Concurriendo VOX a las elecciones, ¿es oportuno, coherente y justo votar a la señora Ayuso, es decir, al PP,? Por Jesús Aguilar Marina

En un modelo democrático como el nuestro, los votantes tienden a decidir principalmente no entre programas, sino entre candidatos o partidos. La mayoría deposita su confianza en el líder o en la formación, a quienes eligen más por lo que atávica o frívolamente representan para ellos que por los valores que profesan o las promesas que hacen e incumplen.

La consideración informativa, especialmente en los medios televisivos, obliga a priorizar la imagen y el discurso enfervorizado en menoscabo de la razón y de la lógica o incluso de los propios intereses del votante. El proverbio «por sus hechos los conoceréis» es una sentencia tan rotunda como ineficaz para el 80 por ciento de dichos votantes, que prefieren mantenerla y no enmendarla, votando con las tripas, mejor que con la cabeza.

Con ello, el votante ignora a propósito el pasado de sus elegidos, aunque éste se halle plagado de traiciones y delitos, y se olvida, por supuesto, de cualquier dialéctica argumental y programática, de cualquier evidencia desacreditadora de los suyos. De lo que se trata, sobre todo, es de descalificar al contrario y poner en marcha la ley del embudo.

Ello podría justificarse y hasta ser inevitable si apenas hubiera diferencias apreciables entre los programas y sobre todo entre los comportamientos de los líderes y partidos competidores, pero supone un gravísimo error en nuestro caso actual (elecciones del 4 de mayo), donde despreciar o posponer al único partido -VOX- que es inocente del estropicio que padecemos, constituye una arbitrariedad y un despropósito, pues dilapida la única oportunidad que se vislumbra en nuestro negro horizonte sociopolítico.

Por ello, si los electores de espíritu libre -incluidos los más avisados- deciden desestimar la experiencia y dar más importancia a la figura engañosa y al discurso oportunista que a la sustancia de los hechos, olvidando el pasado, convertirán las elecciones próximas en un nuevo fiasco. Porque, sin esperarlo, estas elecciones pueden haber llegado en el momento adecuado y suponer la última posibilidad para lograr la necesaria regeneración o, por el contrario, acabar en un nuevo desencanto electoral. Un más de lo mismo en cuanto a seguir padeciendo abusos, muertes y traiciones.

Estamos donde estamos, arruinados, desnortados e indignos gracias a unos políticos desleales a sus juramentos y promesas, traidores a la patria. Unos funcionarios que sólo se preocupan de su lucro personal y de su ambición de poder y sinecuras. Unos políticos que integran la mafia partidocrática que padecemos desde hace más de cuarenta años.

Entre esos partidos se halla por méritos propios el alevoso PP. Y no puede ni debe olvidarse que la señora Ayuso, también por méritos propios, milita en él, aceptando todos sus extravíos y delitos sin rebelarse, sin dimitir, sin cantar ninguna palinodia. Por lo tanto, ¿es oportuno, es coherente, es práctico votarla? Más aún, ¿es ético, es justo votarla?

Por desgracia, la experiencia prueba que los electores -y no precisamente por desmemoria- suelen distraerse de ese cúmulo de perfidias a la hora de volver a otorgar la confianza a las urnas. Esta sigue basada en una relación interesada o emocional, a menudo mezquina, con el líder o con el partido de turno, y en ese vínculo coinciden todos los viejos fantasmas del despecho, del capricho, de la ignorancia o del resentimiento, adobados con las técnicas de abducción y presión empleadas por el Sistema.

Por eso la Razón y sus seguidores - el Bien- lo tienen tan difícil a la hora de sustituir a los líderes y a los partidos representativos de la Sinrazón -el Mal-. Y por eso los poderes fácticos, que han invertido tanto caudal dinerario y doctrinario en estos últimos, no están dispuestos a abandonar la escena.

Como en cualquier relato, también en la campaña electoral de estas próximas elecciones va a desplegarse un guion. Y pueden ustedes estar seguros, estimados lectores, que el correspondiente argumento va a escribirse para tratar de que nada cambie. Es decir, para hacer luz de gas al único protagonista valioso con que cuenta el elenco. VOX es el único que se sabe -lo dice su programa- el papel a representar en la obra, que es el de España. Y es a este actor -VOX- a quien los espectadores bienintencionados y atentos únicamente deberían aplaudir.

Pero es esa idoneidad precisamente la que resulta insoportable y perjudicial para los hispanicidas, para los incompetentes, para los corruptos. Para todos ellos y para sus cómplices, porque los pone en evidencia y desenmascara. De ahí que los mafiosos partidocráticos, al unísono, con el PP a la cabeza, confiesen al ver a VOX aparecer en el proscenio: «Ahí viene el soñador, matémosle y echémosle en un pozo, y diremos que algún animal feroz le devoró. Veremos entonces en qué paran sus sueños».

Los sueños de los españoles libres.