Uno de los sucesos que más conmovieron a los españoles fue la trágica muerte de una criatura, María del Carmen Carretero Gómez, que sólo tenía nueve años, pero representaba catorce, y tuvo la desgracia de apetecerle a un despreciable sátiro, de quien la opinión pública decía que «un ser así no tiene derecho a la vida», frase que pudimos oír repetidamente cuando el fotógrafo Pablo Vázquez y yo llegamos al pueblo onubense de Punta Umbría, cuyo vecindario en su totalidad se mostraba indignado y angustiado, además de temeroso porque «sabían» que andaba suelto un peligroso criminal que la Guardia Civil buscaba afanosamente.

Aquello ocurrió el año 1985 y fue el 24 de octubre cuando a las once de la noche comenzó la alarma, porque a tal hora Mari Carmen no había regresado a su casa, el Hotel Emilio, propiedad de sus padres, sito en la calle Falucho. Familiares amigos, empleados y conocidos se aprestaron a buscarla por todas partes temiendo que hubiera sufrido un accidente.

Fue el padre de la niña quien nos hizo el relato de lo ocurrido durante los nueve días que precedieron al hallazgo del cadáver:

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La buscamos por todo el pueblo y sus contornos, por el campo, por las playas, por la ría; se examinaron todos los pozos y los chalés, hasta algunos cuyos propietarios se desplazaron desde Sevilla, atendiendo a un llamamiento que hizo mi esposa por televisión… Y quiero agradecer públicamente -añadió don José Carretero- la valiosa ayuda que nos ha prestado la Guardia Civil, la Cruz Roja, los bomberos, submarinistas, pescadores, taxistas. A todos les debemos eterno agradecimiento, que muchos no se mataron de milagro, porque iban en sus coches o en sus embarcaciones con la vista desperdigada por todas partes, menos al frente, en su afán de encontrar a mi hija

La buscamos por todo el pueblo y sus contornos, por el campo, por las playas, por la ría; se examinaron todos los pozos y los chalés, hasta algunos cuyos propietarios se desplazaron desde Sevilla, atendiendo a un llamamiento que hizo mi esposa por televisión… Y quiero agradecer públicamente -añadió don José Carretero- la valiosa ayuda que nos ha prestado la Guardia Civil, la Cruz Roja, los bomberos, submarinistas, pescadores, taxistas. A todos les debemos eterno agradecimiento, que muchos no se mataron de milagro, porque iban en sus coches o en sus embarcaciones con la vista desperdigada por todas partes, menos al frente, en su afán de encontrar a mi hija.

También, sin embargo, la familia tenía algunos motivos de queja por ciertas informaciones publicadas sobre algunas cuestiones relativas a la vida íntima, ajenas por completo al triste suceso; por algunas llamadas telefónicas de mala fe, por ejemplo una que vertió esta amenaza: «¡Vais a tener que pagar quince millones de pesetas!», o las que avisaban de que el cadáver de la niña estaba ante la puerta del Ayuntamiento de un pueblo cercano.

El teléfono llego a ser intervenido varios días, ya que tales llamadas daban pie a pensar que pudiera tratarse de un secuestro, ya fuera motivado por deseos de venganza o de interés crematístico, puesto que la familia goza de una buena situación económica, y se confiaba en que alguien llamara para pedir el dinero del rescate.

Doña Carmen Gómez, madre de la niña, había comentado que desde su desaparición recordó el presentimiento que había tenido quince días antes de que le iba a pasar algo malo y le pidió a su hija que no fuera nunca con desconocidos.

-Ella representaba más edad de la que tenía -nos dijo- y cuando la estábamos buscando yo estaba segura de que habría caído en manos de algún maníaco, pero en el fondo tenía la esperanza de que volviera a nosotros viva…

Y el señor Carretero, por su parte, intervino para decir:

-Yo, los primeros días sentí que seguía viva, oí cómo lloraba y me llamaba porque sufría mucho. Pensé que alguno la habría cogido para abusar de ella, pero, claro, era una idea que trataba de rechazar porque me parecía monstruosa… Y es lo que ha ocurrido. ¿Quién habrá sido capaz de cometer este crimen? Yo no le puedo perdonar, ¡no puedo!

Al preguntarle si sospechaba de alguien, respondió:

-Pues sí; pero no puedo acusar a nadie mientras dure la investigación. Creo que debe haber sido alguien que conoce bien nuestras costumbres, todos nuestros movimientos; por ejemplo, debía saber que ese día mi hija no había ido al colegio, yo no estaba en Punta Umbría y había dado permiso al personal de la cafetería que tenemos enfrente del hotel.

Estábamos hablando precisamente en dicha cafetería y nos acompañaba un cuñado de don José, propietario del bar-restaurante La Trama, quien reconocía que se encontraba entre los sospechosos, hasta tal punto que esa misma tarde iba a trasladarse a Huelva para tranquilizar a su madre, ya que ella creía que le «habían metido preso». Se llama José Antonio Real Ron y estaba interesado como el que mas en que fuera capturado el asesino lo antes posible. Entre los dos se iba desgranando la terrible historia, cuya protagonista había sido la infortunada niña que tenía cuerpo de mujer.

Una pequeña casa de la calle San Francisco Javier, que está a unos 20 metros del Hotel Emilio y también propiedad del matrimonio Carretero-Gómez, fue el lugar elegido por el repugnante sujeto para inmolar a su víctima. El actuó con astucia, creyendo que su crimen tardaría muchos meses en ser descubierto, pero no contaba con que podía ocurrir algo imprevisto; y ocurrió. La casa consta de dos plantas, ambas independientes; la planta baja tiene su entrada a pie de calle, con una cancela y un portón interior; a la planta superior se accede por una escalera exterior de terrazo y estaba ocupada por varias empleadas del hotel, mientras que las habitaciones inferiores se destinaban a ser ocupadas por los clientes que en temporada alta no tuvieran cabida en el hotel, que es cuando la población de diez mil habitantes aumenta a más de cien mil.

Me explicaron que en cuanto termina el verano cerraban la planta baja y sólo seguía utilizándose la de encima. Pero al caer la tarde de aquel día 9 de noviembre, que habría de ser determinante para llegar al desenlace del supuesto secuestro de Mari Carmen Carretero, se fundieron los plomos, hubo un apagón y una de las empleadas fue hasta el hotel para pedir que le dieran la llave de la cancela, a fin de accionar el automático que está en el vestíbulo.Nada más entrar notó un olor nauseabundo y regresó al hotel para dar cuenta de ello a los propietarios que, como ella, pensaron que debía tratarse de algún animal muerto.

La empleada volvió a la casa, ya acompañada por un camarero del bar La Traiña, Manolo García, y un primo de la niña, Emilio Delgado Gómez, quienes notaron que el hedor provenía de una habitación cuya puerta estaba cerrada con llave y tuvieron que ir a buscarla al hotel. En cuanto pudieron abrir esa puerta, el aire se hizo irrespirable; a la vista no había nada que justificase ese mal olor. Levantaron una esquina de la colcha de la cama, que llegaba hasta el suelo, y pudieron ver un bulto que parecía «una sandía podrida» rodeada de gusanos.

El joven Emilio no quiso ver más, pero Manolo levantó decidido el colchón, quedándose aterrado al comprobar que se trataba del cadáver de Mari Carmen, la niña que había sido buscada durante tantos días. Naturalmente, los tres salieron de allí despavoridos y la noticia se extendió por el pueblo con la rapidez de la pólvora. Parecía increíble, pues se recordaba que durante la búsqueda se había entrado en esa casa, llamando a voces a la niña, aunque sin abrir puertas y que los perros policía habían pasado por delante sin detectar nada.

Tuvimos que regresar a Madrid y cuando entregué aquel primer reportaje aún no se sabía quién era el autor del crimen, pero parecía indudable que debía ser alguien muy conocido, que estaba al tanto de los usos y costumbres de la familia afectada y, todavía más, alguien que le inspirase confianza a la pequeña, ya que Mari Carmen, de carácter abierto, aunque algo tímida y arisca con los desconocidos, no se iba con cualquiera. Y al decir de su tío José Antonio, «era una niña que sabía defenderse a puñetazos si hacía falta, pues era de complexión atlética y siempre estaba con chicos, ya que tenia mas primos que primas; jugaba al fútbol con ellos y a las canicas, montaba en bicicleta y nadaba como un pez. No le gustaban las muñecas y tenía mucha personalidad».

El cadáver estaba en tan avanzado estado de descomposición que para su levantamiento por orden judicial fue preciso solicitar la cooperación de los bomberos, quienes se vieron obligados a utilizar caretas antigás, y en el suelo de la habitación quedó, como macabro testimonio, una amplia mancha, producto de los humores emanados de los órganos y tejidos en putrefacción. Aún cuatro días después del terrible hallazgo nosotros pudimos percibir el hedor, a pesar de estar las puertas y las ventanas abiertas.

El padre y el tío de Mari Carmen nos habían explicado como se encontraba el cuerpo sin vida:

-Estaba debajo de la cama (camera), boca abajo, con las manos atadas a la espalda y pegada al ángulo que forma la pared, vestida y cubierta con una sábana. A esa cama le faltaba una pata y se le había puesto, para sujetarla, una bovedilla que el criminal desplazó hasta el centro del somier, seguramente para ocultar más el cuerpo, y luego extendió la colcha, haciéndola llegar hasta el suelo.

Ante el detalle de las manos atadas a la espalda, cabe deducir que la infeliz Mari Carmen trató de defenderse de su atacante, pegándole y arañándole, por lo que para dominarla él decidió maniataría. Estaba claro también que la mató porque ella le conocía y le hubiera delatado de haberla dejado con vida. Después de saciarse en ella, la estranguló, se entretuvo en esconderla y salió de la habitación cerrando la puerta con llave… ¿Sería aquella la misma llave que le entregaron a la empleada la noche que descubrieron el cadáver? Y de ser así, ¿la pondría en el lugar debido el mismo criminal?

Preguntas y más preguntas, cuyas respuestas se esperaban con creciente ansiedad. Había dos o tres principales sospechosos; uno de ellos era José Carlos Orla Martín, empleado del bar La Traiña (y lo digo porque él no se ocultaba de decir que había sido interrogado varias veces por la Guardia Civil y hasta de madrugada por varias horas, porque se sabía que estuvo esa tarde jugando a la pelota con la niña, pero decía que cuando se incorporó a su puesto de trabajo había vuelto a verla, que iba caminando, llevando asida por el manillar una bicicleta: «En ese mismo momento oí una voz que procedía de la calle San Francisco Javier -comentó-. Alguien le decía, autoritariamente: ¡Mari armen, deja la bicicleta y ven aquí!».

Se sabía que la pequeña se había encontrado con su primo Francisco Jesús, para devolverle la bicicleta, que era suya, frente al hotel y le dijo que se iba a jugar, según nos dijo también José Carlos Orla, quien añadió: «Recuerdo que unas tres semanas antes oyó decir a alguien esta frase: Antes de que un individuo la viole, la violo yo… Y se refería a Mari Carmen Carretero.»

José Carlos Oria, soltero empedernido por haber sufrido un desengaño, invocaba el castigo de Dios si mentía. En su frente tiene una cicatriz, recuerdo de un accidente de coche por el que perdió la memoria, que recuperó, según nos dijo, después de rezar ante la Virgen del Pilar. Pertenecía a una comunidad cristiana de la localidad y se declaraba profundamente creyente. No rehusaba aquel hombre, entonces marcado por la sospecha, hablar con los periodistas ni dejarse retratar, porque tenía la conciencia tranquila y confiaba en que pronto sería descubierto el verdadero culpable.

En Punta Umbría, a donde tuvimos que viajar tres veces, se palpaba la indignación, la tensión y la impaciencia; sólo se pensaba que de un momento a otro sería detenido el «monstruo» que había cometido el execrable crimen, que sería seguramente quien menos sospechasen. Mientras, en aquella inaguantable espera del vecindario, las investigaciones proseguían sin descanso.

Comprensiblemente, la Guardia Civil y la autoridad judicial tenían que esperar para proceder a la detención del culpable a proveerse de la mayor cantidad de pruebas, siendo las principales aquellas que procedieran de los análisis encomendados al Laboratorio de Medicina Legal de Sevilla y a un gabinete especializado de la Dirección General de la Guardia Civil. Era preciso asegurarse bien antes de hacer una detención, para evitar que a las setenta y dos horas prescritas por la ley, el presunto inculpado tuviera que ser puesto en libertad por falta o fragilidad de pruebas.

Y, eso sí, se suponía que la detención debía hacerse con la máxima discreción, para evitar violentos incidentes, ya que los ánimos de los puntaumbrieños estaban bastante alterados; el día del entierro de la inocente víctima se pudo apreciar bien, así como en la marcha silenciosa que protagonizaron alumnos y profesores de todos los colegios locales, portando ramos de flores para depositarlos ante el nicho en que reposan los restos de la niña sacrificada por un repugnante sátiro.

Cuando ya había transcurrido un mes desde la desaparición de Mari Carmen Carretero, volvimos a ese blanco, simpático y pacífico pueblo onubense que es Punta Umbría y encontramos a la población inquieta por la lentitud con que, a su juicio, se estaban llevando las investigaciones. No se hablaba de otra cosa y la larga espera estaba dando pie a que la fantasía se desbordase.

La gente sentía miedo, porque un asesino andaba suelto y podía ser cualquiera de sus vecinos; las madres acompañaban a sus hijos al colegio e iban a recogerlos a la salida. Una de esas madres, un día se llevó un susto tremendo, según nos comentó un maestro: «Al no ver salir a su hijo de la escuela se puso histérica, gritó desesperada, porque creía que alguien se lo había llevado para hacerle lo que a la niña, cuando lo cierto era que el pequeño se había retrasado en el interior del Centro por algo que requería su atención.»

A toda esta inquietud, a toda la indignación sentida por la muerte atroz de la niña, sucedía el desaliento, la sospecha de que nunca se llegaría al esclarecimiento total de los hechos, porque lo que antes parecía que era, ya no lo era, porque el -caso ya se presentaba como un embrollo difícil de desenredar.

Se sabía que cuando el cadáver, en avanzado estado de descomposición, fue sometido a la diligencia de la autopsia en una pequeña dependencia del cementerio municipal por la doctora Africa Manzano, forense adscrita al juzgado de Instrucción n.º 2, según informó días más tarde el gobernador civil de Huelva, dictaminó que la niña había sido violada y estrangulada.

Aunque ni la Guardia Civil, que llevaba a cabo la investigación, ni el juzgado, ni por supuesto la doctora Manzano rompieron su mutismo, no faltaron las inevitables filtraciones, que luego serían corregidas y aumentadas por la «voz del pueblo».

Así se supo que el cadáver tenía las manos atadas a la espalda, pero también que las tenía atadas por delante; que el cuerpo estaba boca abajo, pero también pudo estar boca arriba.

Así se supo que el cadáver tenía las manos atadas a la espalda, pero también que las tenía atadas por delante; que el cuerpo estaba boca abajo, pero también pudo estar boca arriba.

Desde un principio se tenía la impresión de que pronto sería identificado y detenido el autor de lo que a todas luces parecía un asesinato, que había unos tres hombres sospechosos, que se estaba cerrando el cerco y que «de un momento a otro se daría a conocer el nombre del culpable».

Pero… las cosas se complicaron cuando por disposición judicial, se procedió a la exhumación del cadáver una semana después del entierro, a fin de que lo examinara detenidamente el doctor Luis Frontela, catedrático de Medicina Legal de Sevilla, cuyo prestigio traspasa en varias direcciones nuestras fronteras. ¿Y qué pasó después? Pues pasó que todo lo que se había dicho antes no servía para nada.

Naturalmente no se podía decir que la información hubiera sido facilitada por el doctor Frontela, pero sí se aseguraba que las fuentes se encontraban muy cerca de él y que decían lo siguiente: Las últimas investigaciones realizadas sobre el corrupto cadáver podrían descartar que la niña fuera estrangulada ni violada. Y algo que nos llenó de perplejidad: que el agresor de la niña pudo no desear su muerte. Eso debía hacer suponer que quedaba descartado que hubiera premeditación ni intención de asesinarla, o sea que la niña murió sin la ayuda de nadie.

Se explicaba que el cuello no presentaba ninguna señal de estrangulamiento: «No hay fractura o luxación en la tráquea ni derrame sanguíneo». Tales marcas habrían podido apreciarse en los primeros momentos y hubieran servido para determinar si el cuello había sido presionado con cuerda, alambre o simplemente con las manos. Pero era preciso tener en cuenta que a las tres semanas largas de producirse la muerte, tales señales habrían desaparecido a causa de la putrefacción.

De todas formas, aunque pareciera estar claro que la niña no fue estrangulada, cabía la posibilidad de -que su atacante le causara la muerte por asfixia, detalle que hubiera sido posible advertir mediante un detenido examen de los pulmones y el corazón, de no ser por la acción destructora del tiempo transcurrido…

Bueno, yo no soy forense, claro está, pero de crímenes entiendo «un montón» y sé que la asfixia se puede producir por el simple hecho de aplicar una almohada sobre el rostro de la víctimas apretando la cabeza sobre un colchón y también cubriendo con una mano la nariz y la boca, con toda la fuerza posible, sistema que no deja huellas y que en ocasiones (como ocurrió en el caso de las ancianas asesinadas por un albañil en Santander) inducen a los forenses a dictaminar «fallecimiento por enfisema pulmonar y paro cardíaco». De haber sido así, no podría eximirse de culpa al agresor de Mari Carmen.

En cuanto a la violación, resultó que la niña tenía los pantalones puestos y abrochados y sus genitales sin signos de violencia, pero presentaba señales evidentes de haber sido agredida, como hematomas y magulladuras. Pudo haber sido golpeada brutalmente. ¿Por qué? Seguramente porque se resistió a dejarse desnudar, y esto nos llevaba a pensar que cuando le fueron atadas las manos, ya fuera por delante o por detrás, se debió a que ella se estaba defendiendo con todas sus fuerzas y ese resultó ser el único modo de inmovilizarla y dominarla.

En Punta Umbría no pasaba día sin que se dijera que el «cerco» se estaba cerrando y que todo hacía presumir que sería detenido el autor de lo que ya parecía tratarse de una muerte accidental: en el forcejeo la niña se golpeó y su agresor no se entretuvo en auxiliarla; salió de la casa dejándola con vida, luego regresó, la encontró muerta, pensó sacarla de allí, pero le dio miedo y optó por esconderla debajo de la cama… Después se perdió en la vorágine urbana.

No obstante todo esto, que podía servir para que si llegaba a ser detenido el culpable dijera que él «no tuvo voluntad de matar», se esperaba conocer los resultados de los análisis que se estaban realizando sobre muestras de cabellos, de saliva y de huellas dactilares que se estuvieron recogiendo en el lugar del crimen (¿?) y, durante un par de semanas, a más de treinta personas, entre ellas incluso el padre y la madre de la afortunada Mari Carmen, que hasta de ellos se llegó a sospechar.

Hombres y mujeres (porque también se pensaba que pudiera tratarse de una mujer) fueron requeridos para estampar sus huellas, para que les fueran arrancados pequeños mechones de pelo con la raíz, de la cabeza, de los brazos y de las piernas, para que les fueran medidas sus muñecas y para que cerraran los sobres en que habían sido depositados sus cabellos, a fin de analizar también la saliva, ya que para ello tenían que utilizar la lengua.

Todo esto hacía suponer que en la almohada, las sábanas, en cualquier otra parte, incluso en las uñas de la niña, se habrían encontrado cabellos más o menos cortos, lo que sigue haciendo patente que ella se defendió desesperadamente. Y aún había otro detalle: si quien estaba con la víctima no pretendía violarla, ¿por qué se desnudó? Esta interrogante surgía ante el hecho de que se tomaran muestras de pelos del pecho, de los brazos y de las piernas. Teniendo en cuenta que aquello ocurrió a finales de octubre, lo normal era que esa persona estuviera totalmente vestida, pero no con ropas de verano.

Por fin, cuarenta y un días después de aquel en que cundió la alarma por la desaparición de Mari Carmen, y treinta y dos desde que fuera encontrado el cadáver, Punta Umbría fue sorprendida por la noticia: gracias a la actuación paciente y eficaz de los agentes del Servicio de Información de la Guardia Civil de Huelva había sido detenido el autor del crimen, que resultó ser naturalmente quien menos se esperaba. Se trataba de Juan Carlos Clavijo Jiménez, apodado «Frankenstein», empleado como portero de noche en el hotel de los padres de la víctima, y que había sido trasladado desde la casa de su hermana hasta la Comandancia de Huelva. La gente no podía creer que fuera él quien lo hizo.

Se comentaba que Juan Carlos Clavijo, residente desde hacía cuatro años en el pueblo, siempre se había mostrado amante de los niños, con los que jugaba, repartía caramelos, golosinas, y les dedicaba todo su tiempo libre; ellos se sentían a gusto con él y debido a su elevada estatura, su aspecto robusto y su vigor físico, le llamaban cariñosamente «Frankenstein»

Se comentaba que Juan Carlos Clavijo, residente desde hacía cuatro años en el pueblo, siempre se había mostrado amante de los niños, con los que jugaba, repartía caramelos, golosinas, y les dedicaba todo su tiempo libre; ellos se sentían a gusto con él y debido a su elevada estatura, su aspecto robusto y su vigor físico, le llamaban cariñosamente «Frankenstein».

Su gran pasión era el deporte; pertenecía a una peña del Real Madrid; había sido directivo el año anterior del equipo de fútbol local, habiendo formado varios conjuntos de este deporte y de baloncesto. Ultimamente era también delegado del equipo del Colegio Virgen del Carmen, en el que estudiaba la pequeña Mari Carmen, que habría de ser su víctima y que participaba con entusiasmo en los juegos escolares provinciales.

Por cierto que él no había podido desplazarse con tal equipo a Moguer el 10 de noviembre por prohibición de la Guardia Civil, que al parecer, desde un principio sospechaba de él y le tenía bajo vigilancia.

Debido a tales actividades deportivas, no es de extrañar que contara con las simpatías de niños y jóvenes, principalmente de Mari Carmen Carretero, en cuya familia estaba casi integrado por ocupar durante tres anos el puesto de recepcionista de noche en el hotel que regentaban su madre y su abuela. Mari Carmen, una niña fuerte y sana, desconfiada y arisca por naturaleza, sin embargo tenía fe plena en Juan Carlos, le gustaba jugar con él; eso fue lo que propició su desgracia, ya que no pudo advertir sus malas intenciones cuando con cualquier pretexto la llevó a la casa deshabitada.

El recepcionista de noche tenía veintiocho años, era natural de Paterna de la Rivera (Cádiz), casado y separado de su esposa, que desde hacía tres años vivía con su hija de cuatro en la capital gaditana; es un hombre introvertido, no fuma ni bebe; cuando terminaba de trabajar se iba a dormir a una casa que tenía alquilada en la Cooperativa. La gente le conocía, pero tenía pocos amigos.

Cuando desapareció la niña, él todavía estaba trabajando en el Hotel Emilio y se unió a los que la buscaron durante nueve días, quedándose por las noches en el hotel, ocupando su puesto junto al teléfono, y se comentaba que cuando se tocaba el tema él se mostraba muy ambiguo, decía que «la cosa era muy rara y había que encontrarla». Luego, cuando fue hallado el cadáver, tuvo un gesto involuntario que le hizo sospechoso a la madre: al pasar junto a él, notó que no se atrevía a mirarla a los ojos.

Le quedó a la señora de Carretero esa terrible duda, pero como luego el comportamiento de Juan Carlos fue normal y hasta le vio llorar llevando la caja blanca de su hija, desechó tales pensamientos y como ese mismo día terminaba su contrato de trabajo, porque ya había acabado la temporada de verano, le dijo que podría seguir en el hotel, ofrecimiento que él rehusó. Se fue a su casa y por las tardes, gracias a un amigo, tenía un trabajo en una carpintería metálica.

Durante el tiempo que duró la investigación para encontrar al autor de la muerte de la pequeña, se le oyó decir repetidas veces: «Quiero que esto acabe pronto, pues me están molestando mucho.» Dejó su casa y se fue a la de su hermana, casada con un policía municipal, porque «le daba miedo estar solo». Allí fue donde le detuvo la Guardia Civil, hacia las tres de la tarde del día 4 de diciembre, con la seguridad de que él era el auténtico culpable; las pruebas encontradas en su contra no admitían la menor duda. Pero Clavijo no se encontraba allí y tuvieron que llamarle por teléfono a la carpintería. Acudió al poco rato, sin sospechar lo que iba a ocurrir y se quedó sin aliento al oír esta breve frase: «Tiene que venir con nosotros. Está usted detenido.» En seguida salieron en coche hacia la Comandancia de Huelva.

Se esforzó mucho por negar la evidencia. Su coartada había resultado ser falsa; en la cuerda que ataba las manos de la niña se habían encontrado unos pelos que resultaron ser exactos al abundante vello que cubre su cuerpo; el nudo de esa cuerda, de plástico, era de los que saben hacer los marineros (la cuerda era también de las que se usan para remendar las redes de pesca) y se sabía que entre los varios oficios que él había tenido estaba el de pescador.

Aparte de todo esto, se tenía conocimiento de que la tarde que desapareció Mari Carmen, Clavijo se había quedado solo en el hotel, ya que la madre de la niña se marchó a la peluquería, diciendo que después iría a misa; el padre estaba en Huelva y todas las empleadas, acompañadas por otro empleado, estaban disfrutando de un viaje por Portugal costeado por el señor Carretero como compensación por el trabajo que habían realizado en la temporada veraniega. Sólo había quedado en la casa la abuela, «recogida» en su habitación y él ocupaba en solitario la recepción, pudiendo disponer de las llaves, entre ellas las de la casa vacía. Los hermanos de Mari Carmen habían ido al colegio, pero ella no, y la vio cuando ante la puerta devolvía a su primo la bicicleta que le había prestado. Era su oportunidad… ¿Cuántas veces habría puesto en la niña sus ojos pecadores?

Veintiuna horas pasaron antes de que abrumado por las pruebas acumuladas contra él que le eran presentadas, y acorralado a preguntas, con la conciencia arañándole el corazón, Juan Carlos Clavijero Jiménez, «Frankenstein», se derrotara y confesara de plano. Con su declaración firmada y todas las pruebas que obraban en poder de los agentes del Servicio de Información de la Guardia Civil, el detenido fue puesto a disposición de doña Rosa María Carrasco López, titular del juzgado n.º 2 de los de Instrucción de Huelva, que ordenó su inmediato ingreso en prisión, aunque sin cargo alguno, y declaró «especialmente secreto» el sumario.

Pudimos saber que Clavijo confesó haber asfixiado a la niña con una toalla, porque al defenderse desesperadamente, rechazando sus lascivas caricias, gritó, amenazándole con decírselo a su madre; que luego ató las muñecas de su víctima y la escondió debajo de la cama, lo que no resultaba fácil de creer porque lo lógico hubiera sido atarla antes de matarla, para impedir que ella le pegase y no después, cuando ya, por desgracia, la criatura no podría moverse más.

Ya en la cárcel, el presunto asesino de Mari Carmen ocupó una celda aislada, ya que los demás reclusos adoptaron una actitud hostil hacia él, y sumido en una fuerte depresión, al decir de su abogado defensor, se negó a comer, pasando así más de una semana.

Posteriormente, y para general sorpresa, saltó la noticia de que ocho días después de su detención, Clavijo se había declarado inocente, aunque volvió inmediatamente a la cárcel, en donde continuaba sin querer ingerir alimentos y se negaba a salir de su celda, tal vez por temor a la reacción agresiva de algunos de los demás reclusos. Mientras, su abogado defensor, Eloy Romero Martín, se disponía a pedir su puesta en libertad en cuanto consiguiera nuevos datos sobre las diligencias. No lo consiguió.

En la Audiencia Provincial de Huelva y ante un tribunal compuesto por tres magistrados el procesado fue juzgado el día 20 de noviembre de 1987, asumiendo la defensa don Eloy Romero Martín y la acusación particular don José María de Prada Vicente. El ministerio fiscal calificó los hechos procesales de un delito de abusos deshonestos y otro de asesinato, considerando responsable de los mismos en concepto de autor al procesado, por lo que se le impusieron las penas de veintiséis años, ocho meses y un día de reclusión mayor por el delito de asesinato y un año de prisión menor por el de abusos deshonestos, más una indemnización de cinco millones de pesetas a los padres de la víctima y la prohibición de volver a Punta Umbría durante el tiempo de las condenas.

La acusación particular calificó los hechos de un delito de violación y otro de asesinato, con las concurrencias agravantes de premeditación, astucia y abuso de confianza, solicitando la imposición al procesado de las penas de treinta años de reclusión mayor por el asesinato y veinte años de reclusión menor por el de violación, así como una indemnización de cien millones de pesetas

La acusación particular calificó los hechos de un delito de violación y otro de asesinato, con las concurrencias agravantes de premeditación, astucia y abuso de confianza, solicitando la imposición al procesado de las penas de treinta años de reclusión mayor por el asesinato y veinte años de reclusión menor por el de violación, así como una indemnización de cien millones de pesetas.

Naturalmente, la defensa se mostró disconforme con tales conclusiones y solicitó la libre absolución de su patrocinado, por entender que no cabía calificar como delictivos los actos de su representado.

Según el relato de los hechos probados que figura en la sentencia número 220, emitida por el tribunal, aquella tarde del 24 de octubre de 1985, tras despedirse de un amigo que le llevó en su coche, se quedó en un bar casi una hora y media, y hacia las cinco caminó hasta la plazoleta contigua al Hotel Emilio, del que era recepcionista de noche, empleo que estaba a punto de dejar, porque tanto la propietaria como su hija estaban descontentas por su falta de puntualidad al trabajo y su descuido y desaliño personal.

En dicha plazoleta encontró montando en bicicleta a Mari Carmen, la niña de nueve años, hija y nieta de las dueñas del hotel, que era de «carácter vivo y arisco, desconfiada y poco dócil con los desconocidos», pero que «con él solía jugar con frecuencia», y «hacia la que sentía cierta atracción sexual» el procesado, «hombre de temperamento frío y carácter introvertido y misógino, separado de su mujer y poco dado a alternar y sostener relaciones con otras mujeres».

Al verla, Juan Carlos Clavijo, «actuando a impulsos de libidinosos deseos, concibió la idea de abusar de ella, para lo cual, prevaleciéndose de la confianza que con él tenía y tras de recoger de la recepción del hotel las llaves de la habitación y de la puerta de acceso a la planta baja del edificio muy próximo al mismo» (ocupada sólo en la época estival), en cuya planta superior pernoctaban las camareras, ausentes ese día de excursión en Portugal, «a la que él no había querido ir, llamó la atención de la niña y le dijo: Mari Carmen, vente conmigo a la casa que te voy a enseñar una cosa.»

De esta forma consiguió despertar la curiosidad de la pequeña, que accedió a entrar con él en dicha casa y en la habitación con tres camas, en una de las cuales se sentó junto a ella, palpándole y tocándola con manifiesto ánimo lúbrico y lascivo los brazos y el cuerpo a través de la camisa y el pantalón que vestía, consiguiendo tumbarla sobre la cama y cubrirla con su propio cuerpo «sin que resulte probado su propósito de yacer con ella» -se lee en la sentencia, que prosigue-: Advertida María del Carmen de la evidente intención de su agresor y la opresión de que le hacía objeto, alarmada, comenzó a gritar en violento forcejeo con él, tratando de zafarse del mismo y diciendo: «Que me voy, déjame, que se lo digo a mi madre.»

Ese fue el momento en que Juan Carlos Clavijo se alarmó, temiendo que los gritos de la niña pudieran ser oídos por los vecinos de la calle y que luego ella le delatara a su familia, por ello «decidió evitarlo a cualquier precio. Con la mano izquierda taponó con fuerza la boca y la nariz de su víctima, impidiéndola respirar, en tanto que con la derecha le sujetaba las manos, mientras seguía aprisionándola bajo el peso de su cuerpo hasta conseguir inmovilizarla, posición en la que se mantuvo durante tres minutos, tiempo durante el cual, le provocó, a través de sucesivas etapas de latencia, disneas respiratorias y expiratorias y consiguientes convulsiones, la pérdida del conocimiento, ulterior anoxia cerebral y muerte por asfixia y sofocación».

Al cerciorarse de que la niña estaba muerta, ató las manos sobre el pecho, a la altura de las muñecas, con un cordel (que se ignora de dónde sacó), y colocó el cadáver bajo la cama, cuya colcha alisó y extendió de forma que no se viese desde ningún ángulo de la habitación, ausentándose en seguida, tras cerrar las puertas de la alcoba y de la casa con las llaves que había llevado y que volvió a dejar en la recepción del hotel (aunque la madre de la niña niega que lo hiciera), en el que permaneció después viendo la televisión, hasta que advertida por doña Carmen la ausencia de su hija a la hora de cenar y no localizada en los lugares que acostumbraba a frecuentar, fue denunciada su desaparición a la Guardia Civil que, con la colaboración del vecindario, inició la búsqueda de la niña (en la que también participó el criminal) que habría de durar ocho días.

Tras una larga serie de considerandos, basados en los fundamentos de derecho, el tribunal estima que los hechos «son constitutivos de un delito de abusos deshonestos y otro de homicidio», exponiendo diversos considerandos, tales como sus dos primeras declaraciones no contradictorias, sino complementarlas, confesándose el procesado autor del crimen, para rectificarlas y negarlas después sin motivo alguno; las pruebas de cargo llevadas al proceso, a través de dictámenes periciales (cabellos del acusado en la colcha de la cama y la fibra textil de su camisa hallada en las ligaduras que maniataban a la niña) según las cuales cabe asegurar, con escaso porcentaje de error, la presencia de Juan Carlos Clavijo junto a ella cuando fue muerta; su falsa coartada, al no poder explicar lo que había hecho entre las 5.15 y las 7.30 de aquella tarde, desvirtuada por sus propios amigos, etc., etc.

En la sentencia no se estimaban las agravantes de premeditación, alevosía, abuso de confianza y superioridad física alegadas por el ministerio fiscal y el acusador particular, y se explica ampliamente en qué se basa tal consideración. En consecuencia, el fallo del tribunal fue: «Condenar a Juan Carlos Clavijo a las penas de dieciséis años de reclusión menor por el delito de homicidio y a la de un año de prisión menor por los abusos deshonestos, con las accesorias correspondientes.» En concepto de indemnización, se le condenó a abonar a los padres de la víctima diez millones de pesetas (aunque fue declarado insolvente) y al pago de las costas, imponiéndole la prohibición de volver a Punta Umbría, mientras no tenga cumplidas las penas impuestas.

Como la sentencia pareció insuficiente a los padres de la víctima y sorprendió a todo el vecindario, que esperaba mayor dureza del tribunal, ya que por cuanto se había dicho y oído durante el juicio se daba por supuesto que el delito sería calificado de asesinato, dado que tal como eran presentados los hechos resultaba evidente que el criminal había actuado con premeditación, abuso de confianza, alevosía y abuso de superioridad, agravantes en que se basa toda acusación de asesinato, se estimó preciso presentar un recurso…

Pero el resultado de tal recurso también fue sorprendente y hasta decepcionante, tanto que los padres de la víctima no quisieron apelar, con un nuevo recurso, al Tribunal Supremo. ¿Para qué? ¡Si con el primero sólo habían conseguido que se le impusieran cuatro años más de condena! Sintieron que se debilitaba su fe en la justicia.

Recientemente he hablado con doña Carmen Gómez de Carretero, cuyo dolor por la muerte de su hija, tan vilmente asesinada, sigue y seguirá vivo para siempre. La oí comentar:

-Yo sé que el que mató a mi niña saldrá pronto de la cárcel; ya está redimiendo pena y, además, puede salir los fines de semana… ¡Y aún no hace cinco años!

Tengo que decirlo: ¡Qué poco vale la vida! Es lo único que nunca sube de precio; siempre está a la baja.