Azor en una lata de atún, o a un cómplice Donald Trump guiñando un ojo ofreciendo unos perritos calientes? Eso hoy es algo absolutamente impensable.

La perversión del lenguaje, la instrumentalización de las imágenes, la normalización poco a poco del mal, lo desagradable y obsceno por parte del llamado marxismo cultural, fue aceptado por el establishment del materialismo capitalista fusionándose en un nuevo Leviatán globalista que devora todo a su paso sin que nadie reaccione.

Este tipo de planteamiento o reflexión tal vez parezcan tonterías o exageraciones desesperadas de algún trasnochado que no acepta formar parte del coro que repite los mantras del buenismo global de los tiempos actuales. Sin embargo, hay que reconocer que, debido a los resultados de esa batalla cultural, los sectores vinculados al pensamiento tradicional han menospreciado el potencial de su enemigo en ese combate mirando hacia otro lado, o peleando débilmente en un campo equivocado. La batalla cultural y espiritual siempre fue tan importante como la lucha por la supervivencia material. Nunca fueron incompatibles y pensar lo contrario ha sido su fallo. De ahí las consecuencias actuales.

Mientras tanto, la próxima vez que pida a domicilio, intentaré tener más cuidado y no llevarme una desagradable sorpresa a la hora de la cena. Siempre queda la opción de un bocata de jamón o unos espaguetis con tomate y queso. Eso sí, lo seguro también es que esa cadena ha perdido un cliente definitivamente. Lo siento.