Suelen serlo ya que contribuyen a recuperar las energías gastadas durante un año, pero hay diversos géneros de provecho y, sin duda, el mejor es el que afecta tu razón de existir.

Nos toca vivir la época más brillante de la técnica, fruto de la inteligencia humana pero, desgraciadamente, el lado malo de este éxito nos conduce a un mundo engañoso: a sentirnos casi dioses. Nuestras vidas, por otra parte,  transcurren en medio del “ruido interrumpido y ensordecedor”…,  somos seres que “se mueven”, que no paran, hasta el punto de que ni siquiera nos enteramos de esa realidad–salvo excepciones--. La consecuencia, es nefasta, al no encontrar tiempo para  “pensar”,  ni la tranquilidad requerida. Y, así,  pasa un año, y otro…, y se nos acaba la vida sin saber para qué nos hizo Dios inteligentes,

Algunos tienen la suerte, en un momento dado,  de sufrir una sacudida que los frena en seco, descubren  el “poco sentido” de su existencia  y ponen los pies en el suelo. Pero no tengo elementos para afirmar si esto es frecuente o más bien excepciones raras. Por eso no olvido dar gracias constantes a Dios de haberme beneficiado del impagable don de unos profesores que siendo jovencito me descubrieron el “sentido de la vida del hombre”,  que arrastra una consecuencia maravillosa: ¡saber disfrutarla!

El Creador,  ha unido ese placer al caminar por la ruta marcada por Él. Y, por el contario, el peor error es  “pasarse de listos” y buscar la felicidad en este mundo, apartándose de la Autopista diseñada por quien hizo todas las cosas y que se resume en tres palabras: “vivir la Fe”.  Esa Fe, cuya semilla recibimos en el Bautismo y luego aprendemos a conocer y vivir con el estudio del Catecismo y del Evangelio.

Por agradecimiento y por obligación de caridad, he procurado con mis  lecciones, charlas y escritos, que  cuantos  me han rodeado, vieran tan claro como yo esas realidad y evitasen el despiste general,   consecuencia del  deslumbramiento que produce el éxito y el ansia de placer. Y como el mejor remedio tener la vista clara es la práctica de los Ejercicios Espirituales, ha sido para mí una obsesión el promocionarlos. ¡Y ahí sigo! (Personalmente, he procurado practicarlos cada año pues no me gusta ser capitán Araña; llevo unas sesenta tandas sobre mis espaldas).

Este escrito --ya lo ven-- es una invitación  a dedicar unos días de vacaciones a  encerrarse en una Casa de Retiro,  a meditar lo que María Santísima inspiró a  Ignacio de Loyola. La vida de hoy nos deja poco tiempo aprovechable para ese menester. Sé por experiencia lo que cuesta organizarse si te propones hacerlos anualmente, pero se consigue cuando se valoran. ¡Hay que verlos como “un tesoro”!, solo así se entiende que nada te impida encontrar el tiempo para aprovechar esa gracia de Dios que no tiene precio. El Evangelio  nos enseña cómo se “trata todo lo relacionado con un tesoro”. En una de la  parábolas que Jesús utilizó para dar criterio a sus Apóstoles.  En pocas palabras narra el hecho de modo magistral:

El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que un hombre encontró y escondió. En su alegría, va y vende todo lo que tiene, y compra ese campo”.

Los Ejercicios ignacianos, en retiro completo y silencia absoluto, lejos de las ocupaciones habituales y de la familia, son la condición para poder oír la voz de Dios en medio de la oración constante y de la meditación, ¡son ese tesoro!  Así lo han reconocido todos los papas desde que fueron aprobados por Paulo III en 1548. Todos ellos han escrito,  presentándolos como el mejor método de santificación y recomendando su práctica.

Entre las señales de estado comatoso de la FE entre los católicos --incluidos los Obispos y el resto de la Jerarquía-- está el hecho de la escasez de tandas de Ejercicios Espirituales. Sobre todo,  si comparamos con lo que ocurría en España  en los años sesenta. Entonces,  todas las Casas de Ejercicios se llenaban cada semana con tandas numerosas, no como ahora (las tres últimas veces que pude hacerlos éramos: cinco ejercitantes, tres y uno…);  cada año, el 12 de octubre,  se celebraba el “Día de los Ejercicios Espirituales” en Barcelona –en Montjuich—y se juntaron “quince mil” ejercitantes… a los que dirigió la palabra don Blas Piñar.

Ahora, todo es “correr” para “reavivar la Fe del Pueblo con métodos alejados de las antiguas “teorías” del alma de todo apostolado”. Nos comen el coco con el gran  don del espíritu “sinodal” y vemos que empiezan por atacar los pilares del sacerdocio: luchar para aprobar el matrimonio de los sacerdotes y la inclusión de las mujeres en el Sacramento de Orden, enmendando la plana a Cristo, que no hizo sacerdotisa a su Madre, ni a la Magdalena, ni a las mujeres “que administraban” el grupo --formado por Jesús y los Apóstoles--. Se cuidaban del día a día,  y hasta los financiaban, pero no formaron nunca parte de los elegidos como “continuadores del Sacerdocio de Jesús”.

Bonita manera de “desbloquear” la Iglesia postconciliar, “paralizada”, atacando a los fundamentos puestos por Cristo y sus Apóstoles, y sustituyendo las “Verdades Reveladas” por las nuevas “Verdades ‘democráticas’ sinodales”.

En fin que cada palo aguante su vela. No me corresponde a mí marcar el rumbo de la Iglesia pero,  como “pasajero” de la Nave de Pedro, tengo derecho a interpretar lo que leo. Sobre todo cuando son burradas manifiestas. Ya el papa Juan Pablo II usando su derecho a “definir ex cathedra”,  dejó cerrado  definitivamente el capítulo de la ordenación sacerdotal de las mujeres,   declarando “como Vicario de Cristo” --y por lo tanto convirtiendo en creencia obligatoria--,  que la Iglesia no puede cambiar lo establecido respecto a la ordenación de los sacerdotes y que las mujeres nunca podrán ser ordenadas. Esa definición “ex cathedra” es por si misma inmutable. Como dicen en mi pueblo, ya pueden decir misa,  los sinodales, pero la ordenación de las mujeres está absolutamente vedada.