Parece que Abascal -y sus asesores- se han percatado de que, en la briega política actual en España, no sólo enfrentamos distintas opciones y propuestas políticas, sino que discutimos la existencia misma del sujeto al que hemos de aplicar estas políticas. Esto es: no qué hacemos con España, sino qué es España; incluso si existe España. Es un debate esencial, no coyuntural o circunstancial. Lo cual nos sitúa en el terreno de la cultura, de la lucha de ideas. Este es el campo de batalla. Lo vieron claro los hombres de Acción Española en los años 30, pero, tradicionalmente, no se ha tenido muy en cuenta en la derecha española.  

Por ello, el discurso de Abascal en Vista 21 resulta sorprendente. Este discurso ha consistido, básicamente, en la defensa de la idea de España, la valoración (¿”apología” suena muy arcaico?) de su trayectoria histórica, de su sustancia cultural, política, religiosa, civilizadora, espiritual (otra palabra arcaica).

La España, por otra parte, que tiene la riqueza de su diversidad de lenguas, costumbres, folklores. La heterogénea pero compacta amalgama de diversos elementos que suman, no restan; unen, no dispersan.

Además, una España que históricamente expande su modelo más allá de sus fronteras; en  un movimiento expansivo que tiene un sentido occidental y cristiano y un modo integrador y universalista. La idea maestra de este proceso largo y complejo -no exento de puntos oscuros, por supuesto- es el concepto, de raíz clásica y cristiana, de dignidad de la persona, por encima de diferencias culturales, sociales, raciales. Un universalismo que comienza en la Edad Media y culmina en el Humanismo renacentista. Porque los Reyes Católicos, Trento, la mal llamada “Contrarreforma”,  tienen más que ver con el Humanismo que lo que normalmente se considera.

Toda esta riqueza cultural posee un nombre de antiguas y  profundas resonancias: Hispanidad. Y un sinfín de enemigos que, desde hace siglos, no descansan. Don Marcelino, junto con otros,  fue quien mejor lo compendió con su  erudición gigantesca y su magnífica retórica.

He creído oír un eco, lejano pero nítido,  del maestro santanderino en el discurso de Abascal que, en el contexto de la política española, tan dada a la  minucia y a la charanga y pandereta, suena, dicho al modo cervantino, “músico y peregrino”. Parecía que en la algarabía mitinesca de aplausos y banderas, iba a surgir, como si oyésemos canto gregoriano en una feria, la voz de don Marcelino:

“España, luz de Trento…”