Como cada 8 de diciembre, concluí la instalación del Belén en el salón de mi casa. Realmente, lo había terminado el día anterior, sin embargo, antes de ayer, día de la onomástica de mi mujer, antes de empezar a comer, el Pater lo bendijo con lo cual se dio oficialmente por inaugurado, eso sí, a falta de que, en la noche del próximo 24 de diciembre, el Niño Dios ocupe su puesto en el pobre portal en el que vino al mundo hace más de 2.000 años.  

Ahora que lo pienso, no puedo recordar en qué momento de mi vida miré, por primera vez, con ojos tintineantes llenos de infantil ingenuidad el Nacimiento que, con cariño y ternura, instalaba mi madre en las fechas próximas a la Navidad.

Recuerdo, eso sí, que se instalaba en la "Sala de atrás" de casa de mi abuela materna, en plena avenida de Rubine, por ser allí donde celebrábamos, en familia, los días centrales de las fiestas navideñas.

Mi madre, acompañada de mi prima Tere, se afanaban, desde días antes, en prepararlo todo para instalar el Belén que presidiría las fechas más destacadas de la Navidad. Lo instalaban sobre una gran mesa de madera de color caoba que cubrían primero con papel de periódico y sobre él una capa de musgo y arena para delimitar el desierto, los caminos y la zona de verde campiña donde cobrarían vida las diferentes figuras de barro que formaban el diorama belenístico.

De diferentes cajas de zapatos y envueltas en papel de periódico, perfectamente conservadas, iban saliendo una a una, como despertando de un gran letargo, cada una de las figuritas de barro que recrearían durante unos días las principales escenas del nacimiento del Niño Dios y darían vida al ámbito espacial donde tuvo lugar el gran Misterio.

Además del Misterio y los Reyes Magos, pastores, adoradores, mujeres con cántaros, la castañera, soldados, músicos, lavanderas, conejos, gallinas, gatos, cerdos, bueyes, camellos... Todo un universo de personajes, unos humanos y otros animales, que se convertirían en testigos de excepción del hecho más trascendental de la historia de la humanidad.

También, de otras cajas de mayor tamaño surgían, junto al Portal de Belén, el castillo del sátrapa Herodes, el puente, el molino, el pozo y las casitas de todo tipo y tamaño, todas ellas de corcho, al igual que aquellos grandes trozos del mismo material que darían forma a las montañas, que contribuirían a dar vida al decorado.

Por otra parte, de otra vieja caja, salía una larga cadena de bombillas, algunas de colores, que, a la postre sería lo primero en ser instalado tras la colocación del musgo y de la arena.

Al final, con todos los elementos a la vista comenzaba el montaje. Una a una todas las escenas iban cobrando vida. La anunciación del Angel a los pastores; el pescador con su caña situado sobre un pequeño altozano que dominaba el río hecho a base de papel de plata donde también lavaban su ropa varias mujeres; aldeanas hablando cerca del pozo; los vecinos a las puertas de sus casas; los labradores trabajando la tierra; el castillo de Herodes con su soldadesca, quedando para el final, cuando ya todo estaba perfectamente instalado, la colocación del Portal y en su interior las figuras que componen tradicionalmente el Misterio.

Yo miraba con mucha atención, ensimismado, aquel delicado trabajo de instalación, incluso trataba de colaborar aunque a veces el resultado no fuese el esperado cayéndome una figurita al suelo que, por la magia de mi mala maña, quedaba circunstancialmente manca o descabezada, haciéndose necesario su inmediato traslado a esa especie de hospital de figuritas donde el pegamento “imedio” sustituía, coyunturalmente, al bisturí y por el arte del bien hacer y el cuidado materno el personaje de turno era curado de sus males y restituido al lugar que ocupaba en aquella demostración de ingeniosa arquitectura.

Pues bien, esta misma operación la repetí de nuevo estos días en los que atisbamos una nueva Navidad. Ciertamente, no coloqué las mismas figuritas que colocaba mi madre, pese a que algunas de ellas, todas de barro, son ya unas venerables ancianas con casi noventa años a cuestas, sin embargo, el resultado final se le asemejaba lo que me permitió quedar satisfecho al contemplar, finalmente, la obra concluida.

Tras observarla con atención pensé en la Navidad, en su significado incluso más allá de creencias de carácter religioso y comprendí el paralelismo con nuestro mundo de hoy en día.

Allí, en aquella abigarrada población de figuritas de barro, estaba, un poco, el reflejo de nuestra situación actual.

Sobre un altozano, se alza desafiante el castillo del sátrapa Herodes el Grande, cuántas connotaciones con los muchos dictadorzuelos que hoy rigen nuestros destinos de forma despótica y nepótica; incluso, en una reedición de las dudosas hazañas de aquel reyezuelo, sometido al poder de los globalistas -salvando las distancias que son muchas- de su tiempo, pretenden reeditar una de las gestas por las que pasó a la historia aquel dictador, inoculando,  de forma indiscriminada, las vacunas a los niños sin conocer el alcance de las consecuencias que tal medida puede comportar a medio y largo plazo.

Al pie del castillo, cerca de un cartel que señala la dirección de Belén, un Oficial de la guardia del sátrapa Herodes, en unión de sus soldados, controlan el acceso a la población exigiendo el correspondiente salvoconducto, algo similar a ese pretendido pasaporte Covid que, si o si, pretenden implantarnos para mejor controlarnos y así determinar quien es un ciudadano de primera -el obediente, el sumiso, el acobardado- y quien lo es de segunda -los que preferimos morir de pie que vivir de rodillas.

Si nos adentramos un poco más en el diorama, junto a pastores, aguadoras, lavanderas, etc., al pie del río observamos al pescador que lanza el hilo de su caña y se muestra ajeno a todo lo que está sucediendo a su alrededor, preocupado tan solo por el número de piezas que va a cobrar lo que, a la postre, engordará su bolsillo.

Siguiendo con el recorrido, en la puerta de una posada, un grupo de aldeanos celebran, cual moderno botellón, su fiesta particular cantando y tocando zambombas, tamboriles y otro tipo de instrumentos al margen de todo lo que les rodea.

Hay otros que siguen preocupados por su mundo particular, ajenos a todo lo que está sucediendo, charlando a la puerta de sus casas sin importarles lo más mínimo el entorno que gira a su alrededor.

También hay, faltaría más, aquellos otros que, en silencio, se afanan en su trabajo diario, un carpintero, unas aguadoras, un molinero, un labrador…, que aguardan, con temor, la llegada del recaudador de impuestos que todavía convertirá en más penoso su quehacer de cada día, exigiendo el pago puntual de unos impuestos, sin duda abusivos, para enriquecer al sátrapa del castillo y al poder globalista que los domina.

No dejé de colocar, en un lugar escondido, al catalán con su barretina que aunque algunos lo tienen arrestado desde el golpe de Estado propiciado por los miserables separatistas que aun gobiernan la Generalidad, para mi nada tiene que ver con rufianes de semejante calaña.

En un rincón discreto, entre árboles, tres pastores reciben noticias de la buena nueva que les transmite el Angel lo que hará en ellos crecer la esperanza de un mudo mejor, más justo y más digno para la especie humana.

Sin embargo, lo único importante, la razón de ser de toda esta pequeña obra hecha a base de figuritas de arcilla y casas de corcho surge como un rayo de luz limpia y pura, la figura del Niño Dios recién nacido en su cuna de paja, rodeado de su Madre y de San José, en el mísero Portal de Belén. Allí, en los ojos del aquel Niño brilla la esperanza, la promesa de salvación, la seguridad de un mundo mejor y más justo, en el que los sátrapas y los corruptos no tienen sitio y en el que triunfa la verdad más allá de intereses bastardos de partidos y banderías.

Esa es la esencia de la Navidad de la que dan fiel testimonio los aldeanos que, postrados a los pies de la divina cuna, adoran al Hijo de Dios, mientras en la lejanía se observa el majestuoso cabalgar de los tres Magos de oriente que, enterados de la buena nueva, acuden a rendir pleitesía al único ante el que debemos postrarnos sin recato: Dios hecho Hombre.