Obligado por su infame pacto de investidura con comunistas y separatistas a conceder el indulto a los sediciosos malversadores catalanes, Pedro Sánchez lleva protagonizando a lo largo de esta primavera una campaña de agitación y propaganda solo apta para individuos rabiosamente sectarios desde el punto de vista ideológico o escasamente solventes desde el punto de vista intelectual o ambas cosas a la vez. Así, con el evidente objetivo de justificar ante los ciudadanos la traición a la nación española que su discurso anticipa, el psicópata monclovita ha lanzado una serie de pueriles e infundados eslóganes, todos ellos con el común denominador de intentar convertir en virtuosa una conducta groseramente inmoral.

De esta forma, desde el Gobierno se pide comprensión y magnanimidad, sin caer en la cuenta de que tal petición es innecesaria, ya que aquellos ciudadanos a los que obviamente se dirige, dado que no padecen ningún tipo de trastorno ideacional, son por regla general comprensivos y magnánimos. Así, esa parte de la sociedad española a la que el presidente invoca es comprensiva porque entiende perfectamente que quien quiebra la convivencia social, rompe unilateralmente las reglas del juego democrático y atenta contra el Estado de Derecho no puede salir arbitrariamente impune de dicha afrenta; y también es magnánima porque, lejos de pretender tomarse la justicia por su mano, defiende no solo el imperio de la ley sino también la igualdad ante la ley, reclamando con ello que todo individuo sea tratado en función de sus actos y conforme a lo establecido por el ordenamiento jurídico, sin ningún tipo de privilegio ni discriminación.

En consecuencia, resulta evidente que, así como cuando imploraba apoyar el diálogo con el separatismo lo que en realidad solicitaba era un acto de claudicación nacional, lo que ahora reclama no es comprensión ni magnanimidad, sino que lo que fraudulentamente demanda es que se acepte sumisamente tolerar al intolerante, banalizar el delito y blanquear al criminal, para, de esta forma, hacer a todos los españoles cómplices de su felonía.

Las encuestas realizadas hasta el momento parecían confirmar el planteamiento expuesto, ya que todas ellas señalaban que una gran mayoría de españoles estaba en contra de conceder el indulto a los golpistas catalanes y, efectivamente, este sentir ciudadano se hizo patente de manera indiscutible en la concentración celebrada el 13-J en Colón. Así, en lo que solo cabe calificar como un éxito rotundo y sin paliativos, fueron más de cien mil personas las que se congregaron en la emblemática plaza madrileña con la exclusiva finalidad de manifestar su compromiso con la defensa de la unidad de España y el mantenimiento del orden constitucional. Todo ello es lo que consciente y libremente se explicitó en Colón, en lícita y necesaria contraposición a los bastardos intereses defendidos por este nuevo Frente Popular que, desde su ilegítima llegada al poder, no hace otra cosa que amparar la continua deslealtad de los “españoles incompletos e insuficientes” - sintagma machadiano que define a la perfección a todo separatista- a la vez que acosa impunemente a los “españoles de bien”, sembrando de esta forma la cizaña del enfrentamiento civil.

A la vista de los hechos, parece poco razonable pensar que nuestro impresentable presidente y su nutrida y costosa corte de aduladores desconozcan el sentir general, ante lo cual cabe preguntarse: ¿Por qué P. Sánchez, haciendo oídos sordos al clamor popular, está dispuesto a asumir el coste político que sin duda va a conllevar la concesión del indulto a los golpistas catalanes?

Para responder a esta pregunta lo primero que cabe señalar es que P. Sánchez -debido a su desmedido afán de notoriedad, en lógica correspondencia con el trastorno narcisista que padece, y carente de la más mínima vocación de servicio, en el sentido weberiano del término- no anhela desarrollar un determinado proyecto político, sino que, muy por el contrario, lo que realmente ambiciona es alcanzar una privilegiada posición de poder, de tal forma que todo su trayectoria personal está orientado a tal fin. A ello contribuye, sin duda, su acreditada amoralidad –consecuencia directa de su exuberante egolatría-, ya que esta carencia de valores que le caracteriza es lo que le permite conducirse en todo momento sin ningún tipo de escrúpulos, buscando tan solo el propio beneficio a la hora de tomar decisiones. Con esta personalidad de base y teniendo en cuenta su debilidad parlamentaria, no debe extrañar a nadie el hecho de que, llegado el momento, P. Sánchez no dudara un instante en pactar con el comunismo totalitario, el golpismo catalán y el filoterrorismo vasco, para con ello conseguir ser investido presidente. A partir de ese momento, parece obvio que efectivamente P. Sánchez se ha mostrado permanentemente dispuesto a arriesgar su crédito político con la única y exclusiva finalidad de seguir contando con el apoyo de sus socios parlamentarios y así seguir instalado en el poder. En consecuencia, dada su condición de rehén de los hijos del diablo, desde su llegada a la presidencia este deplorable sujeto que nos gobierna no ha hecho otra cosa que cumplir con lo establecido en el ominoso acuerdo suscrito con los enemigos de España, haciendo así del engaño a la ciudadanía y de la traición a la nación española los ejes vertebradores de su acción de gobierno.

Por si todo lo expuesto no evidenciara suficientemente su escasa talla política, P. Sánchez demostró una notable falta de inteligencia al intentar vender como un encuentro en la cumbre lo que en realidad fue un ridículo acoso de 29 segundos a un perplejo Joe Biden, si bien ello no es razón suficiente como para caer en el exceso de considerarle un retrasado mental. Por lo tanto, conocedor desde un principio del pantanoso terreno en que se desenvuelve, es lógico pensar que nuestro ilegítimo presidente, por muy lerdo que sea, ha de tener un plan alternativo, que le permita salir airoso en el caso de verse obligado a abandonar el Palacio de la Moncloa por carecer del suficiente apoyo parlamentario. Y es aquí donde entra en juego la figura de George Soros, ese plutócrata globalista que va de filántropo por la vida, cuando su verdadero objetivo es la destrucción de las señas de identidad de las naciones europeas, como paso previo a la instauración de un nuevo orden mundial al servicio de las grandes corporaciones de carácter supranacional. Así, como señalan Juan Antonio de Castro y Aurora Ferrer en su obra “Soros. Rompiendo España”, “es el globalismo lo que mueve realmente a George Soros, la idea de transformar Europa en un conjunto de regiones independientes, desligadas de las soberanías estatales actuales y por lo tanto más fáciles de controlar y poner a las órdenes de sus intereses especulativos”. En consonancia con este planteamiento, Soros ha puesto a España en su punto de mira, muy probablemente con la intención de utilizarla como banco de pruebas y punta de lanza de su dantesco plan de desestabilización europea. Así, Soros no solo ha promovido y financiado la inmigración hacia España, con la finalidad de favorecer el multiculturalismo y la fragmentación social, sino que también ha puesto a disposición del independentismo catalán una compleja red de ONGs y think-thanks, es decir, todo un entramado organizativo gestionado por su propia fundación, la Open Society Foundation. Pues bien, es con este diabólico individuo con el que P. Sánchez ha mantenido diversas reuniones, tanto antes como inmediatamente después de ser investido presidente, y si bien su contenido no ha sido nunca explicitado con toda probabilidad el diálogo hubo de ser sin duda más fructífero que el mantenido en el bochornoso paseíllo con el presidente de los EE.UU. No obstante, si tomamos en consideración dichas reuniones y a ello le unimos los objetivos perseguidos por Soros, es razonable deducir que el cambio de planteamiento de P. Sánchez dirigido a favorecer los intereses del separatismo catalán muy probablemente se haya visto reforzado por la más que probable oferta de Soros en el sentido de que si es receptivo a sus exigencias en un futuro más o menos próximo le hallará acomodo en su imperio político, económico y mediático.

Es posible que Soros, al contrario que Roma, si pague traidores y en consecuencia P. Sánchez reciba la recompensa prometida, dejando así para el recuerdo su condición de felón y lacayo, lo cual no es otra cosa que una triste y miserable manera de pasar a la historia. Qui totum vult totum perdit.