El hecho, incuestionable, de habernos convertido en un país débil, de muy segundo orden, de haber perdido nuestra soberanía como nación, repercute en nuestros intereses a nivel internacional más allá de una mera apreciación derrotista.

Hemos visto esa foto vergonzosa en la que el presidente del desgobierno va a postrarse a los pies del Rey de Marruecos para impetrar su magnánimo perdón y, de paso, tras entregarle el Sahara, suplicarle que deje de ser el cómplice necesario en esas reiteradas invasiones de inmigrantes que, para llegar a las vallas de Ceuta o de Melilla, antes tienen que cruzar todo el territorio marroquí sin que nadie les ponga impedimento alguno y que nosotros no nos atrevemos a frenar como es debido.

No deberíamos olvidar los españoles, ahora que hablamos del Sahara, como lo ocuparon los marroquíes por medio de aquella pantomima que conocimos como la “marcha verde” y que no dejó de ser una invasión en toda regla aprovechando un momento de debilidad de España. Que nadie olvide, y así lo demuestra la historia, que, para frenar al moro, no queda otra que enseñarle los dientes y no postrarnos a sus pies.

Pero lamentablemente, no solo nos considera débil el moro, ya tuvimos ocasión de ver resplandecer nuestro “gran peso específico” y nuestro “prestigio” cuando nuestros socios comunitarios nos negaron, de forma reiterada -Bélgica, Holanda e Italia- a conceder la extradición de un golpista como es ese siniestro tipejo, Puigdemont, que vive, a cuerpo de rey, con las espaldas bien cubiertas por los belgas, sin que nadie le haya podido echar el guante y ponerlo a disposición de la justicia española tras su intentona de golpe de Estado al declarar la república bananera de Cataluña.

Aunque, evidentemente, no es de extrañar que nadie nos tome en serio a tenor de lo que sucede en nuestro suelo. Ya hemos visto como, otro de la misma calaña que el precitado Puigdemont, el tal Joaquín Torra, alias “Quim”, como debería figurar en su ficha policial, se permite declararse públicamente objetor de la Justicia española, negándose a comparecer ante los Tribunales aduciendo que “no reconoce su legitimidad”.

Si España fuese una nación seria, como es debido y si el gobierno cumpliese con su deber más allá de garantizarse, con los votos de toda la escoria y lumpen nacional, seguir chupando de la teta, tipos como este deberían estar en prisión sin posibilidad de indulto y su detención debería realizarse de forma pública y notoria, siendo conducido esposado a los juzgados, para ejemplo de los delincuentes en general.

¿A alguien se lo ocurre pensar qué sucedería si otro español cualquiera fuera declarado en rebeldía por no comparecer ante un Tribunal de Justicia? Lo dicho, se pondría en busca y captura, ordenando de inmediato su detención sin más paliativos y aquí paz y después gloria.

Sin embargo, un gobierno débil como el que tenemos, plagado de inútiles mentirosos, hipotecado por todas partes, por pijoprogres, comunistoides de salón, golpistas catalanes, separatistas, filoetarras y globalitarios de la maldita “Agenda 2030”, tiene las manos atadas ya que su única pretensión es seguir en el machito al menos hasta las próximas elecciones.

Pese a todo, la cosa no termina ahí. Esa obsesión insana, a costa de nuestra soberanía nacional, de doblegarnos ante las presiones de esa Europa, caduca y enferma, es lo que está propiciando que nuestro campo y nuestra industria, si es que queda algo de ellos, se encaminen a la ruina total.

Es vergonzoso que, en una nación como la nuestra, una de las primeras productoras de cítricos del mundo, tengamos que comer naranjas marroquíes o de otros países ya que nuestra producción está limitada por los europeos y eso mismo sucede con muchos más productos de infinita peor calidad que los nuestros pero que, sin embargo, siguiendo al pie de la letra las exigencias de esa Europa globalitaria, tenemos que consumir si o sí.

Que la vieja España se desangra a pasos agigantados, que todo lo que está sucediendo es el resultado de la escenificación de una farsa cuyo libreto está escrito por un pésimo autor, cuyos protagonistas son de una mediocridad alarmante y encima contando con una clac adocenada y amedrantada, es un hecho contrastado e incuestionable.

Ahora, los sindicatos, esa colección de vagos que viven como marajás gracias a las subvenciones públicas -los que pasaron, en un abrir y cerrar de ojos, de las barricadas a las mariscadas-, se atreven a proclamar que no deben bajarse los impuestos. A esos que decían defender a los trabajadores no les importa en absoluto que el pueblo se esté ahogando, aguantando los precios abusivos de la electricidad, de los carburantes, de la cesta de la compra, etc., con tal de que ellos sigan percibiendo cuantiosas subvenciones que salen, precisamente, de los impuestos que pagamos todos los españoles.  

No deja de sorprender que, cuando la izquierda está en la oposición, anima y provoca todo tipo de huelgas y movilizaciones callejeras y los sindicatos, esos perros fieles de su misma ideología, alientan a eso que llaman eufemísticamente “piquetes informativos” que no son otra cosa que matones que pretenden coaccionar a todo aquel que no secunde la huelga; sin embargo, cuando son ellos los que están en el poder, la cosa cambia notablemente y los huelguistas se convierten en los perseguidos, son boicoteados, incluso militarizados, cuando no tildados de ultraderechistas simplemente por exigir sus derechos y poner en evidencia la infame gestión de este gobierno de risa floja.

¿Alguien se imagina qué sucedería sí gobernase un partido de derechas en un escenario de huelga del transporte, consecuencia de los precios abusivos de los carburantes, como la que estamos viviendo? A estas alturas, las calles estarían colapsadas con manifestaciones vociferantes, encabezadas por banderas rojas, y ya se habría convocado una huelga general propiciada por esos dos sindicatos de vagos de ideología izquierdista.   

Nuestra debilidad es alarmante y perniciosa. Aquí, todo se rige por lo políticamente correcto, lo que marca toda esa caterva de descerebradas -hay muchas más que descerebrados- que forman las filas de la pijoprogresía comunistoide, esas que viven en pisos de 400 metros cuadrados, pagados por todos los españoles, carentes de la mínima formación y de la mínima experiencia más allá de organizar huelgas en las aulas de las facultades. Esas que gastan el dinero de todos los españoles, a manos llenas, en mantener los chiringuitos de sus amigotes y las cavernas de sus simpatizantes; individuas cuyos objetivos no pasan de pretender la supremacía de la mujer, esté preparada o no, como si los hombres fuésemos una colección de malvados inútiles. Las mismas que dilapidan los dineros, preocupadas porque el color rosa de los juguetes es perjudicial para las niñas para lo cual organizan el “observatorio” de turno con el fin de colocar, en esa nueva cloaca, a sus amigas y adláteres.

No me extraña que la gente comience a hartarse y salga a la calle. Ya iba siendo hora. Hoy es el sector de transporte y el de la agricultura y mañana será otro y otro, cansados de que cada día suba el precio de la luz, el coste de los carburantes, los productos de primera necesidad, todo ello encarecido por esos impuestos abusivos que pagamos para financiar a toda esta caterva de descerebradas obsesionadas con la lucha de género que viene a sustituir a la antañona lucha de clases.

Sin embargo, aún quedan muchos de esos que siguen amedrantados, ocultos tras los bozales, huyendo de cualquier contacto con su vecino y, mucho más, de cualquier protesta colectiva por temor a ser contagiado y que, todavía, agradecen la funesta gestión de los sociatas en esta maldita pandemia que, por cierto, les sirvió como la mejor coartada para hacer lo que, por ideología, siempre les ha gustado hacer: limitar las libertades de los ciudadanos al más rancio estilo totalitario.

España, desgraciadamente, se ha convertido en el hazmerreír del mundo, al menos en el hazmerreír de las naciones serias que no pueden dar crédito a que en el gobierno ocupen cartera individuos e individuas pijoprogres y comunistas de salón, sin formación alguna, con su ideología caduca y sectaria que lo único que produce es miseria y pobreza.

Cada día me causan más repulsión los socialistas y esa supremacía moral, aceptada por la derechona, que creen poseer y que no poseen. Vergonzoso, indignante e insultante escuchar hablar a esa tipeja portavoz sociata que recrimina el pacto entre el PP y VOX en Castilla y León, despreciando un acuerdo legítimo entre dos partidos legalmente constituidos que, por cierto, ni buscan la disgregación de España ni cuentan en sus filas con terroristas asesinos. ¿Pero cómo te atreves, cómo osas hablar de pactos vergonzosos, cuándo tú y tu partido ha pactado con toda la escoria -comunistas, pijoprogres, golpistas, filoetarras, etc.- que anda suelta por España? Sería mejor que estuvieses callada, aunque, pensándolo mejor, cuanta verdad tiene aquel viejo dicho popular, “la mierda es siempre la que habla”, en este caso tú.

Un buen ejemplo de la alarmante situación que atraviesa la España en la que vivimos, lo demuestra, en el colmo de la vanidad enfermiza y de la sumisión al amo, esa pretensión de producir una serie televisiva en la que el Presidente del gobierno se convierta en protagonista, cual “Chanquete” de turno, en una especie de nuevo “verano azul” que, al final, de una u otra forma, pagaremos todos los españoles.

Pero lo grave de todo esto es que todavía quede en España alguien que milite o vote a un partido embustero como es el socialista. Alguien que todavía crea en las promesas de “la PSOE”; alguien que esté convencido de que la culpa de que tengamos una inflación por las nubes, estemos casi en la bancarrota y los precios estén disparados la tiene la guerra de Ucrania.

Si queremos salvar a España no queda otra que despertar y, tras echar a toda esta malvada caterva, recuperar la soberanía nacional más allá de Europa y de Agendas 2030.