¿Por qué un 70% de electores reelige a los corruptos y traidores? ¿Cómo puede darse el insólito hecho de que quienes se quejan del desorden otorguen su confianza una vez tras otra a los causantes del desorden?

 

Supongo que por diversas razones que un sociólogo sabría exponer mejor que yo. Pero el caso es que, dejando aparte a los inevitables pescadores que desean un río revuelto para aprovecharse de sus aguas turbias y tempestuosas, una razón consiste en el sectarismo, ya se deba éste al fanatismo o a la ignorancia.

 

A muchos millones de votantes no les importa el mal olor si proviene de sus propias excrecencias o de las de «los suyos». Otra razón es la de aquél que cogida la linde, sigue por ella durante toda su vida aunque la linde se haya acabado. Y otra más es la de quienes se aferran a lo conocido por malo que sea, amparándose en aquello de que es peor lo bueno por conocer.

 

Mas el asunto no siempre acaba en dichas carencias o preferencias ideológicas, pues muy a menudo las razones del voto tienen su causa en un gesto, una expresión, una afinidad de cualquier tipo, un acontecimiento, un despecho… todo menos el análisis reposado y objetivo de los programas ideológicos correspondientes. Y, por supuesto, tenemos como razón cuasi esencial la propaganda mediática, que subraya los anteriores motivos.

 

La cuestión está en que por unos u otros medios, los personajes más nefastos suelen ser los más atractivos para el populacho, siempre inerme ante la demagogia. Pero todas estas figuras manchadas por la corrupción acaban blanqueándose con el argumento de que, aun habiendo demostrado su índole delictiva, muchos millones de electores las respaldan una y otra vez.

 

Y ahí reside la tragedia. No sólo supone un drama la amarga existencia de un Gobierno presidido por un defraudador (X, Y o Z), rodeado de estafadores y bendecido por delincuentes de varia gama cromática, sino sobre todo que esa cohorte de expoliadores esté sostenida por millones de ciudadanos.

 

El déspota vive del abuso y del engaño, sin duda, pero eso, con ser gravísimo, no es lo peor. Lo peor es que la muchedumbre parece sentirse a gusto siendo explotada y traicionada. Tal vez no primordialmente por masoquismo, sino porque muy a menudo ven en el sátrapa que los maneja y expolia a un ídolo al que ellos quisieran emular.

 

Lo que resulta más fácil de comprender en situaciones como ésta, es el profundo hastío, la desmoralización anímica que sufren muchas personas, de distinguida educación y elevado espíritu, ante la impotencia provocada por el triunfo de la malevolencia alzada por la ignorancia, por el fanatismo o por el resentimiento ciudadano. Saberse compatriotas de esta plebe y no sólo no sentir nada en común con ella, sino peor aún, reservar hacia sus decisiones y actitudes un profundo desprecio.

 

Este desolador sentimiento -como reconoció en su día Antonio García Trevijano, tan poco sospechoso de franquista- nunca se dio durante el gobierno de Franco, sin duda porque entonces el pueblo había adquirido, sin saberlo, de forma involuntaria, una aureola dignificante, tal vez porque en la mente de la masa social y, sobre todo, en el objetivo del gobernante predominaba el bienestar social y el engrandecimiento de la patria, al contrario que durante la frustrada democracia que padecemos hoy.

 

El franquismo -pese a sus humanos fallos e inevitables sombras, pese a los abusos de una parte de sus elites- tenía una idea digna de España. Por el contrario, la casta partidocrática que venimos sufriendo tras su muerte sólo tiene el objeto del enriquecimiento personal a costa del pueblo soberano y de la abundancia y progreso de la nación.

 

Mientras entonces existía un nexo o una colaboración, invisible, inefable o inconsciente si se quiere, con quien lideraba los destinos nacionales, ahora existe una servidumbre popular voluntaria -lo dicen las urnas- con los ventajeros y codiciosos de toda gama y condición.

 

Y en eso sobre todo, como digo, consiste el desastre. En la degradación de un pueblo abrumadoramente insensato e irresponsable, que acepta ser regido por delincuentes y malvados, por plutócratas colectivistas de izquierdas y derechas, y administrado y juzgado por instituciones desleales.

 

Un pueblo que, con torpe euforia, con sórdida ignorancia, se auto engaña queriendo creer que ha expulsado al mal -no sólo al diabólico Iglesias- y lo único que ha hecho es refrendar una vez más, ¡mediante un 90% de votantes y un 70% del censo electoral!, a quienes lo desprecian, explotan o decapitan.

 

De ahí que no pueda sorprender a nadie medianamente avisado la posibilidad de que un señor Soros satisfecho envíe o haya enviado ya a un señor Casado el oportuno y complaciente mensaje de enhorabuena.

 

Si los políticos y los pañales, por la misma razón, pueden y deben ser cambiados, también se puede y se debe cambiar la educación y la cultura del pueblo. Esa, que ha sido siempre la gran tarea del político eximio, lo es más aún en esta hora crítica.