Hace unos días estaba viendo la televisión y apareció el presidente Sánchez en una de sus intervenciones a lo dictador Castro o al chofer Maduro, cuando instintivamente levanté los ojos por encima del aparato y retomé la visión de unos diplomas fijos en la pared  de nuestra sala de estar, comedor y ”oficina” de trabajo, donde escribo, que el piso no da para mas. Entonces recordé que esas enmarcaciones certificaban mi currículo académico   y profesional. Claro que al instante me vino la grave sospecha de si esos diplomas no serían considerados  por el censor de turno de exhibición, y por lo tanto, exaltación de elementos punibles ante la llamada Ley de  memoria democrática, verdadero contrasentido porque la memoria no es democrática ni liberal, ni verde ni azul, es como la Historia: personal e intransferible, pero que manejada por cualquier sectario nos  puede llevar a situaciones nada deseables.

           Porque naturalmente los diplomas, esos diplomas, puestos en lugar bien visible, están firmados por autoridades  administrativas, educativas y políticas absolutamente franquistas, defensores de un régimen que el discurso oficial lo considera oprobioso, rechazado por todos los voceros gubernamentales es más, los diplomas se despachaban  en nombre del conocido como Caudillo de España, el General Francisco Franco Bahamonde. Ante esa evidencia, ¿Debo preocuparme? ¿Debo esconder mi título de Instructor? ¿Mi diploma académico de Bachiller Superior o el profesional de Maestro Nacional de Primera Enseñanza? ¿Los quemo, los hago añicos? La inquietud y la zozobra se hizo más patente al caer en la cuenta de que junto a mi asiento de descanso se podía ver también, bajo marco, humilde sí, la copia del Boletín Oficial del Estado, el BOE, del 18 de julio de 1960 en el que rezaba: Su excelencia el  Jefe del Estado, se refería a Franco, le concede la Medalla de Caballero de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas. Condecoración sin dinero, pero que significaba la neta implicación con el Movimiento Nacional, cimiento de la filosofía franquista –Filomeno a mi pesar-,que nunca he negado,  pero que  nos remitía   al  neto  núcleo falangista.

        ¿Y qué pensar si declaro mi pertenencia a la Fundación “José Antonio Primo de Rivera”? Tras esto, y a  tenor de las disposiciones adicionales 4ª, 5ª  y 5ª de la inminente ley de Memoria ¿Tengo que prescindir de ella? ¿Hay que venderla  o llevarla a un museo? No vaya a ser que algún topo de la cuerda lo interprete como un hecho

provocador `y fuera de norma, por lo que habría que perseguirme hasta el paroxismo.  Para más inri mi temor se acrecienta si confieso que justo enfrente de la entrada en casa encontramos, pegada a la pared, una metopa artesanal  con un  relieve del Yugo y las Flechas, símbolo y logotipo de Falange Española de las JONS, uno de los partidos que se sumaron  al alzamiento nacional comandado por el General Francisco Franco , y la verdad,  ¿Habría que sentir  miedo, no de una  causa penal  con multa y cárcel en perspectiva, cómo la de un acoso por  años que haga imposible vivir en paz y en libertad?. ¿Será esta ley la excusa para abrir una continua razzia contra los  que disentimos del discurso oficial?

      Por último y para mayor indignidad, como señal de la incoherencia chapucera de ese proyecto de ley, ya aprobado en Consejo de Ministros, nos preguntamos si podría vestir  la  camisa  falangista. ¿Es provocación franquista ponernos una camisa azul? ¿Nos la quitarán por la fuerza y la amenaza? ¿Será posible? Desde luego todo puede pasar con este ejecutivo copia de aquel Frente Popular nefasto y destructivo que nosotros, como españoles de a pie, tenemos el deber de denunciar. Yo al menos, no me rendirme. ¡ah¡, Diré que pensaba renunciar a la paga extra del 18 de julio, pero claro, por ahí no hay pena, porque la pela es la pela.