“Mientras Vox exista, Sánchez tiene la Moncloa asegurada con sus socios”. Este es el titular de la entrevista concedida por Teodoro García Egea, Secretario General del Partido Popular, en el diario ABC, el pasado 19 de julio, en las páginas 18 y 19. Lamentable y triste lectura de la situación política española. Un análisis y una interpretación que carece de perspectiva en relación a la sensibilidad de los votantes de la derecha española.

El número dos de los populares, lejos de interpretar correctamente el papel de su formación en el quehacer de la escena pública española, acusa a la formación de Santiago Abascal de ser responsable de la victoria socialista. Una vez más, y no será la última, la ceguera política, una falta de altura de miras y un simplísimo análisis  culpa a otros de las propias incapacidades. El escaso respeto a la objetividad se hace gala en tan inapropiadas declaraciones.

Las preguntas que los dirigentes azules deberían hacerse es ¿Por qué ha surgido un partido como Vox? ¿Qué ha ocurrido en el Partido Popular para que se haya perdido el apoyo, incluso la simpatía y afecto, de sus antiguos votantes?¿Qué planteamientos ideológicos están marcando las actuaciones de la formación? Estas interrogantes y sus consiguientes respuestas son las cuestiones que deberían conducirles a una adecuada interpretación de su posición a día de hoy. Buscar responsabilidades en otros, no aceptar una valoración crítica conveniente, y no asumir una autocrítica sincera es una gravísima equivocación. La soberbia, la prepotencia y el relativismo no es el camino para el triunfo. La humildad, la sinceridad, la modestia y la honestidad sí.

De manera irresponsable se echan balones fuera, se rechaza la posibilidad de aceptar los desvaríos y los propios defectos, de forma y de fondo, que han erosionado la línea ideológica en relación a la interpretación de los diversos temas de interés general. Ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio es signo de debilidad. Proclamar estar en contra de la ética de pensamiento único y, a la vez, defender aquello de quítate tú para ponerme yo es, cuando menos, vergonzoso y sonrojante. Me atrevo a decir que absolutamente surrealista.

Desde que José María Aznar abandonara la presidencia del partido, tras la celebración del XV Congreso del Partido Popular, el 2 de octubre de 2004, y Mariano Rajoy Brey asumiera los destinos de la organización, la deriva política no ha dejado de producirse, en especial durante el periodo en el que ejerció la presidencia del gobierno, concretamente entre diciembre de 2011 y junio de 2018. Esto no gustó al tradicional votante de la derecha. Sin duda alguna, el marianismo, o el sorayismo, como ustedes quieran, erosionó la confianza de sus incondicionales, de aquellos que dejaban de reconocer al partido que se heredó de Aznar. El propio ex presidente, en repetidas ocasiones, se manifestó contrariado con las actuaciones de los nuevos populares.

Junto a ello y no menos grave, se sucedían los escándalos de corrupción y de financiación ilícita, algo inaceptable para muchos simpatizantes y afiliados. Las malas prácticas en el ejercicio de la función pública salpicaron a la formación. Incluso, y esto fue especialmente doloroso, afectó  a muchos de los allegados y dirigentes del entorno de Mariano Rajoy. La lista es larga, las noticias sobre escándalos de corrupción y las dimisiones estaban a la orden del día. El gallego, enrocado en su atalaya, fue incapaz de controlar y poner fin a tanto dislate. El alejamiento de sus votantes era evidente y la falta de liderazgo también. Los éxitos económicos quedaron desdibujados, se diluyeron como un azucarillo y los méritos se fueron olvidando. La puntilla y descabello sería la cuestión catalana. Una falta de energía, de intervención temprana y una tibieza ante los desmanes independentistas fueron el epílogo de una crónica de una muerte anunciada.

 La situación era inaceptable para muchos españoles, incapaces de reconocerse con su voto depositado. Contrariados, profundamente molestos y avergonzados, y hasta traicionados, buscaron alternativas a la debacle popular. Unos depositaron su confianza en Ciudadanos, otros encontraron en Vox la alternativa. El Partido Popular naufragaba y achicaba agua como podía. Se había convertido en una estructura ajena a la vida real de la ciudadanía, en una especie de UCD (Unión de Centro Democrático) de su peor época. Su incapacidad y escaso olfato político les llevó, tras una moción de censura que no supieron gestionar,  a la oposición. Después, con Pablo Casado como líder, se cosecharon los peores resultados electorales de su historia. Un hundimiento espectacular, pero adivinado y esperado por muchos.

 Hoy, nuevamente, una perspectiva trufera del actual secretario general cae en el simplismo más insultante. La apelación al voto útil, según él, y su simplista interpretación del panorama ofende a los que se sienten de derechas, sin complejos. No reconocer los errores cometidos y nadar en la ambigüedad en el discurso son un freno para cualquier expectativa electoral.

El partido se ha institucionalizado, se ha petrificado. Los afiliados carecen de vida interna más allá de las convocatorias electorales. Las sedes se llenan de cargos electos, pero no de simpatizantes y acólitos ilusionados. Los clanes funcionan, el oportunismo y el interés personal de muchos dirigentes, políticos o electos, preside el diario acontecer del partido. En definitiva, una organización que, salvo casos muy excepcionales, languidece sumida en una falta de vitalidad.

Algunos de ustedes pensarán que exagero, que opino sin conocimiento de causa. No es así. He sido militante del Partido Popular durante trece años. He tenido responsabilidades políticas dentro de él, de las que dimití por razones anteriormente planteadas. Finalmente, desilusionado, me dí de baja. La que consideraba mi casa se había transformado, ya no era capaz de reconocerla, de sentirme cómodo. No podía soportar estar en un lugar que cada vez más se alejaba de lo que yo conocí y viví en tiempos pasados. Todo había cambiado, por fuera y por dentro. Nada era igual y, lo peor, es que muchos se habían acomodado en sus poltronas insensibles y ajenos a la metamorfosis que se había producido.

Hoy lo veo más claro y meridiano. Con la distancia la objetividad es mayor, menos pasional y más racional. No me arrepiento de mi decisión. Pero, lamentablemente, Teodoro García Egea, como muchos de los líderes populares, no es capaz de entender que los males no están en el otro, que alguna responsabilidad hay que asumir en la visión del futuro político. La llamada debe ser a la regeneración, a la revitalización de un planteamiento valiente y decidido en la defensa de España, de los intereses de los españoles que aman su Patria y de la defensa de valores que olvidaron.