Esta semana es clave para la confección de las estrategias de unos y otros –me niego a utilizar el lenguaje inclusivo- cara al diseño de los Porsupuestos Generales del Estado. Por el palacio de La Moncloa pasarán los principales diseñadores de la moda política española con todo tipo de propuestas de temporada. El miércoles acudieron a presentar su catálogo el Partido Popular y Ciudadanos, con sus creadores, Pablo Casado e Inés Arrimadas. El jueves acuden los modistos de la anti España, Esteban, tan espontáneo y nacionalista y, Gabriel Rufián, exponente de tendencias independentistas, siempre lenguaraces y grandilocuentes. En días sucesivos, los sastres de otros talleres de las nuevas creaciones  se dejarán ver con sus catálogos de vestimentas. Entre todos, con firmes convicciones de diálogo y altura de miras, elaborarán el boceto del traje que a España se hará. A mí, que me atrae el buen gusto y las esencias de la elegancia clásica, me espantan las declaraciones estéticas defendidas. Más que un austero vestido, sin exceso de pedrería y abalorios, complementos innecesarios y adornos trasnochados, se me antoja que el resultado será un disfraz de mal gusto. Algunos no se han dado cuenta que todavía no son tiempos de carnavales, que el rigor del otoños y los fríos invernales que se avecinan exige abrigo y ropa de lluvia, no de chancletas , ni ropitas descocadas.

El jefe de taller de Moncloa, Pablo Iglesias Turrión, no me parece que sea referente de nada, que su tijera caribeña venezolana, no es lo que los tiempos que se avecinan requieran y necesiten. Iván Redondo Bacaicoa, jefe del Gabinete de la Presidencia de Pedro Sánchez, verdadero maestro de escena y community manager de palacio, de manera cuidadosa y minuciosa, es el director de orquesta de la pasarela que se celebra. Con habilidad y éxito mediático, consigue maquillar y sacar el mejor partido a las fotos e instantáneas que dan publicidad al evento. Sutilmente embellece tanta fealdad exhibida en estos días.

Haciendo honor a la verdad, y tampoco queriendo escucharla, Vox es la marca de referencia en el mercado electoral de la derecha, el único que no se ha prestado al sainete. Santiago Abascal es consciente de que España no está para perder el tiempo en montajes de operas bufas. Con un 15,09 de los sufragios emitidos en las pasadas Elecciones Generales, celebradas en noviembre de 2019, con 52 escaños en el Congreso, que se traducen en 3.640. 063 apoyos, es la tercera fuerza política. Muy por delante de los discretos resultados de otros compañeros de hemiciclo. En conclusión, siendo muy consciente de los gustos de sus votantes, no se presta a traicionar su estilo, su forma particular de entender el diseño político y, sin declaraciones, ni frases imaginativas, mantiene sus estrategias de mercado. Me parece honesto, sensato, coherente y leal a sus principios.

Los Porsupuestos Generales del Estado, ya se han negociado en la trastienda desde hace meses, el pescado está vendido y poco hay que negociar. Podemos, con su servil y bien pagado apoyo, supervisa la evolución de los devaneos y carantoñas presidenciales. De momento, no le gusta el color naranja que está escogiendo Sánchez.

No entiendo muy bien a Inés Arrimadas García, joven diseñadora que dio el salto desde Cataluña a Madrid, cuando su buen hacer en aquellos feudos independentistas gozó del reconocimiento y favor entusiasta de miles de catalanes aburridos por el mal gusto imperante. Se equivocó, cerró la tienda y llegó a la capital a la espera de consagrarse en la pasarela. Ha fracasado en su empeño y su marca, Ciudadanos, arroja cifras rojas en los mercados y caladeros electorales. Los mejores, o al menos los más afamados compañeros de empeños se marcharon. Así lo reconoció el público, y así se precipitó la caída de ventas. A pocos les gusta la metamorfosis y la transformación de sus gamas cromáticas. Ayer azulado, hoy enrojecido, mañana Dios dirá. Uno no  sabe que ponerse, un abrigo en verano, o un bañador en invierno. Sus intentos por mantener el chiringuito abierto parecen estériles, poco propicios a un crecimiento en el volumen de potenciales clientes. Sus gustos han cambiado, y tiene derecho a hacerlo, pero convertirse en el aprendiz de Sánchez no parece ser la mejor referencia que pueda presentar en su curriculum político. No encuentra un segmento al que dirigirse, ni un espacio en el que encontrarse cómoda. La competencia en sus terrenos es feroz, de un lado, la invasión popular que huye la derecha prepara el asalto, de otro la pinza socialista pellizca por la izquierda. Feos presagios para una marca que ha dejado de ofrecer la frescura y la alegría inicial, para posicionarse en el nimbo de la ambigüedad y la nada. Menudo Purgatorio les queda a los creadores anaranjados.

La estética y el diseño de la izquierda, de los independentistas, batasunos y demás modistillos regionalistas, me parecen horribles. La amalgama de mal gusto que representan es visible. El estilo mayo del 68, la propuesta aldeana, el look de fábricas decimonónico, las guayaberas caribeñas, lo hippie y las trenzas rastafaris son de pésimo gusto. En Europa sorprenden por lo arcaico y rupestre de su visión, carente de todo glamour y elegancia. Nada es adecuado, ni para el momento, ni para el coste de fabricación, ni para la confianza y, menos aún, por la ínfima calidad de los materiales empleados y los modistos creadores. El cierre de tiendas, talleres de costura y confección, la imposibilidad de venta y distribución, los despidos y, en consecuencia, las colas del paro y las colas del hambre serán el mezquino resultado de su incompetencia e incapacidad de entender los signos de nuestro tiempo. Lo malo es que el coste de sus dispendios y frivolidades seremos condenados el resto de los españoles.

Pedro Sánchez ha montado el espectáculo, ha situado a cada diseñador donde le ha dado la gana, como hizo con los empresarios y banqueros del IBEX. Ha utilizado de figurantes a todos, con descaro y desverguenza. Las cuentas ya le salían antes de tanta opera bufa, pero necesitaba la manipulación de la opinión pública desde el lenguaje no verbal de la foto. Su pretensión es clara, presentarse como un gran jefe de estado, dispuesto al monólogo unilateral, y como salvador mesiánico de una España a la que rescatar. También, como zorro de ladera consumado que es, con gestos bien aprendidos ante el espejo de su propia vanidad, practica el postureo para hacer creer a nuestros fiadores comunitarios europeos, que somos respetables y que nuestra moda española es de calidad. Europa le exige un rigor contable, le aconseja control y moderación, sin excentricidades, y un plan de reformas de amplísimo calado. Nadie da duros a cuatro pesetas, o euros a cambio de monedas de cobre. La respuesta dada desde Moncloa es la de la producción de obras de teatro, pasarelas de moda, cafés al amanecer y atardecer, festivales de recortes taurinos,  y unos Porsupuestos Generales del Estado a la carta de los chicos de la periferia económica e ideológica.