Cuando se votó la Constitución del 78 yo lo hice negativamente por muchas razones, pero la más importante fue sin duda el que en su texto se proclamaba que la ley era expresión de la voluntad soberana del pueblo. Pero si el pueblo quiere ser en verdad soberano, lo primero que tiene que hacer es votar las leyes a las que el poder tenga que someterse, dejando así de ser absoluto. Esa es la definición de la libertad. Todos somos libres si nos sometemos a la ley, el gobierno el primero.  Y no viene del Evangelio sino de la cultura de Roma. Cicerón lo dice lapidariamente: somos siervos de la ley para poder ser libres. El problema reside pues en cómo se evita que quien hace la ley no asuma no un poder limitado sino un poder soberano, ilimitado y absoluto.

La noción de soberanía viene de Bodino, pensador francés que le otorga al rey un poder sin límites. Eso es soberanía. Se trata de una noción desconocida en la cultura española porque el rey de España siempre se consideró a sí mismo sometido al imperio de la ley de Dios. Carlos I de España se sometió honestamente al dictamen de la ley moral de Dios cuando planteó a los teólogos que si según ellos era necesario respetar a los indios en sus costumbres y leyes ancestrales, aunque que entre otras cosas practicaban los sacrificios humanos, España abandonaría los dominios de América.

El problema está pues en cómo se concibe la soberanía. Porque la Revolución Francesa, aunque nadie lo diga, hereda la noción de soberanía de los monarcas absolutos, razón por la cual siguió considerando que el poder no tiene límites. Y así lo practicó la Revolución llevando a cabo el terror sin límites, tanto en las ciudades como en el genocidio de los campesinos de la Vendée.

Cuando se afirma machaconamente que Franco tuvo un poder dictatorial, se dice algo que no solamente es mentira sino que supone ignorar qué es lo que se disponía en las leyes que Franco propuso al pueblo español y que éste ratificó en referéndum. Porque precisamente en el tema de la soberanía, las leyes fundamentales proclamaban que la soberanía corresponde a la Nación española.

Ese concepto de nación, que para los que no saben más que lo que se les inculca desde la TV no significa nada -tal y como en su día lo dijo estúpidamente algún socialista- sin embargo para aquellos que aman su libertad significa que el poder admite límites, ya que quien lo asume reconoce la existencia de una comunidad histórica que ha heredado una cultura y que incorpora creencias, convicciones y nociones como las de persona, libertad etc. que constituyen las bases con arreglo a las cuales se organiza la vida social.

Se dirá que el pueblo no entendía lo que esas leyes decían cuando votaba la soberanía nacional, pero puestos a decir semejante vaciedad, mucho menos entendió el pueblo lo que significaba la soberanía popular. O quizás sí, porque para muchos estaba claro que eso significaba que no había límites para el poder de dominación. Y esa falta de límites para el poder de dominación lleva derechamente a que no haya tampoco límites para poder tomarse cada uno la justicia por su mano. Así al menos se entendió en 1936 y así se entiende siempre que el poder político fomenta por ejemplo la violencia callejera.

Y conviene que el lector aprecie el que se haya escrito poder de dominación ya que tal y como explicó el profesor francés Hauriou, el poder puede ser de dominación –que se apoya en la violencia y en la coerción- o de autoridad que logra la obediencia por el convencimiento de la persona que libremente acepta a un poder que a su vez y previamente acepta sus propios límites. Eso mismo quiso decir Cicerón en la frase antes citada.

Pues bien, Franco, aceptando ejercer el poder sobre la Nación Española, aceptó límites, cosa que el poder que hoy se dice democrático no hace y lo ejerció sujetándose no solamente a las leyes que en el uso de ese poder se publicaban, sino sobre todo ejerciéndolo sobre la Nación, la cual existía antes de que él hubiera accedido al poder, que estaba ya definida siglos antes y que implicaba la aceptación de unas nociones de libertad y justicia que no estaba en su mano modificar y en cuyo respeto cifraba él el éxito de su mandato.

Por el contrario el poder democrático de los países europeos (ahora también en España) sí que es soberano y sin límites y por tanto ajeno a la cultura y a la mentalidad españolas. Y es un poder sin límites porque, por poner un ejemplo, ni siquiera respeta lo que es ser persona, cambiando por ley la noción misma de serlo, aceptando el aborto o la indefinición del sexo. Se decía del Tribunal supremo de los EEUU que podía hacerlo todo, salvo hacer de un hombre una mujer. Pues bien, la deriva demagógica es ya tal, que hasta eso puede modificarlo una simple ley de un parlamento cualquiera.

Y una última nota que podríamos llamar colorista. Igual que pasó en Francia, en Inglaterra, un siglo antes, hubo un rey que decidió juntar en sí mismo el poder civil y el religioso. Pues bien, una tal mezcla suponía que en adelante el poder carecería de límites. Pero la formulación inglesa era aún más perfecta que la de la Revolución francesa, porque en lugar de tener que perseguir y martirizar a los católicos, logró, una vez martirizados los que inicialmente se resistieron, el que hubiera una religión propia con 39 artículos de fe que se imponían como condición sine qua non para poder ser alguien en la sociedad británica.

Se trataba de algo  hoy inconcebible y que únicamente perdura en el Islam que también une el poder civil y el religioso. En su momento Newman puso gran empeño en respetarlos, pero al final no pudo, precisamente porque apreciaba por encima de todo su libertad. Pese a ello Inglaterra pasa hoy por ser la cuna de las libertades democráticas, no sabemos bien si ese título lo tiene por esclavista, por haber sido la cuna del racismo que exportó a EEUU o por la explotación de las clases trabajadoras en la época de su revolución industrial. Pero en cualquier caso el poder en Inglaterra no tiene límites, es un poder de dominación y no de autoridad y por tanto pone también en peligro la libertad.

Y reténgase bien que en los países de Europa el poder es absoluto porque a partir de sus revoluciones es el poder mismo quien define la moral y la historia de sus culturas. En cambio el poder que instauró Franco, aceptando una moral superior a él y una historia y una cultura muy anteriores a él, puso límites a su poder, garantizando así la libertad de los españoles. Su poder no fue de dominación sino de autoridad. Por eso, si se sigue repitiendo machaconamente que Franco fue un dictador, no es sino porque se espera acabar así con una verdad a base de repetir mil veces una mentira.

Y la prueba final de que Franco trajo para España un régimen de libertades reside precisamente en que para dinamitarlo hubo de aprovecharse nada menos que la convocatoria del Concilio Vaticano II y la aprobación de una Declaración sobre la libertad religiosa que dio suficiente pie para que se exigiera la separación entre el poder civil y la ley moral inherente al credo religioso. Aunque como es bien sabido, esa separación proclamaba también a un tiempo -¡Oh lógica humana! ¡Oh sibilina ambigüedad vaticana!- que el Concilio deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y única Iglesia de Cristo, lo que no es sino decir lo contrario, esto es, que  las sociedades deben asentar la ordenación de su vida social en el respeto a una moral que no sea definida por el poder, sin separar por tanto el poder civil y la ley moral inherente al credo religioso.