Con la masiva llegada de refugiados, la mayoría musulmanes, y más todavía con los criminales atentados realizados en Paris o Bruselas, se ha levantado un escandalizado coro de sonoras voces clamando por la defensa de los “valores europeos” frente a la invasión de los nuevos bárbaros, que amenazan con destruir la superior civilización europea y nuestra religión cristiana.

 

Ciertamente se nos puede llenar la boca contra los atentados diciendo que van a derrumbar “nuestros valores”, pero la triste realidad es que esos valores ya los hemos eliminado nosotros mismos sin esperar a que actúen los violentos ni que vengan los refugiados.

 

Podríamos hablar del estado de la democracia en Europa, o ver cómo está su cultura. Pero quiero centrarme ahora en lo de la “Europa cristiana”. Ciertamente existe una Europa cristiana, la Europa que ha salido a las estaciones a recibir a los refugiados, a ofrecerles comida y alojamiento, a prestarles calor humano después de su terrible éxodo, la Europa de los voluntarios que van a Lesbos para acoger a los ateridos ocupantes de las pateras, la Europa que se embarca en lanchas de ONG´s para tratar de salvar a los que naufragan en la desesperada travesía. Esa es la Europa cristiana. Aunque los que participan no sean creyentes, su actitud es profundamente cristiana. La escenificación del Juicio Final que presenta el evangelio de Mateo lo deja bien claro: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y de distéis de comer… era extranjero y me acogisteis…”

 

Esa Europa cristiana desgraciadamente es minoritaria. La Europa mayoritaria, la que se siente amenazada y molesta por la llegada de los refugiados, la de los gobiernos que han pactado su expulsión, la Europa del Banco Central Europeo, la “Europa de los mercaderes” no tiene absolutamente nada de cristiana. Puede vanagloriarse de las imponentes catedrales que levantó la fe de sus antepasados, pero esa fe ha muerto. Quedan hermosas piedras, pero piedras sin vida. Ante la disyuntiva terminante que pone Jesucristo en el Evangelio: “No podéis servir a Dios y el dinero” (Mateo, cap. 6; Lucas, cap. 16) ha optado claramente por servir al dinero. Para el capitalismo el único Dios verdadero es el dinero. A él se sacrifica todo, si hace falta sacrificar miles de vidas inocentes que huyen del horror de la guerra (una guerra provocada precisamente por el afán de dinero), se sacrifican sin pestañear.

 

En muchos escritos del Nuevo Testamento aparece la condena de la riqueza. Desde el “¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!” de Lucas, cap. 6, hasta las palabras del apóstol Pablo en la epístola a Timoteo: “Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males”, lo que encontramos es una llamada continua al desprendimiento y la fraternidad, y un rechazo unánime de la ambición, y la lucha por el enriquecimiento. Pero lo que vemos en nuestra Europa es que la fraternidad cristiana ha sido sustituida por la competencia capitalista y el desprendimiento por la ambición.

 

Y esa fraternidad es universal. Cuando Jesús quiere poner un ejemplo de lo que es el amor al prójimo, elige un samaritano, que para los judíos era un hereje abominable, pero mostró compasión con la víctima de los ladrones. Al referirse al destino final de cada uno afirma: “Mas yo os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, e Isaac, y Jacob, en el Reino de los cielos”. Pero nosotros en nuestra mesa no admitimos a los que no son “de los nuestros”.

 

Ciertamente estamos en una sociedad laica, muy secularizada, en la que seguir los preceptos de cualquier religión es algo totalmente libre. No se pueden imponer a nadie. Pero referirse al carácter cristiano de nuestra sociedad como justificación para rechazar de la manera más inhumana a los refugiados que llaman a nuestras puertas, es una hipocresía y un fariseísmo de la peor especie.