Así debería ser aprovechando la indignación popular del pueblo represaliado en Cuba: extirpar a este desgobierno criminal facilitado por el oscurantismo sanchista y sus relaciones internacionales con tiranías siniestras. La evidente connivencia con el crimen revolucionario avergüenza a España con una patulea de pringados y maleantes que se complace en la brutal represión padecida hoy día por la Cuba del comunismo residual. La España secuestrada es el único país de la Unión Europea que no condena la sangrienta persecución padecida por un valiente pueblo harto del castrismo. 
 
La remodelación del Gobierno escorada a la izquierda, para cumplir los plazos en compromiso adquirido con los aliados internacionales del podemismo, es una señal del poco margen para engañar que le queda al okupa monclovita incluso ante los suyos. A los ministros salientes los ha pillado con el paso cambiado haciendo alarde de la traición sin escrúpulos contra los sectarios puntales del PSOE que lo impulsaron en los inicios. Urgía quitarlos porque aun no siendo trigo limpio estorbaban sus frenéticas ambiciones, ahora que no le queda otra que apuntalar al comunismo podemita como contrapartida y en cumplimiento de los pagos de Venezuela del paso de la Delcy por Barajas; ya saben, aquellos pagos confesados, desde la embajada venezolana, para comprar voluntades políticas. Lo cierto es que a Pedro Sánchez se le descontrola el ego sin pensar en las consecuencias, pues la venganza es plato que se come frío y deja muchos muertos a sus espaldas. No tantos como el gerontocidio de decenas de miles de inocentes a cuenta de una eutanasia encubierta, pero sí los suficientes de peso en el sanchismo como para despojarle del chulesco despotismo aireándole los trapos sucios. Aunque conociendo los usuales desfalcos del dinero público bien pueden estar pagados, o coaccionados, para amordazar los deseos de irse de la lengua. 
 
Veremos si el orgullo desbocado de algunos ministros salientes, o del gurú humillado Iván Redondo, no desemboca en un tumultuoso impulso por defenestrar al delincuente en el desgobierno criminal, ahora enrocado por supervivencia personal en el comunismo sin máscaras, en cumplimiento de los inconfesables compromisos adquiridos con la minoritaria lacra política podemita que pocos desearon en las urnas, por lo demás, amañadas.  
 
La lucha del pueblo cubano por una libertad definitiva contra el nuevo tirano Díaz Canel, después de soportar las miserias castristas, dan una renovada expectativa de resistencia contra el guión del engaño bolivariano que hasta ahora ha seguido el más que amortizado Sánchez, cuyas políticas radicales están auspiciadas por el infame Foro de Sao Paulo. Encubierto tras la voluntad de la siniestra internacional, si cayese la tiranía cubana habría motivación para defenestrar la del propio Maduro en Venezuela con las consecuencias inmediatas que el efecto dominó tendría en España. Porque millones de damnificados tienen ganas a este desgobierno de gañanes y malintencionados infiltrados desde el comunismo más rancio. 
 
Si se confirmara la oportunidad, bastaría un ligero cambio de estructura geopolítica para desmantelar el tejido de una siniestra basada en el liberticidio: el cubano por el que el pueblo busca resarcirse despues de sesenta años de socialismo, el propio venezolano y el que pretende imponer aprovechando lagunas legales el inicuo-y seguramente delictivo si se escarbara en la tumba de la justicia imparcial-cum fraude mediante trampantojos como la reforma de la Ley de Seguridad Nacional. Si llega el punto de inflexión en que Cuba se sacude la revolución socialista, Pedro Sánchez tendrá sus días contados, máxime cuando ya no puede disimular el primigenio engaño a la soberanía popular cuando mintió sobre la inclusión de los pandemitas en el Gobierno de España. Estamos ante la cuenta atrás, sin disimulo, para imponer un régimen totalitario contra el que hoy se resisten los cubanos, quienes luchan con histórico arrojo, esperanzados en la ayuda exterior, echando el resto  por liberarse de una lacra mundial que aquí pretende infestarnos con la continuada e inexplicable permisividad de los amenazados.