Con el título “Los dos males de la Constitución”, artículo publicado en La Razón con fecha 13 de enero, el general don Luis Feliu Bernárdez -en la reserva, ¡por supuesto!- no nos descubre nada, porque lo mismo que dice se ha dicho por activa y pasiva en estas páginas de El Correo de España, antes en otras y mucho antes por DON BLAS PIÑAR cuando se estaba confeccionando y todavía hubo tiempo de rectificar esta Constitución que hoy, como bien aprecia el general Feliu, lleva a España a la disolución de su unidad física y orgánica. Y es que, el paso al frente hay que darlo a tiempo, y no cuando se han roto filas.

Tres cuestiones me gustaría comentar del artículo del general Feliu. La primera, que para nada se puede decir que la única solución es recuperar para la organización del Estado una estructura de las autonomías con sentido de Estado, “recuperando lo que los padres de la Constitución previeron”, cuando fueron precisamente ellos los culpables de los males que la Constitución encierra, y, por eso mismo, los culpables de las consecuencias que el modelo territorial de Estado ha traído y puede terminar trayendo.

La segunda cuestión también está muy clara, por más que el general Feliu admita “sin reservas” las concesiones que se hicieron a los separatistas beneficiándoles con una Ley Electoral a su medida, cuando la Constitución, sin necesidad de esta concesión suicida, daba, y sigue dando, abrigo a todos, inclusos a los que querían, y siguen queriendo, romper la unidad física y la convivencia de España. Abrigo que está suficientemente claro y demostrado a lo largo de estos años, primero, admitiendo a los brazos políticos de ETA, y ahora a toda la chusma política catalana.

Y la tercera cuestión, que no es admisible, desde ningún punto de vista, que se diese y se siga dando por buena la presencia de dos genocidas, cooperadores de la escalada de la violencia de los años treinta que terminó provocando una guerra civil y responsables máximos de las matanzas habidas durante el periodo comprendido entre el 18 de julio de 1936 y 1 de   abril de 1939. Así pues, ese fulano del que nos da cuenta el general Feliu - ayudante militar del SM el Rey que acompañó a Carrillo a presencia del Rey, hijo de un español asesinado en Paracuellos del Jarama- escupió sobre la memoria de su padre y de los 8.000 españoles que duermen en ese lugar a la espera de la Resurrección gloriosa. Como igualmente escupió el hoy Emérito, emponzoñado hasta la cejas por su lujuriosa vida y su afán de riquezas   

No acierta el general Feliu, por más que lo que diga sea de todo punto razonable, porque la falta de crédito y confianza de España es consecuencia, primeramente, del estado de completa putrefacción de las instituciones, de la corrupción generalizada que desde hace cuarenta años ocupa el espacio español, de la falta de fortaleza para tomar decisiones y de la ausencia de virtudes sociales.  

Por eso la crisis nacional no tiene exclusivamente un sentido económico, sino que es, antes que nada, una crisis moral. Y como ciertamente es principalmente moral, grave y profunda, es por lo que se debe comprender que lo que es bueno o malo no es opinable, que no depende de derechas o izquierdas. Y es que, hay cosas buenas y malas en sí mismas, que no dependen del juicio propio ni del de los demás. En este sentido, la conciencia no es herida si se le impide a uno hacer lo que ella manda. ¿Hacia dónde va España? Esta es la pregunta, y está es también la inquietud. Nos encaminamos, y ya estamos en ello, hacia una España inconexa y desorientada, inexplicable y desconocida, que ha dejado de mantener el enfoque y la cohesión con el orden natural, y su decadencia es inevitable. Se ha cambiado la cultura de la vida, y ya estamos en otro tiempo distinto. La única esperanza es que el legado del tiempo que hemos dejado atrás siga condicionando la forma actual de ver el mundo y nuestro papel dentro de él. Esta es la última esperanza.

Vuelvo al recuerdo de lo aprendido…  “Para perder la paz basta que desees desordenadamente la cosa de menor monta”.

En orden a buscar la perfección social, la primera cuestión a tener en cuenta, sería advertir no tanto que la pluralidad de actitudes y opciones que se dan en toda sociedad humana necesitan ser coordinadas para de esta forma conseguir una convivencia pacífica y justa, sino cómo afrontar determinadas cuestiones. La pregunta sería la siguiente, ¿acaso es factible un Estado aséptico en cuestiones morales fundamentales?

Como es evidente que no es posible, la forma en que una sociedad puede afrontar las cuestiones morales vendrá determinada por la cultura fundamentada en los valores supremos que conducen al hombre y a la sociedad a la verdad de las cosas, porque el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. De esta forma, el orden social será un permanente esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y, en particular, del hombre. Un orden jerarquizado: Verdad, Bien, Justicia. Un modo de dar expresión a la dimensión trascendente de la vida humana. ¿Cumple ese objetivo supremo el liberalismo en el orden político?

Y término, no sin antes volver a manifestar, como en tantas ocasiones he hecho, que el tema, cuestión o problema de la Unidad de España compete fundamentalmente a las Fuerzas Armadas -cuestión que en mi generación se tenía muy claro-. Por ello, las Fuerzas Armadas deben de ser capaces de no estar al servicio de ideologías pasajeras, temporales y materialistas, y sí de lo inmutable, fundamental y permanente… La unidad e integridad de España, ambas seriamente amenazadas.