Inesperadamente, invisiblemente, absurdamente, inevitablemente, increíblemente… mi Memoria, mi Imaginación y mi Mente han decidido (eso sí tras un Referéndum controlado) unirse, mejor dicho, reunirse, reunificarse, y esta madrugada han echado abajo el muro que las separaba y han suprimido sus fronteras. A partir de hoy ya no habrá Pasado, Presente ni Futuro. Ni realidad, ni ficción ni fe. Ni Ayer, ni Hoy, ni Mañana. Un solo País, una sola Nación y un solo Estado.

O sea, yo, el que fui, el que soy y el que seré.

Y todo esto porque a mis 82 años tengo más clara las cosas del pasado que las del presente e incluso el futuro lo veo clarísimo.

Hoy de ese “Estado Unificado”, que no entiende de políticas, ni de religiones, ni de razas, ni de sexos he recordado la escena que os reproduzco. Al parecer sucedió durante la Guerra Civil, pero veo claro que cambiando los nombres bien podía situarse en el futuro que viene.

Y antes de ello también quiero comentarles algo que me ha llamado siempre la atención sobre la Guerra Civil., pues todos los historiadores y en todos los mapas gráficos que he visto sobre el inicio de aquel 18 de julio del 36 y los últimos que se vieron el año 39. Por ello se ve perfectamente que lo que empezó siendo una pequeña  zona nacional se va haciendo grande cómo fue avanzando el asunto del rojo, o sea  de  los nacionales sobre los rojos.

Pero, no he visto ninguno que reflejara lo que mi padre llamaba “manchas rojas” y “manchas nacionales”… ¿Y qué eran esas “Manchas”? Pues aquellos pueblos, muchos,  en que los primeros días no quedaron un Poder firme de unos ni de otros y había, hubo, ratos  que eran de unos, por la mañana, y otros, que eran del bando contrario, por las tardes.

Pues, esa es la escena que os trasmito hoy y que sucedió en mi propio pueblo. Pasen y lean:

 

Recuerdo, como si lo estuviera viviendo, que era una mañana de verano y que hacía mucho calor…, yo tendría unos ocho años. No, para ser más exactos ocho años y cuatro meses. Me acababa de levantar y estaba en el patio de mi casa viendo comer a las palomas, pues en mi casa había muchas, muchas palomas, y perdices, y codornices, y canarios, y gallinas… Y es que mi padre tenía en los patios de la casa un palomar, jaulas empotradas en las paredes, jaulas colgadas del viejo ciruelo, que había junto al pozo y que daba sombra al primer patio, un gallinero, y un segundo en el que había una conejera, una corraleta para los cerdos, una cuadra para sus dos caballos y hasta un criadero de pollos perfectamente acondicionado. Por cierto, que todavía recuerdo lo feos que son los pichones de paloma y lo increíblemente bellos que son los pollos recién salidos del cascarón. 

Cuando de pronto entró gritando mi hermana Julia. 

-¡Que vienen, que vienen! 

-¡Venga, rápido, rápido!, ya sabéis lo que tenéis que haser –respondió mi madre a los gritos de mi hermana. 

-Pero, Juli, ¿te has enterao bien de los que vienen? –dijo María, la sirvienta de la casa. Una mujer que vivía con nosotros y que era como de la familia. 

-Sí, sí…, los de Soricaria –respondió mi hermana. 

-Bueno, pues entonses no hay que pensar más. Tú, María, esconde el cuadro de la Virgen en el trigo. Tú, Juli, sube al desván el crusifijo del comedor. ¡Paca, tú esconde en el palomar la bandera y tráete la otra…! Venga, rápido, yo me encargo de lo demás… -dijo mi madre, con aquella potente voz que tenía cuando se ponía seria. 

Era lo que se hacía casi todas las mañanas y todas las tardes de aquel verano de 1936, ya que como Nova Carteia había quedado en lo que luego mi padre bautizó como “zona del cambio”, no era de nadie y era de todos, es decir, por la mañana era de los “rojos” que venían de Soricaria                y por la tarde era de los “nacionales” que venían de Egabro. 

Por la mañana había que retirar y esconder los cuadros religiosos, los crucifijos, la bandera rojo y gualda y cualquier cosa que delatase que nosotros éramos “de derechas”…, y colocar bien a la vista una bandera republicana, un cuadro de Azaña, la hoz y el martillo y hasta un retrato de Lenin. Por la tarde había que retirar los símbolos “rojos” y disfrazar la casa de “nacional” y falangista. 

Pero aquella mañana sucedió algo trágico, ya que en contra de lo habitual -y lo habitual era ya que por las mañanas viniesen los de Soricaria y por las tardes lo de Egabro- los que se presentaron fueron los nacionales. Un grupo de falangistas, o al menos de falangistas iban vestidos, con un sargento del Ejército al frente. Eran siete en total. 

Yo estaba casi escondido detrás y debajo del mostrador donde se vendía el pan… y aprovecho este momento para decir que mis padres eran panaderos y que en mi casa había panadería. Y lo que vi y escuché fue esto: 

-¡Arriba España! –dijo el que entró en primer lugar, un hombre de unos treinta años, de tez morena y cara sonrojada. 

-¡Arriba siempre! –respondieron los demás, mientras se desplegaban por el enorme hall-despacho de mi casa. 

-¡Arriba España! –respondió mi madre en tono menor. 

-¿Dónde están los hombres de la casa? –preguntó el sargento, cuya imagen todavía tengo en la memoria como si la escena hubiese ocurrido ayer. 

-Aquí no hay más hombres que mi marío –respondió mi madre, mientras por la espalda hacía gestos con las manos a María. 

-¿Y dónde está tu marío, se puede saber? –volvió a preguntar el militar con cara de pocos amigos. 

-Mi marío se fue hace ya más de un mes, con la intensión de incorporarse al Ejérsito –dijo mi madre con voz seca. 

-¿A qué Ejérsito? –preguntó uno de los falangistas en tono provocador. 

-Pues al Ejérsito nacional –respondió mi madre-: mi marío es de derechas de toda la vida… 

-¡Tú marío es un rojaso al que hay que fusilar! Las notisicas que tenemos es que se ha ío con los rojos… -lanzó, más que habló, otro de los falangistas, un jovenzuelo de veinte años con cara alargada y barbilampiño a quien se le salían los ojos por las órbitas y la asaliva por la comisura de los labios. 

-¡Eso no es verdad! –gritó a su vez mi madre-. Mi marío se fue de Nova Carteía para unirse a los nasionales donde pudiese. Además, en mi casa no se ofende a mi marío. 

-Mi sargento, mi sargento… ¡ven aquí, mira lo que hemos encontrao! –salió gritando del comedor uno de los falangistas, y en su mano portaba el retrato de Azaña y la bandera republicana. 

-Mira, mira, sargento, y además tienen un cuadro del ruso ese de las barbas… ¡y la hoz y el martillo! –dijo el falangista de los ojos saltones e imberbe. 

-¡Hay que fusilarlos a todos! –dijo el tercer falangista, que hasta ahora había permanecido callado. 

Entonces mi madre, instintivamente, cubrió con ambos brazos a mis hermanas, quienes se escudaron tras ella llenas de miedo. María estaba pálida como la cera y tremendamente asustada. 

-¿Me quieres explicar que es eso? –lanzó con voz amenazante el sargento. 

-Pues lo que ves –respondió mi madre con gran serenidad. 

-¿Lo que veo? Pues lo que veo es de fusilamiento instantáneo –dijo el militar. 

-Lo que ves no es más que un ardid para engañar a los de soricaria. 

-¡Mentira! ¡Roja! –gritó el tercer falangista, sin dejar de hablar a mi madre-. ¡Mentira! Ésta es la prueba de que vosotros sois todos unos rojasos… ¡Venga, al patio todos! 

-Tened cuidado con lo que haséis –respondió mi madre mientras apretaba con sus brazos a mis hermanas. 

-¡Tú a callar! –gritó el sargento-. Aquí mando yo y se hará lo que yo diga… A ver, tú –dirigiéndose a María- ¡asércate! 

María dio un paso leve, con todo el miedo del mundo reflejado en su rostro y con la cara blanca de los muertos… Entonces uno de los falangistas le dio un empujón en la espalda, con tanta fuerza que María no pudo mantener el equilibrio y cayó al suelo… Mi madre se arrancó hacia ella para ayudarle, pero antes de dar un paso se encontró con una escopeta en el pecho y unos gritos ensordecedores. 

-¡Quieta! ¡quieta o disparo! 

-¡Asesinos! ¿Qué vais a haser? –dijo mi madre mientras agarraba a mis hermanas por los hombros. 

-¿Que qué vamos haser?... ¡Lo que haremos a partir de ahora con toos los rojos?... ¡Cómo te muevas te mato! –dijo el tercer falangita, sin duda el más fiero del grupo, un tipo de unos cincuenta años, regordete y de piernas cortas, a quien se le salía la camisa azul del pantalón por encima del cinto.  

-¡Cobardes! –dijo mi madre en tono seco. 

-¡Señora! –grito el sargento-. ¡Usted se calla! 

Fue entonces cuando los otros dos falangistas se arrojaron sobre María, entre el griterío de todos. ¿Qué pasó? Yo, entonces, y asustado como estaba, no vi ni entendí nada…, pero, con el paso de los años, sí supe lo que había pasado. María fue violada ante la presencia de mi madre y de mis hermanas, que ante la impotencia y llenas de miedo lloraban estrepitosamente. 

Luego, de pronto, apareció en la puerta otro militar, quien al ver lo que estaba pasando sacó la pistola del cinto, y, sin más, disparó sobre el que  todavía estaba sobre la pobre María,  gritando:

-¡Cobardes! ¿qué estáis haciendo…? ¡Ahora mismo os fusilo a todos…! ¡Arriba las manos! ¡Arriba! 

Era el teniente Ramírez, como supe después. Un hombre de unos veintitantos años que vestía impecablemente el uniforme de campaña del Ejército y que más tarde llegaría a ser ayudante personal del general Varela.

Gracias a aquel hombre no consumaron aquellos tipos lo que ya intentaban hacer con mi madre, que aquella mañana, indudablemente sufrió lo que otra mujer pueda sufrir en toda una vida. María, la pobre María, tuvo un hijo meses más tarde… cuando ya Nova Carteia era “zona nacional” y mi madre sabía que mi padre luchaba en el frente de Madrid. Naturalmente, aquellos falsos falangistas (pues ellos mismos se identificaron como comunistas y miembros del PCE de Soricaria) fueron fusilados en cuanto llegaron las fuerzas de Egabro.

Milicianos “rojos”

Falangistas “nacionales”