Rocío Monasterio ha ido construyendo poco a poco su figura política, hasta los últimos días no parecía haber consolidado una imagen independiente o al menos lo suficiente atractiva para atraer a todos los conservadores. Para mi gusto su mensaje era demasiado simple, pero con su perseverancia  ha demostrado que para vencer al enemigo pueden utilizarse sus mismas tácticas, y que eso de hacerse igual de peligroso que el oponente o más, es adagio valido en todo tiempo y lugar. Sin duda la cubana está hecha de  pasta  española y a la que salta un progre tiene capa y espada para rato.

 

Lo que los brigadistas del periodismo y la política no pueden soportar es que venga una tipa y les plante cara a su estilo, jugando a su juego y sin remilgos de timorato liberal. El PP los ha tenido demasiado tiempo acostumbrados a la superioridad moral, a que la derecha se humille bajo sus postulados revolucionarios, su matonismo, su racismo ideológico y su monopolio educativo. Esa derecha puede seguir arrastrándose mientras se la pisotea – como los de Ciudadanos en el orgullo – y dando las gracias porque les perdonen la vida: tanto el PP como Ciudadanos nos han demostrado que para ser liberal en España hay que dejarse escupir; luego Edmundo nos da discursos sobre la paz en el mundo con estilo de homilía bergoliana, pero ¡no!, querido Edmundo, la paz no consiste en plegarse a los deseos de los totalitarios como hizo Ciudadanos aceptando la estrategia de las mociones que le ha conducido a su desaparición, las paz social se consigue con ley y con orden. Los liberales y social demócratas pueden seguir tapándose los ojos es sus palacios de cristal, pero eso no va a hacer que los totalitarios desaparezcan.

 

Rocío Monasterios ha devuelto la dignidad a muchos españoles, pero lo más importante es que junto con sus compañeros ha recuperado la voluntad de lucha política de una derecha que se veía derrotada por sus enemigos, esos que dicen sin pudor que los conservadores no tenemos derecho a existir, a expresarnos, a la vida civil y pública, esos que nos desean la ruina y la enfermedad, que lazan a turbas de indeseables al ataque de niños y ancianas tildándolos de genocidas; porque sí, cuando un comunicador o político llama fascista o neo-nazi a un conservador lo que está haciendo es acusarlo de enaltecer delitos de lesa humanidad – y deberían pensar Vox si presentar querellas por calumnias e injurias cada vez que se les tilda de tales afinidades políticas– y es que estás expresiones con independencia de su verdadero sentido se utilizan para acusar con impunidad a personas que sostienen ideas razonables, y lo poro es que tales acusaciones son proferidas por quienes se dicen herederos los regímenes que han cometido la mayoría de estos delitos internacionales en la historia reciente. Es la propaganda revolucionaria plenamente desenvuelta.

 

Pero Rocío ha dicho que ya basta, que es la hora de caminar con la cabeza bien alta, que no hay ningún problema real en debatir sobre los asuntos que en nuestra época son la tendencia, pero lo más importante es que hadado un golpe sobre la mesa y ha dicho que la historia no está escrita, lo que supone a fin de cuentas descargar la tormenta sobre la izquierda que se creía dueña y señora de la opinión pública. Por mi parte creo que la entereza de Rocío, en esta batalla de Rocío contra todos, bien le valen los votos que el pueblo madrileño vaya a darle. No obstante ella ya ha ganado un batalla importante que el PP jamás podrá ganar: la batalla moral, y por eso la votarán quienes son tan valientes como ella, esos que ante esa izquierda fanfarrona dicen: ¡hasta aquí hemos llegado, ni un insulto más! Rocío es una de esas mujeres que tanto necesita España.