Presentarse hoy como víctimas de atrocidades pretéritas o de simples discriminaciones produce una rentabilidad de la que innumerables minorías quieren sacar provecho.  Los defensores de los herederos de los damnificados de ayer pretenden hoy cobrar suculentas minutas, ya sean políticas o económicas, por asumir su causa. No verán a ninguno de los multimillonarios que apoyan a Black Lives Matter repartir sus fortunas entre esos pobres negritos con los que la sociedad norteamericana tiene tantas deudas, pero si aumentar su cuenta de resultados o su poder.

En el caso de España confluyen dos elementos contrarios a conmemorar el día de la Hispanidad y el descubrimiento de América. Por un lado, el antiespañolismo que se ha instalado en la izquierda, que odia todo lo que suene a patriotismo. Por otro, la ideología woke que acompaña a la agenda globalista y que pretende culpabilizar a Occidente por su pasado histórico hasta hacernos repudiar nuestros modelos culturales, para sustituirlos por una ideología multicultural que reduce a un engrudo superficial y mal mezclado las identidades de los pueblos.

Uno sale espantado de la cantidad de estupideces que escucha en boca de personajes de todo pelaje cuando hablan de la Conquista de América.  Lo habitual es acudir a los tópicos de la Leyenda Negra, falsedades que muy loablemente personas como Iván Vélez, Elvira Roca y otros muchos autores se dedican a desmontar.

Cuando escuchamos a AMLO (Andrés Manuel López Obrador), el presidente de Méjico, exigir disculpas a España o a nuestros ultraizquierdistas decir que no hay nada que celebrar el 12 de octubre, debemos recordar que de lo que se trata es de usar el indigenismo y el victimismo para tapar la ineptitud de unas sociedades incapaces de prosperar y que después de 200 años de independencia buscan disculpas en el pasado para justificar su fracaso actual.

Retrotraerse a la época Azteca para mitificar un pasado de esplendor que los españoles fuimos a truncar es ridículo. Por supuesto que las civilizaciones precolombinas son valiosas y muy interesantes, pero, los hombres del Renacimiento que allí desembarcaron, con lo que se encontraron fue con una sociedad con un desarrollo análogo a la Edad del Bronce en Europa. Cuzco y Tenochtitlan no eran Atenas ni Roma. Allí no se conoció a ningún Platón ni a un Aristóteles, nunca nació un Séneca ni un Ulpiano o un Cicerón. Y mientras en la Controversia de Valladolid nuestros jurisconsultos debatían sobre los derechos de los indios, los sacerdotes aztecas lo único que debatían era sobre cómo conseguir más cautivos y obsidiana más afilada para arrancar corazones con los que tener contentos a sus siniestros dioses.

Es más, habría que recordar a AMLO, que la independencia de Méjico se fraguo en una guerra civil interna, pues España, ocupada por las tropas napoleónicas, bastante tenía con luchar para recobrar la suya propia. Los 200 años que pasaron desde 1821 hasta 2021, son tiempo más suficiente para que Méjico, con los inmensos recursos naturales que posee, se situase al nivel de una California del Sur. Pero la historia mejicana es un deplorable rosario de sangrientas guerras civiles, levantamientos, golpes de estado, de personalismos, caciquismo y caudillismo, de corrupción y despotismo, que tampoco el imperialismo yanqui disculpa, hasta llegar a día de hoy en que es uno de los países más violentos y peligrosos del mundo, un país en el que no existe más ley que la del narco en muchos de sus territorios.

No amigos, los españoles podemos estar muy orgullosos de la Conquista y su labor civilizadora, con sus defectos, que los hubo, con sus abusos que también se produjeron y que también  debemos reconocer, pero si alguien tiene que avergonzarse de su pasado, que el señor Obrador mire por detrás de su hombro.