Estamos viviendo una nueva ola de racismo en Occidente: el racismo anti-blanco. Recuerdo como durante la celebración del nefasto proyecto cultural europeísta que pretende ser Eurovisión, Twitter echó humo durante horas con el peinado de la cantante que representaba a Israel, que se comparó con las bombas que su país lanzó esos días contra el grupo terrorista Hamás, oculto entre la población civil palestina. En esas mismas fechas, los medios de comunicación españoles llevaban días practicando racismo anti-blanco con los habitantes de Ceuta, a los que todavía hoy no se ha dado apenas voz ni prestado un mínimo de atención frente a los marroquíes enviados por su Gobierno para invadir España desarmados, como una infantería de inmigrantes ilegales. Que nadie se engañe: no existen las casualidades en política. Sobre todo a gran escala. Las decisiones relevantes son de diseño, pura Ingeniería Social o, al menos, la confluencia de distintos intereses que chocan entre sí sobre un punto concreto. Los movimientos del mapa geopolítico no ocurren casi nunca por azar, aunque se nos presenten como azarosas coincidencias en la televisión. Por eso el que no se conforma con la versión oficial aparece siempre como un arrogante listillo cuando no es más que alguien que quiere ver los hechos reales en su conjunto.

La demografía en Europa cae en picado. Desde hace años, el plan es sustituir población europea con inmigración, preferiblemente africana. Así lleva ocurriendo durante años y así ocurrirá también con la ola de refugiados afganos en camino. En consecuencia, tendremos una Europa africanizada e irreconocible dentro de su tradición cultural e histórica. La Francia actual, especialmente en algunos barrios, marca el rumbo de lo que serán el resto de países europeos, especialmente en algunas ciudades, en unos años. Con las consecuencias culturales que ello conlleva: la desaparición de una tradición y la sustitución por un fundamentalismo resucitado con fines políticos. Hubo un tiempo en que el término europeo era sinónimo de la denominación cristiano. Mucho más adelante en el tiempo, la Unión Europea surgió de la pugna entre dos proyectos: el de “la Europa de las patrias” de los católicos Charles De Gaulle y Konrad Adenauer; y la “Paneuropa” o los “Estados Unidos de Europa” de los masones Richard Coudenhove-Kalergi y Winston Churchill. Bajo ambos proyectos, sin embargo, subyace la misma ideología derivada del liberalismo, es decir, del relativismo moral que reniega de los “dioses fuertes” (R.R. Reno) del pasado. Y para que ese mismo relativismo se imponga como dogma absoluto, es necesario destruir dos valores previos: el catolicismo y el patriotismo. Para ello, el liberalismo ha colaborado y colabora con el izquierdismo anti-capitalista que le presta, en lo cultural, todos sus recursos para favorecer la imposición de un mundo multicultural; en otras palabras, homogéneo e idéntico. Es sabida la contradicción insalvable que comete todo relativista que, al decir que “todo es relativo”: porque está afirmando una verdad absoluta. Así de hipócritas son nuestros enemigos.

Para ese proyecto de destrucción europea era necesario demoler y fragmentar el Imperio Austrohúngaro, bien cimentado sobre el catolicismo, para imponer, a cambio, la persecución religiosa por medio de la revolución marxista en países de larga tradición católica y de férrea unidad patriótica como Rusia o España. Así se hizo. Mucho antes, la Revolución Francesa, con la persecución religiosa y popular en La Vendée, había hecho lo propio en Francia: el tercer gran representante cultural del catolicismo europeo. Posteriormente, la fragmentación y descomposición de países como Yugoslavia fue necesaria de igual manera y de su fracaso se culpó, naturalmente, a la religión. El nacionalismo, como la idea de Nación, es un término moderno; el patriotismo se encontraba presente en tiempos de Horacio: “Dulce y honorable es morir por la patria” (Dulce et decorum est pro patria mori). Y, así, alimentando los nacionalismos regionales de cada país, usando su deuda económica como arma de extorsión e implementando un plan de reconstrucción tras la debacle de las dos Guerras Mundiales —recordemos que se quiere imponer un “Nuevo Plan Marshall” tras la pandemia de Coronavirus—, se encontró la manera de debilitar a los países de Europa en pos de alimentar a la Unión Europea como proyecto definitivo de Europa. Cuando la realidad es que son dos concepciones enfrentadas del mismo continente. Pero volvamos al racismo anti-blanco. La muerte de los ancianos sin un recambio generacional en países como España depende de dos factores para resultar exitosa: las altas tasas de inmigración —preferiblemente africana, pues los hispanoamericanos comparten nuestra cultura— y un problema demográfico piramidal para pagar el sistema público de servicios y las pensiones, que requiera de una “renta mínima universal” en forma de subvenciones para la subsistencia de una gran capa de la población que genere un ciudadano dependiente económicamente del Estado y, por tanto, incapaz de rebelarse contra él llegado el caso.

Ahora estamos viviendo el odio más antiguo de Occidente bajo su forma más moderna: la fobia anti-judía dirigida contra Israel bajo un manto propagandístico pro-palestino. A cambio, se quiere que el ciudadano empatice con Palestina y la confederación de países musulmanes que nunca han tolerado la convivencia con otras religiones —ese mito de “una Al-Ándalus tolerante” es una patraña histórica—; cuando lo cierto es que Israel es el último baluarte de Occidente frente al fundamentalismo musulmán que pretende establecer una teocracia semejante a la de siglos atrás, reponiendo el califato que proviene directamente del fundador del islam: el profeta y conquistador Mahoma. Y se utilizan medios de exacerbación sentimental que ya resultaron exitosos con la llamada “crisis de los refugiados” —hemos visto a lo largo de los años la inevitable fotografía del niño ahogado en la playa europea, pero no pudimos ver a las víctimas de los atentados en Cataluña de 2017 o lo que ha ocurrido en los Hospitales durante el confinamiento—, para reconducir la compasión y la comprensión de los españoles en la invasión de miles de inmigrantes ilegales en Ceuta: en vez de pensar en el ceutí y los problemas derivados de su situación —en su empleo, en su negocio, en su casa, en su seguridad, en su incertidumbre—, el espectador de nuestros medios de comunicación es manipulado para que piense en el marroquí que ha invadido ilegalmente el espacio español. No debemos olvidar quiénes son nuestros compatriotas, sin olvidar, tampoco, que la compasión —”Hombre soy; nada de lo humano me es ajeno” (Publio Terencio Africano)— universal es un pilar inherente al cristianismo.

Según se reduzca la población europea en las próximas décadas, desaparecerán las tradiciones y costumbres de su cultura; en otras palabras: será el fin del patriotismo —concepto estrechamente ligado a la familia según reza el cuarto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre”—  y de la religión como componentes fundantes de la sociedad. El hueco dejado por esos dos valores pretende ser rellenado con la idea de un “mercado común” y los intereses políticos derivados de la oposición a la Rusia de Putin o a los proyectos alternativos de civilización europea encarnados en Hungría y Polonia: tres patrias que sí esgrimen la religión y la identidad patriótica sin pudor alguno. Lo que, unido a unas nuevas generaciones de consumistas y narcisistas, ignorantes de la historia y de las humanidades, enfermas de un adanismo incurable y dóciles al mega-Estado europeo en construcción, abrirá la posibilidad a una manipulación sin límites del pasado, lo que siempre conduce a una manipulación en el presente y en el futuro. Cientos de años de hegemonía occidental serán calcinados en apenas unas décadas. Con un poco de suerte, quedarán las grandes obras de arte de esa época pretérita para que puedan ser disfrutadas por los turistas asiáticos en sus vacaciones. Lo que Carlos V, en socorro del Imperio Austrohúngaro, supo repeler en la Batalla de Kahlenberg —o “segundo Sitio de Viena”— en 1529 no lo podremos repeler nosotros ahora en una invasión mucho más discreta, pero también más eficaz. O no lo queremos repeler, porque somos unos cobardes y unos miserables que ya no creen en nada que trascienda la existencia de los hombres y por lo que merezca la pena luchar.

El globalismo está venciendo a los patriotas y a los herederos de la cultura cristiana con la facilidad con la que se lleva a un cerdo al matadero. Las opciones populares de rebeldía son calificadas de “populistas”, por ser populares y por representar los intereses inmarcesibles de los distintos pueblos europeos por separado. Cada día resulta más difícil combatir al enemigo, dado el éxito de su proyecto multicultural en la mente de los propios occidentales. Sin embargo, es nuestro deber hacerlo, a pesar de la previsible derrota. Escribió Spengler: “Hemos nacido en este tiempo y debemos recorrer el camino hasta el final. No hay otro. Es nuestro deber permanecer sin esperanza de salvación en el puesto ya perdido. Permanecer como aquel soldado romano cuyo esqueleto se ha encontrado delante de una puerta en Pompeya que murió porque al estallar la erupción del Vesubio nadie se acordó de licenciarlo. Eso es grandeza. Eso es tener raza. Ese honroso final es lo único que no se le puede quitar al hombre”. Y escribió Kavafis: “Honor a aquellos que con sus vidas/ custodian y defienden las Termópilas./ Sin apartarse nunca del deber,/ justos y rectos son sus actos”. Un camino de vida alternativo a aquel que nuestros tecnócratas han diseñado generosamente para nosotros, sus siervos. En Los Orígenes del Totalitarismo, Hannah Arendt escribía: “Los antiguos manipuladores de la lógica eran motivo de preocupación para el filósofo, mientras que los modernos manipuladores de los hechos obstaculizan la tarea del historiador. Porque la misma historia es destruida y su comprensión —que se basa en el hecho de que la hacen los hombres y, por lo tanto, puede ser comprendida por los hombres— se encuentra en peligro siempre que los hechos ya no sean considerados como parte del mundo pasado y del actual y se manipulen para mantener esta o aquella opinión. Si se desechan las opiniones y si ya no se considera indiscutible la tradición, desde luego quedan escasas guías a través del laberinto de los hechos indiferenciados. Sin embargo, tales perplejidades de la historiografía suelen ser de escasa importancia si se consideran las profundas alteraciones de nuestro tiempo y su efecto sobre las estructuras históricas de la humanidad occidental. Su resultado inmediato ha sido exponer todos aquellos componentes de nuestra historia que hasta ahora estaban ocultos a nuestra vista. Esto no significa que lo que se derrumbó en esta crisis (quizás la más profunda en la historia occidental desde la caída del Imperio Romano) fuera una simple fachada, aunque han sido muchas las cosas que se han revelado como fachada y que sólo hace unas décadas considerábamos esencias indestructibles".Unas palabras que siguen siendo actuales.

Una democracia que no se defiende con contundencia y efectividad de sus enemigos internos y de sus enemigos externos no es una democracia, sino una degeneración de la misma. La actuación del Gobierno de Rajoy durante la secesión catalana del 1 de octubre de 2017 y la actuación del Gobierno de Pedro Sánchez durante el aluvión de marroquíes ilegales que han entrado en España desde la última invasión organizada con la connivencia del gobierno de Marruecos deben ponernos en alerta: el Estado español —cuyo actual Gobierno tiene a los etarras de socios en el Congreso de los Diputados—, detentador de la hegemonía de la violencia en España, no protege a sus instituciones democráticas y no protege a sus ciudadanos cuando más lo necesitan. Es la hora de un cambio político ineludible. ¿Y qué decir de la mayoría de medios de comunicación? Críticos con la boca pequeña por el momento, contra su habitual proceder, no tardarán en sumarse a la versión oficial maquinada por el equipo político de Moncloa para engañar a la población y aplacar su más que justificada ira: la de los “pobrecitos inmigrantes ilegales” que hay que acoger porque huyen de un régimen muy malo. Lo mismo que se nos está contando estos días de los afganos en éxodo e incluso de los propios talibanes frente a los “realmente malvados”: los terroristas. Oiga, les diría, que yo soy español, no marroquí ni afgano, y me importan los españoles de Ceuta y Melilla, no los inmigrantes ilegales de otras naciones. Las soluciones, contra lo que se cree en nuestro tiempo, deben ser locales incluso contra problemas globales, suponiendo que lo segundo exista.

Hemos tenido que ver por Twitter como los soldados y policías de la frontera marroquí abrían, meses atrás, la verja del territorio neutral a los inmigrantes ilegales. ¿Va a dejar España impune esta violación de su soberanía? Parece que todos lo hemos olvidado con el paso de los meses. En otros tiempos, con otros valores y, desde luego, otros hombres, esta invasión habría supuesto un acto de guerra. Pero este Gobierno de “pacifistas” del “no a la guerra” continuamente reciclado entiende que la “no-violencia” va de la mano de la democracia y que todo acto violento es anti-democrático. ¿Se puede ser más ignorante? Estos autoproclamados pacifistas, deseosos de reutilizar sus añejas chapas y sus viejos carteles, siempre militan en el bando de Chamberlain: el de los que abogan por entregar Checoslovaquia pensando equivocadamente que así se puede aplacar la ambición de Hitler. La historia siempre se ha encargado de demostrar que una democracia que no se defiende es una democracia acabada: necesitamos a Churchill, que era masón pero sabía combatir, y no a estos ignorantes, pero en situaciones de crisis es cuando más se paga estar en manos de gobernantes incompetentes. De la misma forma, se nos ha ocultado que eran los propios medios de comunicación internacionales, como “Al Jazeera” quienes ocultaban las armas del grupo terrorista “Hamás” que estuvo bombardeando de forma sistemática a la población civil de Tel Aviv— en el edificio donde tenían las oficinas y que Israel destruyó después de avisar con una hora de antelación para que lo desalojaran. Los medios de manipulación españoles y sus periodistas de feria a sueldo del poder, los “tontos útiles” que todos conocemos, han dado rienda suelta a su fobia anti-judía, el odio con mayor duración en la historia de Occidente, bajo su última forma: el odio anti-israelí. Hay que recordar que “Al Jazeera” es un medio que ha apoyado la yihad de forma explícita en más de una ocasión y que por aquellas fechas tituló un artículo de la siguiente forma: “mes de yihad y de victorias”. Esos mismos periodistas o “tontos útiles” no entienden la importancia de la labor de Israel como parapeto de Occidente frente a un enemigo en esencia fundamentalista —desde el propio Mahoma y sus textos sagrados, como demostró Ignacio Gómez de Liaño en Democracia, islam, nacionalismo— y carente de la Ilustración europea, motivo por el cual sigue anclado en la Edad Media en muchos aspectos; ni entienden la complejidad de una historia que dura desde que el 14 de mayo de 1948 varios países contestaran al reconocimiento internacional de Israel como nación por parte de la mayoría de Estados-miembro de la ONU con un bombardeo cruento, como relata en primera persona Amos Oz en Una historia de amor y oscuridad.

Así lo ha escrito Gabriel Albiac: “En el corazón del mar de las teocracias, Israel es una isla de libertad. Admirable. Europa lleva decenios negándose a entenderlo. En este tiempo, que ve la regresión continua de la libertad europea, un país que nació en guerra hace 73 años, y que en guerra sigue, ha logrado perseverar sin abolir jamás libertades ciudadanas. No hay precedente”. En las mismas páginas de ABC, Girauta también escribía: “La conformidad judeófoba es el desfile siniestro de esas masas europeas alfabetizadas, que no practican pero ven la tele, entusiasmadas por la posibilidad de volver a sentir la intemporal inquina al compás de las élites, eso que de forma risible ha dado en llamarse la cultura”. También hemos visto cómo los ceutíes que protestaban contra el Gobierno recibían cargas policiales. En cambio, a los inmigrantes ilegales les hemos visto cómodamente instalados entre mantas, apretones de mano con Pablo Casado y abrazos de los “voluntarios” —en realidad “esclavos” en el sentido etimológico: aquel que trabaja sin una remuneración a cambio— de las ONGs. ¿Lo vamos a permitir los españoles? Cuando un Gobierno no defiende a sus ciudadanos, los ciudadanos deben defenderse ellos solos según sus propios medios, como hicieron los españoles en tiempos de la invasión napoleónica. Porque el valor fundamental de Occidente y de España es la libertad, como evidencian los textos La Escuela de Salamanca o las controversias en torno a los proto-derechos de los indios a la manera de la Junta de Valladolid en 1550.

Javier Torrox conectaba lo acontecido en la frontera de Marruecos con los problemas derivados del régimen del 78: “Si el sistema de elección de diputados deja la formación de una mayoría sólida al azar electoral, la debilidad de los gobiernos resultantes no es una circunstancia coyuntural, sino el designio estructural de la carta del 78 en el caso de no producirse una mayoría absoluta. Que una cámara se atomice en un piélago de grupos parlamentarios no debería suponer ningún problema para el devenir político de una Nación, salvo que esa asamblea legislativa sea la habilitada para elegir al Ejecutivo –algo que Montesquieu describió como la liquidación de la libertad política–. En tal caso, esta fragmentación dará lugar a la elección de sucesivos gobiernos que serán inevitablemente débiles en tanto que sometidos a un chantaje político continuado. Este hecho no sólo tiene repercusiones en la acción política doméstica, sino que implica una flaqueza en el concierto internacional que será aprovechada por todas las potencias a las que apetezca una tajada –mucho ojo a este respecto con el deslealísimo Marruecos y los no mucho más leales aliados de la UE–”. En resumidas cuentas: que la liquidación externa de España no es un hecho aislado de la liquidación interna de España, como queda evidenciado. España se disuelve en una Unión Europea hundida y fracasada que no ayuda a sus miembros con el problema de la ingmigración ilegal, como ya se vio con Italia y se ve ahora con España. El proceso histórico incoado en 1945 para crear una Europa fuerte ha terminado siendo pasto de una lenta pero eficaz invasión musulmana cuyas consecuencias se pueden comprobar en el impacto del terrorismo islamista del siglo XXI en Europa (11 de marzo en Madrid), la toma de auténticas zonas reconvertidas a guettos en algunas de las ciudades europeas más importantes (Molenbeek en Bélgica) y en los disturbios raciales periódicos que vemos repetirse como consecuencia del choque cultural producido con una inmigración que no ha venido a integrarse (5 de noviembre de 2005 en Francia). La demografía de Francia supone el indicio de lo que será la demografía de España en apenas una década.

Europa ha extendido su valor fundante y genuino, la libertad, por otras latitudes como los Estados Unidos de América. Así, cuando en marzo de 1791 el Secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, estableció un impuesto sobre las bebidas alcohólicas para paliar la crisis de deuda que sufría el Gobierno, los ciudadanos de Pensilvania no dudaron en amotinarse por tener que pagar más por su bourbon: tenían claro que si hoy te tocan el whiskey, mañana te pueden quitar a tus hijos. Pero en 2021 parece que si te impiden tomarte una caña por no estar vacunado te tienes que aguantar, y en silencio, no vaya a ser que te conviertas en un peligroso fascista o en un molesto negacionista. Los humildes agricultores de Pensilvania habían luchado por su Independencia en contra de los ingleses y, por lo tanto, valoraban su libertad con conocimiento de causa. Por eso entendieron la subida de impuestos como una injerencia del Estado —de un Estado liberal y de gobierno por representación, cabría añadir—; lo que suponía toda una amenaza sobre esa misma libertad de tan difícil conquista. Por el contrario, los ciudadanos españoles de 2021 han aguantado la imposición del confinamiento y la imposición de la mascarilla, el establecimiento de unas vacunas dudosas y la gestión negligente de unos políticos necios; y sólo cuando les han tocado “las cañas”, algunos de ellos han decidido manifestar su desaprobación en las urnas madrileñas votando a la refractaria Díaz-Ayuso. Que tampoco ha sido salir a incendiar La Moncloa.

El gran poeta T.S. Eliot se preguntaba en unos famosos versos: “¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que perdimos en la información?” Es una pregunta pertinente para nuestros jóvenes, que dicen pertenecer a la generación mejor preparada y que han demostrado su hartazgo emborrachándose en las calles pero que no parecen dispuestos a hacer mucho más para protestar de lo que ya hacían cada fin de semana por costumbre antes de la pandemia. ¿A qué se debe esta docilidad del pueblo, tan contraria a una tradición bien asentada que se levantó contra los romanos, se levantó contra los musulmanes, se levantó contra los franceses y se levantó contra los bolcheviques? ¿Acaso es una cuestión de comodidad? Es sabido que el pájaro nacido en libertad nunca se conformará con quedarse en una jaula y que, antes de eso, morirá en pocos días; pero el pájaro que ha nacido en una jaula no tardará muchos días en morir si se le deja salir en libertad. El mismo Eliot decía en otro poema: “Somos los hombres huecos/ somos los hombres rellenos/ apoyados uno en otro/ la mollera llena de paja. ¡Ay!/ Nuestras voces resecas, cuando susurramos juntos/ son tranquilas y sin significado/ como viento en hierba seca/ o patas de ratas sobre cristal roto/ en la bodega seca de nuestras provisiones”. Quizás se trata de que no queda nada en nuestro interior, ni una sola razón por la que combatir; porque ya nos han vaciado, y marcado como a las reses; porque somos hombres huecos, y carentes de vínculos familiares y sociales; porque nos hemos dejado convertir en hombres rellenos de la paja mental con la que nos adocenan los medios de comunicación en manos de las élites. E incluso vivimos felices con ello, como el pájaro enjaulado.

Afrontemos el hecho: la mayoría de la población está aterrorizada por la pandemia. Todo miedo colectivo pide a gritos medidas contundentes de control. Nuestros conciudadanos se creían “fuera de la historia”, como anunciaron Kójeve, Huntington o Fukuyama, y han despertado en mitad de la noche atravesados por un rayo: el Covid-19. Sus vidas de cómoda seguridad se han visto amenazadas y el giro conservador ha sido el de reafirmarse en una ilusoria seguridad amparada por los organismos internacionales, el Estado y los medios de comunicación que, paradójicamente, han permitido la extensión del virus con su incompetencia o con su mala intención. Esa misma mayoría ha aceptado la versión oficial de sanitarios heroicos y aplausos a las ocho de la tarde; de vacunas salvadoras y medidas coercitivas que buscan el bien común; de impuestos necesarios y sacrificios personales por el bienestar del vecino, pero siempre que se sacrifique mi vecino y no yo. La “versión oficial” es inverosímil: se cae por todos lados y el sentido común popular, ese que siempre ha caracterizado al pueblo —lean a Cervantes si no me creen—, desconfía y sospecha. Toda esa ansiedad, toda esa neurosis, toda esa crispación, todo ese escapismo de la realidad que estamos viviendo en el pan y circo servido para la ocasión, todo el trastorno psíquico que están sufriendo grandes capas de la población se debe al intento por imponer la mentira y su consiguiente rebelión de un subconsciente que alerta del peligro ínsito a dicha opción.

No nos rebelamos porque estamos enfermos, y estamos enfermos porque no estamos dispuestos a rebelarnos. Pensamos que algo así es un anacronismo, cosa de los libros de historia, y que nuestros derechos, esos por los que no hemos tenido que luchar y que, por lo tanto, siempre han estado ahí, se van a quedar incólumes a pesar de los acontecimientos. Lo cierto es que la libertad no funciona así, sino que hay que luchar por ella a diario, de la cuna a la sepultura. Y la libertad es, por supuesto, el derecho a hacer la voluntad de uno sin trabas —incluido tomarse una caña sin tener que estar vacunado— una vez que se ha hecho una labor previa de autoconocimiento. Es decir, que emana del interior de cada hombre hasta exteriorizarse en una comunidad de libertades compartidas e invulnerables. Todo lo contrario del mundo en el que vivimos, donde el miedo atenaza a cada hombre en lo profundo de su corazón hasta formar una tiranía líquida basada en el miedo al cambio constante —e inevitable— de la vida, contra el cual se presenta un mecanismo complejo de control ejercido por mecanismos de poder infinitamente superiores a los hombres tomados de uno en uno. Las rebeliones son peligrosas: suelen conllevar ímprobos sacrificios y no pocos heridos y muertos. Tampoco hay que confundirlas con las revoluciones, que solo sirven para sustituir unas tiranías por otras. No nos engañemos: en 1794 la represión del Estado fue feroz y la sangre del pueblo manó a espuertas; a las rebeliones también se las suele castigar con dureza para evitar que se multipliquen. Sin embargo, en 1801, con la llegada de Jefferson al poder, el impuesto sobre el güisqui fue retirado de forma inmediata. El pueblo se había levantado por el bourbon sabiendo que si empiezan por ahí pueden acabar robándote la casa; solo que entonces será demasiado tarde como para poder evitarlo.

En las rebeliones se muere de pie, pero quienes mueren tienen la certeza de ser hombres libres. En un Estado de servidumbre los esclavos mueren sentados; hoy en día lo hacen en la poltrona del sofá de su piso mientras la serie de Netflix pasa a la siguiente temporada en su teléfono, al tiempo que el mensajero de Amazon o el repartidor de Glovo toca el timbre de la puerta. Parafraseando a Eliot: ¿Dónde está la libertad que perdimos en los derechos? ¿Dónde están los derechos que perdimos en una supuesta seguridad? ¿Dónde está la anhelada seguridad que fue sustituida por una gran mentira? La respuesta sólo puede ser el silencio, la calumnia y el oprobio de unos antepasados que se avergüenzan de nuestra miseria moral. Que nadie se engañe: si los jóvenes no se rebelan, morirán de rodillas. Como Europa, que se inmoló a lo largo del siglo pasado mediante dos guerras mundiales donde las potencias mundiales se destruyeron mutuamente, poniendo fin a un dominio hegemónico de siglos. A partir de entonces se inició lo que Emilio Lamo de Espinosa ha calificado como “post-Europa” y Josep Piqué ha llamado “post-Occidente”: un tiempo dominado por China, Rusia y países emergentes como la India, con unas reglas de juego nuevas. ¿Y qué nos queda, entonces, a los europeos y a los españoles? La resignación de quedar convertidos en el parque temático del mundo y la humillación internacional cada vez que a una dictadura como lo es Marruecos le apetezca que le paguemos con nuestros millones los palacios al tirano de Mohamed VI. ¡Qué lejos quedan Las Navas de Tolosa y Lepanto!