Quizás porque el presente fenece inmediatamente, o porque su presencia inquieta y angustia en muchas de sus manifestaciones, las mentes más iluminadas, los espíritus más inquietos buscan en el pasado un atisbo de serenidad. Cierto es que, tal actitud, conlleva en algunos casos dos sentimientos: nostalgia, por lo que se perdió y ya no es como era; idealismo, que convierte lo periclitado en perfección innegable. Fanatismos nacidos de una necesidad de creer en algo, diría el conformista contemporáneo. Quizás. Aunque, para los arriba mencionados, la percepción del pasado se desenvuelve como una batalla de antemano perdida y, por ello mismo, justa de ser librada. Es que, como bien escribió Borges en su cuento “La forma de la espada”: “… a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas”.

Este es el tantas veces remanido espíritu quijotesco. Que, sin embargo, más allá de las repeticiones, induce al ser humano a una tarea sobrehumana: considerarse, de antemano, vencido – en el fondo lo trágico es lo basal de nuestra existencia – pero no por ello a abandonar la tarea que, constitutivamente, nos hace ser lo que debemos ser. Y en esa misma vertiente, bebe el reaccionario de estos tiempos. Bebe de glorias que no vivió, pero que lo alimentan como un maná trascendente; bebe de la grandeza insumisa de la gloria inalcanzable, que palpa en la labor de los antepasados; bebe en la fuente de la incomprensión, que recibe cada día de sus adiposos contertulios de sordos debates; bebe de la sabiduría de la valentía, aquella que lo arremete contra los gigantes aunque todos vean en ellos molinos. Causas perdidas. Sin embargo, en la febril lucha, se disipan los temores y se afianza la propia fe, ya que el menudeo de la materia en intercambio no enloda el sacrificio, sino que lo exalta. Todo esto para referirme a mis amigos hispanistas. A esos que en la desventurada América, que ha sido descuartizada por el comercio británico y holandés en primer lugar, y luego por el yanqui y chino de un tiempo a esta parte, rememoran el imperio de los Austrias y buscan sus cenizas tras el Holocausto de la grandeza. Porque no es el pasado lo que nos enseñan esos genios, sino el camino futuro, una senda que está llena de piedras y a la que hay que limpiar de tanto impedimento en pos de la unidad pasada, en pos de la Iberoamérica grande que reúna, nuevamente, a la familia dispersa. Aquella bizarría sigue siendo tan bizarra que se re significó hasta de palabra: era valentía, pero para el mayor número es inconsciencia o locura. Y he ahí el cordón umbilical con el Quijote: locura y valentía, unidas desde lo más remoto. Nada se hará sin su necesario consorcio.

Me permito plantear un programa: quizás no sea el primer paso una unión aduanera. Quizás no sea primordial abolir los pasaportes en una primera instancia. Quizás no debamos restringir la tarea a la firma de convenios pacíficos. Tal vez sea el momento de una acción diferente: abonar el espíritu común de lo hispano, la simbología más profunda de la hispanidad, en estos pueblos arrasados por los nacionalismos de campanario, como sostiene Marcelo Gullo. Devolver una identidad que ha sido mancillada por los globalismos, lo internacionalismos, los imperialismos,  sus aparatos más idiotas llamados ideologías. Porque el producto más destacado del odio es  la ideología, y el fruto más destacado de la tradición es la cosmovisión, el mirar al todo como un orden natural al que pertenecemos, y del que hemos sido exiliados por los discursos afiebrados del positivismo decimonónico y por los autoritarismos del siglo pasado. Pues recordemos que imperio no es imperialismo. Y con ello reconocernos parte del imperio, que  no es esclavitud, sino servicio, grandioso servicio y retorno a lo que fuimos: seres enraizados en el cosmos y reflejos de él.

Soy consciente de que estamos frente a una tarea titánica. Así como el imperio Otomano hacía tambalear la cristiandad en el siglo XVI, o como la quebrantó desde adentro la ruptura caprichosa – pero no inconsciente – de los reformismos, la hispanidad tiene una aventura que afrontar. Los gigantes nos rodean. Si continuamos creyendo que son molinos de viento, seguiremos agachando la cerviz servil como adulones de palacio. Y ya no habrá quién nos quite el pin de las agendas obligatorias, pues será tarde para llamarnos a la cruzada.