Si el poder socialcomunista ha llegado hasta aquí, y se sostiene y se afianza cada día más, es porque cuenta con los suficientes factores de apuntalamiento. Estos soportes son muchos y de diversa entidad. Si bien nada es eterno, el caso es que en el presente los neofrentepopulistas imponen su programa porque mientras iban inoculando sus doctrinas en todos los ámbitos de la vida cotidiana, se empeñaban de modo paralelo en tejer una firme estructura de apoyo institucional.

Ante el enorme cúmulo de agravios recibidos de sus gobernantes durante todos estos años, no pocos españoles aún se siguen preguntando asombrados cómo es posible que -después de tanta trampa, tanta desfachatez, tanto abuso y desprecio, tanta ineptitud administrativa- los pendencieros permanezcan inamovibles en el machito, es decir, qué factores o qué mecanismos son los que en definitiva les permiten mantenerse entronizados. O dicho de otra manera, en qué se basa su capacidad de supervivencia, pese a arrastrar tantas taras éticas y de gestión.

Si bien es cierto que, por causa de su misma naturaleza, todo poder obtiene acatamiento, en España el poder político cuenta con la rareza de que la sumisión, esa aceptación borreguil que hoy contemplamos, sólo se da en los casos en que gobiernan las izquierdas resentidas. Una coyuntura como la que ahora padecemos hubiera sido impensable gobernando las derechas, pues los agitadores bolcheviques de turno habrían desvirtuado la situación y dirigido el agua del pensamiento ciudadano hacia su propio molino, como han venido haciendo a lo largo de la historia y lo ejemplifican numerosos casos durante la nefasta Transición.

En similar circunstancia, España entera sería un incendio y las hordas activistas estarían ocupando las calles, ignorando intencionadamente el estado de alarma, desacatando normas y leyes, destruyendo, quemando y exigiendo las cabezas -tal vez no sólo políticamente- de sus promulgadores. En España es sabido que los frentepopulistas tienen bula, como suele decirse. Sus desmanes y desafueros, acogidos permanentemente a la famosa «ley del embudo», acaban siempre en la impunidad más absoluta y descorazonadora. ¿Por qué esto es así?

En una verdadera democracia no debería darse esta atmósfera de sometimiento y de arbitrariedad, porque los políticos actuarían como meros gestores del patrimonio nacional, sin veleidades ideológicas que imponer a sus administrados, ni espurios afanes de poder. En una verdadera democracia se trataría de hacer posible la avenencia del bien público con el interés privado, siendo para ello imprescindible unas cuantas formalidades o condiciones basadas en un irrecusable código de principios.

Por ejemplo, habría que partir del encomiable postulado de que todo ciudadano ha de estar dispuesto a servir a la patria, porque el respeto de la vida privada se demuestra en la disposición a renunciar a ella a favor del común; pero, del mismo modo, todo gobernante debe estar dispuesto a renunciar a sus cargos públicos, dimitiendo o dejando paso libre a otros más idóneos, porque el respeto de la vida pública también se demuestra en la capacidad para abandonarla, regresando sin menoscabo a la actividad privada.

Pero este modo de entender la política, es decir, la democracia, no lo practican nunca las ideologías totalitarias; por eso, si la fuerza del poder político extiende hoy sus redes por nuestros ámbitos sociales, bien en forma de intereses creados, o bien de subliminales temores a perder la estabilidad social, es porque los políticos socialcomunistas esconden, tras el disfraz dialogante y demócrata, unas manos manchadas de rencor y de sangre y un aliento inhumano, de bestias insaciables en su malevolencia. Un matonismo chantajista y criminal que a la mayoría sobrecoge.

Cédulas marxistas, lóbis, oenegés, contingentes clientelares, vagos subsidiados, vividores de la situación, resentidos, seudoparados, más los inevitables y abundantísimos timoratos -trabajadores o pensionistas-, constituyen un entramado de indiscutible influencia a la hora de apoyar al frentepopulismo. Estos grupos, nefastos para cualquier convivencia en paz y progreso, que apoyan al poder despótico por fanatismo o por seguridad, es decir, por convicciones inmorales o porque “no quieren líos”, ofrecen a los destructores el mando suficiente para seguir manteniendo su posición política, social y económica en el momento actual.

Mas, para ir entendiéndonos, lo que ésto ha de dejar claro es que en cualquier nación dirigida por figuras como las que cuestionamos, no puede hablarse ecuánimemente ni de libertad, ni de democracia, ni de progreso -trampas dialécticas todas ellas con las que su cansina propaganda nos taladra-, sino que lo que ellos representan es un Estado de desgobierno, constituido por un bloque dominante, regido por opresores ególatras y corruptos, y sustentado en la intolerancia, el adoctrinamiento y en un multifacético pesebrismo.

Pero esta absoluta indecencia, esta aberrante construcción ideológica, nacida del más ruin falseamiento de la realidad, es decir, de la más abyecta mistificación del ser humano y de la naturaleza, y manipulada gracias al miedo y al chantaje, se ha instalado en nuestra patria. Y ello se debe a que tanto el ideal ilustrado de progreso indefinido, como el señuelo utilitarista de la máxima felicidad para el mayor número, que aunque aparentando ser contrarios a la mediocridad la han subrayado, han conseguido armonizarse en una moderna y seductora imagen por mor de la vigente doctrina del Nuevo Orden Mundial.

Por todo ello, porque se hallan frente a una organización poderosa y temible -dadas su capacidad financiera y su intrínseca naturaleza satánica-, los españoles de espíritu libre tienen ante sí, en estos tiempos conflictivos y confusos, un atrayente reto. Es obvio que no pueden contar con la plebe, esa tercera parte de la ciudadanía irrecuperable y de la que, por higiene mental y moral han de distanciarse socialmente, pero sí con el pueblo llano, a quien los intelectuales y medios independientes deberían dirigirse pedagógicamente con el fin de contrarrestar el agitprop de los hispanófobos y desvelar su verdadero rostro.

En la medida de sus fuerzas, todos los hombres y mujeres de bien deberían empeñarse en erradicar esta peste que trata de asfixiarles, hasta lograr el encarcelamiento de sus componentes y abolir de modo definitivo sus doctrinas tóxicas. Es imperativa la unificación de todos ellos, representados por un Gobierno civil de sabios, con el fin de crear un ideario regenerador que desmonte el pensamiento políticamente correcto. Originar un cuerpo doctrinal activo capaz de extirpar el neofrentepopulismo sociológico, todo ese canon de consignas totalitarias incardinado en la ciudadanía y adornado con la falsa apariencia de la democracia y de la prosperidad.

Un vigoroso movimiento cívico que recupere las esencias y complemente a la cuña parlamentaria representada por VOX, partido éste, por cierto, que en la actual crisis, al menos en sus comienzos, no ha mostrado la conveniente altura. Porque -dejando al margen decisiones técnicas y organizativas- ha carecido de clarividencia a la hora del camino a elegir, posponiendo el fuero al huevo. No hay futuro digno para quien no esté convencido de que la libertad es más preciada que el oro, y de que la vida sin ella nada vale; porque aquel que angustiado por el miedo vende su libertad, compra un amo que le tendrá en permanente cautiverio.

Y algunos sentimos que VOX no haya sabido ver -tal vez por mezquinas especulaciones políticas- que es precisamente eso lo que le ocurre al pueblo español, el cual culpable de su miedo y de su desprecio por la libertad está cumpliendo en estos días la justa penitencia -la lógica prisión- de sus errores y vicios pretéritos. VOX no ha tenido claro, al menos en los inicios de esta crisis, que la libertad es innegociable, y que el miedo que el pueblo siente por los matachines hay que traspasárselo a éstos.