El derrumbe de Occidente es paulatino e inexorable, además de nada improvisado, contagiado de neocomunismo y financiado por el NOM. Es concomitancia histórica que el declive de una civilización se percibe cuando se vulneran los principios y valores que la mantiene,  generación tras generación, hasta que irrumpe el relativismo moral. Si todo está ordenado naturalmente a través de una inteligencia mayor que subordina los órdenes al carácter civilizado, la falta de concreción, la emersión de lo aislado y raro para copar el ordenamiento de las cosas, pervierte cualquier sociedad y la aboca a la destrucción. Algo que está pasando en Occidente, con especial énfasis en una Europa desarraigada y permisiva con los verdugos de sus equilibrios; esa extraviada armonía funcional  que durante décadas conformó un bastión sólido de moral y grandeza ética. Hoy la decadencia es sumamente grave con la indefensión de los ciudadanos que son manejados, a través de sus traidores y ya exhaustos gobiernos,  por financiaciones ajenas a sus intereses y beneficios en busca de un Nuevo Orden Mundial.
 
Orban y Hungría resisten los embates y las coacciones con una Unión Europea escindida y presa de una situación geopolítica mundial compleja y arriesgada. Parte de Europa se rebela. El multiculturalismo es un arma creada bajo el engañoso y vibrante clamor de la caridad que se rige por la estrategia de disociación de los países occidentales y la destrucción de sus características históricas. Un nuevo mundo aberrante se nutre de la destrucción consentida de Europa por la manipulación permanente de los medios de comunicación. Nada es casual durante estos años, adentrados en un caótico siglo XXI, cambiante para peor,
 porque la globalización es la gran causa de subversión que está intoxicando las estructuras sociales generadas durante décadas de progreso y evolución, hasta tocar el techo permisible de los órdenes que favorecen la disolución identitaria;  no ya de algún país europeo como la sobrepasada Francia,  sino de todo el continente subyugado por una corriente desintegradora y suicida de la razón de ser occidental en sí.
 
   La mal llamada corrección política era el instrumento por la  violación  del sentido común y la coherencia, anteponiendo la anarquía o el totalitarismo ideológico frente a la razón de lo conveniente, incluso en aspectos ineludibles de pura supervivencia. Esa corrección ya no porta máscaras. Si Europa sucumbe es por la supra valoración de la marginalidad contra la normalidad de convivencia que durante décadas fue posible sin que reventaran las presas de lo decadente y absurdo, para establecerse como mandamiento social por la fuerza de las coacciones.
 
  Si la democracia significaba el respeto de las libertades de todos los ciudadanos, el concepto de globalización se nutre de un revanchismo injustificado que alza las extrañas corrientes de la marginación a la cúspide social de las tradiciones, blandiendo con amenazas los derechos de las minorías, a propósito de confrontar con la supervivencia del orden social y natural establecido desde los anales de la humanidad.
 
Una aberración innatural que marca el declive de las civilizaciones que además suelen ser tomadas por influencias exteriores que acaban difuminando la identidad de los pueblos y marca el proceso degenerativo de los imperios; como pudo ser el romano con la invasión de los bárbaros. Hoy asistimos a iguales características y factores divergentes descritas por la Historia. Una profunda corriente transgresora contra el equilibrio social e institucional de una Europa tomada por la degeneración de las ideas y la violenta imposición de los exabruptos antinaturales, inherentes a la destrucción de las sociedades sin orden que sufren los efectos del relativismo moral contra la lógica establecida.
 
Con ese victimismo depredador se acentuarán aún más las premisas de la radicalidad que subyugan a los pueblos en nombre de una libertad que nace de la tiranía de las ideas, de la incoherencia contra natura y de la opresión contra el pensamiento libre que todo ciudadano tiene derecho a ejercer, sin imponer las causas por delante de las voluntades siempre que sean legítimas y ajustadas al imperio de la ley.
 
En esta aberración de la ideología globalista que pretende canalizar un pensamiento único por la fuerza,  hasta la ley es subvertida transformándose en un tóxico elemento de arbitrariedad que protege la exclusión y el veto contra todo lo que no es afín en pensamiento, pero por mucho que se respete la degeneración y se calle la opinión sobre las retorcidas intenciones de lobbies cuya función primordial es avasalladora, prevalece un pulso de resistencia que sostiene la esperanza y el suspense mientras no se radicalice el programa de desestructuración tal y como supuso la pandemia del 2020.
 
Es esta influencia coercitiva de la globalización europea, un calco al fascismo y el nazismo del siglo XX. La única diferencia es que la exclusión de antaño estaba basada en los valores tradicionales mientras que ahora las bases de de la ideología global se sumergen en el paroxismo de la corrupción humana,  obligando a contemplar la propia corrupción del mundo como una transformación benigna para la universalidad de los pueblos.
 
Tras ese engaño podría decirse que taimadamente han emergido los demonios del averno para colapsar la inteligencia terrena y convertirla en un instinto propio de bestias con valores invertidos. Pura degeneración de un mundo que vive el fracaso absoluto de  una humanidad inexorable y apocalípticamente desordenada