Las Naciones se rompen históricamente cuando sus instituciones seculares la abandonan; España está abandonada por su Monarquía, desgraciadamente.

Juan Carlos I recibió del General Franco una Nación cohesionada y fuerte. La trayectoria moral del hoy ex Rey, ruinosa, le llevó al perjurio en 1969 primero, y en 1975, después; en ambas ocasiones prestó ante los Evangelios Juramento de lealtad a las Leyes Fundamentales del Reino y a los Principios del Movimiento Nacional. Al jurar en falso dos veces, traicionó a Dios, a Franco, y a las leyes legitimas del Estado del 18 de julio.

La 'transición' no fue aprovechada por el Rey, máximo exponente del Estado, para crear un régimen constitucional de estabilidad nacional; el Rey favoreció en 1977 la legalización del Partido Comunista, que estaba ensangrentando a media Europa y abrió la puerta al carnicero de Paracuellos (Santiago Carrillo). Los partidos separatistas, ilegales en casi toda Europa, fueron admitidos.

Internacionalmente, Juan Carlos I hizo que España dejara de ser temida: con Franco postrado y agónico, Juan Carlos vulneró la ley española y la legalidad internacional para ceder ilegalmente el Sáhara a Marruecos y a su Rey Hassan II, genocida de los saharauis. Además, aceptó renunciar al ambicioso programa franquista de la bomba atómica con la bajada de pantalones española que supuso el Tratado de No Proliferación Nuclear firmado en 1982, y bendijo la apertura de la verja de Gibraltar que el Caudillo cerró en 1969. 

Por otro lado, indujo un golpe de Estado el 23 F de 1981 que a través de su hombre -Alfonso Armada-, utilizó a patriotas como Antonio Tejero, que fueron engañados, traicionados y encarcelados.

Los Pactos de Aznar en el Majestic para darle a Pujol la retirada de la guardia civil y la policía de Cataluña; las cesiones educativas a los poderes autonómicos empezadas por Felipe González; o las concesiones a ETA de todos los gobiernos, contaron con el mutismo y aquiescencia de Juan Carlos I que aceptó anular el papel constitucional de la Corona como garante de la unidad y permanencia del Estado y como árbitro de la vida institucional.

Sancionó la ley de memoria histórica 52/2007 de Rodríguez Zapatero que deslegitima el franquismo y, por tanto, también a la Corona, institución instaurada por el General Franco. Poner la sanción real sobre esa ley ideológica y guerracivilista fue el HARAKIRI de la Monarquía; su inmolación. Un harakiri que se completó cuando no alzó la voz ante la profanación del cadáver de quién lo había sentado en el trono: Francisco Franco.

La Monarquía española pierde su autoridad moral e histórica cuando firma su suicidio en la ley de memoria histórica de 2007 y luego lo refrenda cuando no se inmuta ante la profanación de los restos de Franco.

No me merece lástima alguna el linchamiento actual al Emérito, pero su marcha fuera de España impulsa a los socialistas bolivarianos, a los etarras y a los catalanistas, verdaderos amos del rumbo político de España y con más canallismos que el Emérito a sus espaldas.

La izquierda no tendrá suficiente con el exilio del Emérito. La próxima cabeza será la de Felipe VI. El Emérito es un golfo y un felón histórico, pero no tiene causa judicial alguna ante la Justicia ni ante el Fisco; mal ha hecho Felipe VI en coadyuvar a quitarle a su padre su asignación primero, y en pactar su marcha de España, después. Al hacerlo, cunde la sensación de autoinculpación sobre la monarquía.

La izquierda y el separatismo -mas ladrones que el ex Rey, con causas judiciales abiertas y con 50 mil muertos a sus espaldas- hinchan pecho, lanzan una cortina de humo y la agenda republicana de Podemos y los separatistas hacia un socialismo bolivariano y balcanizador se ve colmada y legitimada.