La libertad expresión es un derecho natural, el ser humano está dotado de la facultad de comunicarse por sonidos. Dios ha querido darnos libertad de expresar nuestros pensamientos, y como tal la alternativa de hablar o callarse en algunos individuos de la especie puede emplearse en un discurso exquisito, incluso sin decir mucho; pero también para hacer el imbécil o para delinquir. En la variedad esta la belleza discursiva y en contraste necesario el discurso monstruoso, a veces hostil y otras delictivo, como el tonto útil es imprescindible para los que se llenan los bolsillos a su costa, desde luego, algo más instruidos en retórica y con una visión algo más pragmática de la vida económica.

 

La libertad no es de dominio exclusivo de nadie, ni del administrador ni del administrado, ni es lo mismo ser libre que tener la libertad. La libertad es consustancial a su propio límite, o dicho de otra forma: la libertad de destruir la libertad, aniquila la libertad. Y en esto el sentido de la libertad a expresar pensamientos, ideas y opiniones. El megalómano no quiere ser libre, quiere apropiarse de la libertad. La megalomanía supone una disociación de la realidad en la que el sujeto confunde su propia capacidad de elección con la de los demás, es decir, le parece que el ejercicio de la libertad por el otro constituye un atentado contra su libertad. Se siente omnímodo y no puede aceptar que otros tengan el mismo derecho que el a expresarse. Por eso está a favor de su libertad de expresión pero en contra de la los demás, quiere poder todo, pero que los demás no puedan nada. Quiere poder insultar a los demás pero que a el no le insulten, quiere poner límites a libertad de expresión de los demás pero que la suya sea absoluta.

 

En fin... Megalómanos los hay a patadas, algunos más listos otros menos. Los de la primera clase suelen preferir el oficio de la política, les va que ni pintado: no sentir remordimientos es la condición necesaria, y los que tienen bien clara la linea entre lo moral y lo jurídico, son tiburones del oficio; aunque esa cuerda floja es muy difícil de transitar y a veces alguno asoma la patita, hay que tener bien cubierta las espaldas por si las moscas. Los de la segunda clase son menos refinados y la terminan liado, no son capaces de contener sus impulsos y terminan cruzando la linea entre lo moral y lo jurídico: que si una calumnia por aquí, que si una injuria por allá, un delito de inducción cuando se vienen muy arriba, y ya si la cosa se va de madre amenazas y coacciones. Cuando eso sucede es lamentable ver como reaccionan estos individuos, se piensan tan divinos que no pueden aceptar que el martillo de la justicia les golpea por sus crímenes, y montan la pataleta del siglo: que si yo solo me he expresado con libertad, que si estado fascista, que si artistas presos… es el típico berrinche del niño que no ha sabido sublimarse en otros y se morrea a si mismo delante de todos sin pudor. Patético.

 

Por otro lado están los que defiende a patanes de la talla descrita. Esos solo dan pena, el problema es cuando se ponen en plan Rambo y la toman con los adoquines y los escaparates de los comercios. Otros que piden libertad para reventar el dominio publico y el sustento de las familias. Nadie cuestiona que si uno tiene la  facultad intelectual de un asno tenga derecho a cantarlo a los cuatro vientos, incluso puede resultar ejemplarizante y divertido, pero nada da derecho a despojar a otro de su liberad, es decir: a ser un criminal, y mucho menos a atentar contra el patrimonio ajeno o colectivo y la autoridad pública.

 

El criminal al la cárcel, el asno a su rebuznar y aquí paz y después gloria.