Tras sufrir ocho semanas de duro confinamiento y una brutal quiebra de libertades individuales que a la postre ha sido la única medida efectiva para combatir la pandemia que tanto daño está haciendo. Sin duda buena parte de la ciudadanía estará planteándose el altísimo coste social que ha supuesto tener que enfrentarnos a ella con el peor Gobierno posible, cumpliéndose de forma implacable la ley de Murphy. Si esta vieja piel de toro hubiese podido contar con un Gabinete competente, capaz de anteponer los intereses del pueblo español a sus dogmas ideológicos, a buen seguro, hoy se habrían perdido muchas menos vidas y el número de contagios también habría sido más reducido, librando al sistema sanitario del colapso padecido, fruto del cual han fallecido miles de compatriotas que no han tenido ni siquiera la oportunidad de acceder a un respirador en UCI, entre los cuales la peor parte se la han llevado nuestros mayores a los que de forma infame se ha abandonado a su suerte en las residencias, en la mayoría de los casos negándoles un derecho tan básico como ser trasladados a un hospital. Un geronticidio en toda regla, o si se quiere, una eutanasia mal asistida y sin consentimiento.

La gestión del Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez no puede ser más desoladora. España se encuentra por deméritos propios a la cabeza en todos los ratios negativos posibles: número de fallecidos por habitante; número de contagiados, entre los cuales ocupan un lugar destacado el personal sanitario (más de 49.000) obligados a trabajar sin equipos de protección adecuados; tasa de mortandad por contagiado; furgón de cola en test realizados; desastrosa política de compras del material necesario, primero por falta de previsión en su aprovisionamiento y después recurriendo a empresas intermediarias de dudosa solvencia que enviaron mascarillas y test inservibles pagadas a precio de oro; vanos intentos de engañar a la opinión pública pasando datos sobre test realizados no homogéneos a la OCDE que procedió inmediatamente a su rectificación al cerciorarse del engaño y, últimamente, la CNN desmintiendo la existencia de un supuesto ranking elaborado por la Universidad Johns Hopkins del que se jactaba sin escrúpulos Pedro Sánchez presumiendo de que España ocupaba el quinto lugar.

Un balance de gestión que deja al Gobierno Sánchez como el ejemplo por antonomasia del Ejecutivo más incapaz e incompetente de cuantos existen en el mundo desarrollado. Así ha sido destacado en los más prestigiosos periódicos internacionales, desde el New York Times a Der Spiegel. Una gestión bochornosa frente a la que se ha llevado a cabo en otros países de nuestro entorno como Austria, Alemania, Grecia, Hungría o nuestro vecino Portugal. Ante esta realidad contrastada cualquier gobierno digno con sentido de estado asumiría su responsabilidad presentando su dimisión en pleno y pidiendo perdón a los ciudadanos. Pero esto no parece entrar en los planes del ególatra presidente Sánchez que, de forma pertinaz, viene empleándose en cuerpo y alma, con el formidable aparato propagandístico en el que se ha convertido el PSOE y sus poderosos medios de comunicación debidamente engrasados, que de forma inmoral y servil se han cuidado de que no veamos imágenes de ataúdes ni los dramas vividos en los hospitales. Toda una operación a la desesperada para permanecer “como sea” (como diría Zapatero) en Moncloa en cuyo empeño todo vale, incluso convertir los fallecidos en meras cifras estadísticas y posponer el duelo nacional a cuando convenga políticamente.

Y mientras esto ocurre, y muy a regañadientes del Gobierno tras las justificadas críticas de la oposición, se reanudaron las sesiones para su preceptivo control en el Congreso, en las que ha destacado con luz propia el vicepresidente y ministro de Derechos Sociales, Pablo Iglesias, protagonizando unas salidas de tono incalificables por irrespetuosas y extemporáneas. El pasado día 6 la diputada de VOX, María Ruíz, le preguntó por su responsabilidad en todo lo acaecido en las residencias de mayores donde se han producido miles de fallecimientos, toda vez que, en aplicación del decreto de estado de alarma, su ministerio había asumido la competencia de forma centralizada. El Sr. Iglesias lejos de contestar como hubiese sido su obligación, dedicó su intervención con un tono desabrido a una descalificación sistemática de VOX, diciendo se trataba de un partido antidemocrático constituido por una auténtica inmundicia que sería erradicada por el pueblo español, para seguidamente hacer una exaltación del movimiento comunista y rematar su arenga marxista atribuyendo a la formación de la señora Ruíz el calificativo de parásito. Una intervención impropia de un parlamento democrático en la que se demostró el deterioro de todas las instituciones por las que transitan miembros del PSOE. La señora presidente del Congreso, doña Meritxell Batet, fue incapaz de llamar la atención al señor Iglesias, acreditando su parcialidad en el ejercicio de su función, lo cual ya viene siendo una constante desde el mismo inicio de su mandato cuando admitió los burlescos acatamientos de la Constitución pronunciados por separatistas en claro fraude de ley, o cuando ha permitido impasible que en sede parlamentaria se ataque a la Corona.

El pasado miércoles de nuevo se repitió la historia. La diputada de VOX preguntó al vicepresidente de Derechos Sociales sobre si pretendía aprovechar la excepcional situación política para ir imponiendo su agenda hacia un cambio de régimen político y reiterándole su responsabilidad en lo acaecido en las residencias. El señor Iglesias, sin ni siquiera responder tangencialmente a la pregunta, pasó directamente a soltar un discurso demagógico, impropio de ser pronunciado en el Congreso por su bajo nivel intelectual, repitiendo esa muletilla que tan útil le ha resultado para abducir a sus bases constituidas en buena parte por víctimas de la LOGSE y que le han llevado en volandas al cargo que tan vanidosamente ostenta. Un discurso rayano en lo infantil por el que este pícaro de Vallecas intenta vender no es demócrata ni patriota todo aquel que osa discrepar de la verdad dogmática de lo público. Ello le permite otorgar o retirar a su antojo el carné de demócrata. Todo un sarcasmo viniendo de un comunista. ¿Sabrá este revolucionario de pacotilla cómo funciona el sistema sanitario o el de pensiones en los países más avanzados de Europa cuyos ciudadanos gozan del más alto grado de bienestar? ¿Acaso, véanse las tasas de mortalidad, el sistema sanitario alemán organizado en torno a mutuas privadas ha funcionado peor que el nuestro? Pero cómo explicarle esto al señor Iglesias con el nivel de conocimiento económico que atesora si no sabe lo que son las Big Four o cómo se pronuncia PriceWaterhouseCoopers. Pero el azar en la vida a veces cuenta más que el mérito y el esfuerzo.

Pablo Iglesias constituye el ejemplo perfecto del demagogo de libro. Ha mentido, como un bellaco, de forma sistemática a sus propios correligionarios. Dijo que viviría en Vallecas mientras le fuera posible porque le gustaba el contacto diario con la gente del pueblo, y lo primero que ha hecho es trasladarse a un chalet de lujo en una zona noble de Galapagar. Dijo que era una vergüenza que los políticos profesionales ganaran más que la media de los asalariados e impuso un código ético por el que los cargos públicos de Podemos no podrían cobrar un sueldo superior al montante de tres salarios mínimos netos, y ya lo ha suprimido. Dijo que el servicio político no era una profesión de la que vivir e impuso un máximo de ocho años en cargos, y ya ha suprimido dicha limitación. Ha purgado al más puro estilo estaliniano a toda la disidencia interna y ahora trata de comprar fidelidades con el subsidio mínimo vital. Muestra una gran aversión por la monarquía pero actúa como un zar absolutista. En las dos últimas elecciones ha perdido casi la mitad de su representación y ha eludido dimitir y dar cuentas ante el máximo órgano de su partido. En su pacto de gobierno con Sánchez obtuvo cuatro ministerios para su formación, de los cuales este adalid de la democracia se ha quedado con dos, uno para él y otro para su compañera. Y todo ello sin ningún reproche destacable entre sus abducidos feligreses.

Pablo Iglesias, todo un personaje en nuestra alarmante actualidad política. Un siniestro personaje magnificado tras cuyo rostro solo se esconde un vulgar pícaro. Eso sí, con veneno, con mucho veneno.

¡Gobierno dimisión!