Tras la muerte de Franco -tal vez algunos años antes-, intereses espurios se encargaron de dejar en el nido de España el huevo de un buitre. Y ese huevo no lo pusieron en la pertinente buitrera, como sería lo natural, sino en la Carta Magna; ni utilizaron a una hembra del género correspondiente para incubarlo, sino a la paloma mejor cantada por el poeta, a la más cursi y engañosa que disimulara un firme y despiadado propósito: conseguir que aquel germen llegara a fructificar en un organismo de miseria que destruyera a España y a todo lo que su mejor historia representa.

Estos poderes fácticos que nos dejaron aquella oscura semilla, estaban motivados por un largo y arraigado desprecio hacia España, Dios y los hombres. Y ese desprecio los convertía en nuestros enemigos sin nosotros saberlo. Porque en la vida, el único enemigo es el Mal, en sus distintas formas; un mal, por otra parte, necesario para que sus contrarios no cejen en buscar la claridad -el Bien- sacudiendo la indiferencia blanda y dolorosa, la humillante modorra que sumerge a un pueblo en el descreimiento y en el tedio, y lo consume.

Convivir con el mal es inevitable y a lo largo de su existencia el ser humano lo sufre y lo asume. Y la política es un aspecto más de esa existencia atormentada por nuestras contradicciones y nuestros errores. Y si en toda acción hay una dosis de dolor necesaria, porque toda fuerza sólo puede manifestarse si encuentra resistencias, el dolor que causa el mal actúa como estimulante de la vida y fortalece la voluntad de poder.

Lo que quiero decir, siguiendo en esto a Nietzsche, es que quizás los hombres más nocivos sean todavía los más útiles para la conservación de la especie, pues conservan en sí unos instintos sin los que la humanidad se habría ablandado y corrompido hace ya tiempo. El odio, el placer de causar daño, la sed de apoderarse de algo y de dominar y, en general, de todo lo que se llama el Mal, no son más que los elementos de la sorprendente economía de la conservación de la especie.

Como lo que sigue es consecuencia de su comienzo, España y los españoles estamos atravesando una época de dificultad, comprobando dolorosamente en nuestra cotidianidad que la vida es el más ingenioso de los verdugos. Un verdugo neutral -y fatal- que escapa al dominio del mundo de las apariencias, al contrario, por ejemplo, del de la política, en el que todo es engaño. Estamos comprobando, digo, que el huevo del buitre no puede dejar de producir un buitre, por mucho que lo empolle una paloma.

Si es obvio que nosotros somos nuestros propios verdugos, también es evidente que querer suprimir la realidad ocultando la cabeza bajo el ala supone un error, o una enfermedad, o una terapia, cuando no simple hipocresía o autoengaño. Es absurdo que finjamos una buena conciencia o asumamos una blanda indiferencia. Ninguna acción puede ser borrada, ni siquiera abolida por el castigo, ese castigo que ahora estamos padeciendo por nuestra serie de negligencias, cobardías y errores, y que consiste en soportar a unos gobernantes obsesionados en destruir nuestra patria y nuestra propia existencia personal.

Pero el caso es que, llegados aquí, no es posible combatir una posición extrema con una posición moderada, sino con otra igualmente extrema, pero contraria. Y el caso es que la luz viene, sobre todo, cuando se hace necesaria, cuando el ojo se abre para buscarla. En la civilización occidental, tal como la hemos conocido hasta ahora, el concepto de lo moral ha protegido a los hombres libres contra los liberticidas, atribuyéndolos, por el mero hecho de anhelar la libertad, un valor metafísico, cuasinfinito, e integrándolos en una jerarquía opuesta a la del poder perjuro y despótico.

Estos hombres libres, privados ya de su libertad o a punto de que les roben los últimos vestigios de ella, ya no disponen de ninguna razón para resignarse. Por eso, por estar en condiciones de soportar las mayores desgracias viendo las condiciones en que se hallan su patria y sus propios patrimonios y vidas, ya no temen la desgracia. De ahí que estén obligados a sumergir, con todas las consecuencias, su mirada en los escándalos de la realidad nacional, pero sin que el horror les deje helados, y puedan así retoñar y lograr la necesaria regeneración.

Las sucesivas elecciones nos indican que como estamos llegando al punto del no retorno, si no hemos llegado ya, tenemos la obligación de garantizarnos un nuevo porvenir. Y todo lo que garantiza el porvenir tiene necesidad de dolor. «Para que exista la alegría eterna del crear, para que la voluntad de vivir se afirme eternamente, deben existir también los dolores de las parturientas». (Nietzsche)

En todos los órdenes han existido -y supongo que todavía existen- criaturas alborotadas que parecen ser obra de la imaginación de la naturaleza, que se ha valido de ellas para enriquecer el espíritu y los logros de la humanidad, engrandeciéndola. Por sus excepcionales frutos comprendemos que la creación tiene instrumentos poderosos para torcer el signo de las cosas y de los tiempos, entre ellos los seres humanos.

Y que la visión con que dotó a tantos poetas, tantos legisladores y tantos guerreros aristocráticos de los siglos pasados, sujetándolos a menudo -como dice Yeats- con clavos alegóricos a la puerta del establo del sentido común, puede volver a repetirse en estos tiempos de oprobio. No perdamos, pues, la esperanza.

La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza. Sólo la lucha en defensa de los principios y valores la tiene.

El dolor que hoy muchos padecemos contemplando los muros de la patria a punto de derrumbarse, es el signo del error y debemos verlo como una advertencia divina, una imperativa llamada a la rectificación. La única acción posible viene de la energía. Se trata de obras, no de intenciones. Las intenciones están bien para la debilidad. Pero la fuerza exige una obra. El hombre se mide por sus obras.

Si aquel huevo que los demócratas nos presentaron como un santuario, en el que los españoles íbamos a hallar el paraíso, era en realidad una cárcel y una tumba, y si sólo el esfuerzo da sabor a la vida, los españoles libres no podemos ahora borrarnos como una sombra ni envolvernos blandamente en el manto del abatimiento, pues supondría una cobardía y una irresponsabilidad. Asumir los errores del pasado, comprender la propia enfermedad moral ya es curarla a medias.

El papel de los españoles en esta hora consiste en violentar a la fortuna y en construir un nuevo destino, radicalmente opuesto al de los delincuentes frentepopulistas. Hay esperanza. Y si, como parece obvio, no podemos ponerla en las instituciones, sí en nuestro esfuerzo de hombres y mujeres libres. Nuestro deber es hallar una nueva luz para acabar con los autores de las catástrofes y con sus comparsas, a los cuales, como topos de las cloacas y de la oscuridad que son, la luz les mata.