Quiero creer que nuestro Rey es poseedor de una inteligencia normal, como mínimo, y que se sabe rodear de consejeros con capacidad, también como mínimo, normal y, además, de eficiencia contrastada. Dicho lo anterior, añadiré que es lógico y oportuno que un príncipe prudente no observe sus compromisos cuando sean contrarios a los intereses de su reino y a sus propios intereses institucionales, y no existan ya las causas, además, que le indujeron a contraerlos. Pero, a su vez, debe decirse que es odioso entre los reyes cometer la deshonra y el mal, pues el trono se afianza gracias a la dignidad y a la justicia.

Lo antedicho trata de reflejar la situación que vive España en la actualidad. Por eso, si el Rey sigue firmando aberraciones y aceptando ilegalidades y deshonores, al observador objetivo no le queda otra que entender que el jefe de Estado está de acuerdo con ellas. Y, más allá, con el Sistema que las promueve, desatendiendo sus responsabilidades como garante de la libertad, el honor y los derechos de su patria y de sus súbditos. Todo lo cual se sintetiza en una palabra: deslealtad.

Y no hay más explicaciones posibles. Luego, es cierto, pueden venir los halagadores que se amparan bajo la sombra del poder, y que impiden a los gobernantes obrar bien de la forma que conviene al país; o los turiferarios de rigor a vestirnos el santo con los artificios dialécticos de siempre, porque los aduladores, los cofrades y los clientes habituales tienen que exponer motivaciones que justifiquen su ideología y su salario, tratando de no ponerse en evidencia, ni tampoco al icono que les paga o les pasa la mano por el lomo. Pero, sin duda, por más vestidos con que traten de arroparle, «el rey está desnudo». Y allá cada uno con su papelón de sastre cortesano.

De la misma manera nos pueden exponer los delirios de quienes canonizan a sus reyes -y a sus gobernantes, en general-, llegando a veces a no contentarse con patrocinarlos, sino que además les idolatran. Mentalidades esclavas, sujetas a un espíritu que no es dueño de su propia voluntad. Algo que, aunque en la actualidad sociológica supone un aspecto residual, constituye una de las cosas más admirables que rodean a unos y otros: la incomprensible cantidad de adoradores de ídolos de purpurina. Los sectarios son así, fanáticos, y asumen toda reverencia y sumisión, salvo la del entendimiento. Pero otros, por el contrario, no tienen la razón hecha a doblegarse, ni sus rodillas.

El caso es que, en estos tiempos, mandatarios y plebe se han acostumbrado a ser considerados como pagadores y pagados, en vez de como reyes o guías y súbditos o ciudadanos, ambos respetables. Es obvio que, por rentabilidad social, todo falso jefe desea ser visto como un pagador en vez de como un conductor con autoridad, que es algo que no vende si lo comparamos con el momio clientelar. Pero si quisieran recompensar a la ciudadanía por su esfuerzo lo que tendrían que hacer es beneficiarle con los presentes de la virtud y no con las migajas del rico cofre que administran, que ni siquiera es de su propiedad, sino del común.

Si se requiere autoridad -virtud- para resistir a un invasor o a un impostor y defenderse, tanto o más se necesita autoridad para otras funciones: juzgar y castigar. Por lo tanto, no sólo es lícito resistir todo intento de invasión o de impostura o de perturbación social, sino sobre todo dictaminar y punir. Mucho más si los ultrajantes -interiores o exteriores-se empeñan en destruir una nación o un alma. Es lícito -y obligado- resistir a los judas y a los oportunistas, no haciendo lo que mandan y bloqueándolos para que no impongan su alevosía; y, por supuesto, sentenciarlos y escarmentarlos.

Si el secreto del rey y de los instalados conviene a veces esconderlo -maquiavélicamente hablando-, las obras de la verdad es obligado manifestarlas y descubrirlas siempre. Decir que las FF.AA y las Fuerzas de Seguridad del Estado están obligadas, con el Rey a la cabeza, a garantizar la seguridad de España y de los españoles ¿es predicar la revolución? En absoluto. Es, sencillamente, predicar la Constitución, aunque esta -como es el caso- tenga aspectos equívocos y alevosos para la patria. Pero, salvando de momento a VOX, los fraudulentos parlamentarios -y los minadores medios informativos que les jalean- saben que ni en las Cortes ni en la calle conviene decir las cosas que de verdad importan.

Aunque resulte ininteligible para ciertos espíritus lacayunos, puede decirse, en este sentido, que no hay ninguna condición humana más necesitada de verdaderas y libres advertencias que la de los reyes. Por llevar una vida pública, y además a la cabeza del Estado, han de tener en cuenta, junto con la realidad, la opinión de los ciudadanos de bien, libres espectadores de dicha realidad.

Pero como tanto los monarcas como sus aduladores o consejeros acostumbran a ignorar cuanto pueda apartarlos de su ruta, en cuanto se descuidan, que suele ser a menudo, se encuentran envueltos en la indiferencia, la repulsa o el odio de sus pueblos por circunstancias que hubieran podido evitar sin detrimento de la ruina del reino e incluso de sus prerrogativas personales, de haber sido advertidos y desde luego bien encaminados.

El caso es que, comúnmente, los favoritos se preocupan más de sí mismos o de engrasar su sectarismo, que del soberano y del reino, no yéndoles así mal, al menos durante el tiempo que el jefe supremo, en su Babia particular, ocupa el trono. Y que, por otro lado, algunos monárquicos, en su fanatismo, creen ver a sus coronados por encima del bien y del mal, como entes incorpóreos, sin querer darse cuenta de que, como escribió Montaigne, aun sentados sobre el más elevado trono de este mundo, resulta obligado hacerlo sobre nuestro trasero.

Los políticos -y sus aprendices y gorgojos- monárquicos de la España contemporánea, vista esta época con cierta extensión, se han distinguido, en general, como estrategas magníficos en las charlas de salón, pero sus ideas han devenido nefastas para la patria y para los propios intereses de la corona. Suelen ser culos de mal asiento, intrigantes inestables y agremiados, y de vuelo alicorto, más proclives a entenderse con el socialismo criminal e hispanófobo que con los que anhelan una España libre y en progreso. Y, aquí y ahora, por desgracia para todos, vuelve a ser obligado el consejo que nos dejó Lucano en su Farsalia: «Salga de la corte el que quiera ser prudente».

Franco reinstauró la Monarquía, dejando una España en progreso y unida. Y el Rey es el símbolo de su unidad y permanencia. Algo que corre serio riesgo debido a la debilidad frente al exterior y al interior, a la propia organización territorial del Estado y al empeño de la antiespaña para disolver la nación. No pocos observadores objetivos ven, por culpa de la errática diplomacia y de la nula capacidad disuasiva frente al exterior, y por culpa, así mismo, de la deslealtad institucional y del centrífugo comportamiento de los políticos en varias Comunidades Autónomas y en el propio Gobierno Central, un peligro evidente de balcanización.

Como a Felipe IV sus aduladores le llamaban ‘el Grande’, Quevedo, aludiendo a la pérdida de territorios europeos por parte del rey español, apostilló: «A nuestro rey le llaman ‘el Grande’, al estilo de los agujeros, que cuanta más tierra les quitas más grandes son».

Ahora, que no están en almoneda territorios europeos, aunque sí responsabilidades, respetabilidades y decoros exteriores, y, mucho más grave, enclaves concretos y extensas regiones de natural, legítima e histórica españolidad, sin las que España dejaría de ser lo que es, los españoles de bien, una vez más, se sienten avergonzados y humillados por la casta partidocrática e institucional.

Doy por supuesto que, aunque asombrados por tan inmenso perjurio y tan gravosa defección, no van a permitir finalmente que unos políticos carniceros arrastren a la patria por el mundo, para befa y escarnio de sus enemigos, ni la despiecen, ensangrentándola. No obstante, antes de llegar a mayores, convendrá que a Felipe VI, por el bien de todos y debido, si es posible, a su propia iniciativa, la Historia no tenga que llamarle «el Grande», en el sentido con que llamó Quevedo a su antecesor.