Desde que comenzó a emerger en el panorama político con un mínimo de posibilidades electorales, a VOX lo han declarado «partido non grato». Para que la ignominia de las fuerzas democráticas y sus huestes incendiarias mostraran su faz desleal y miserable, el motivo no podía ser otro que la apuesta de dicha organización por la unidad de España, por la denuncia de la degradante realidad que nos asfixia y por otros rasgos de sentido común, excusas perfectas para que la antiespaña y sus amos, con el fin de hostigarla y abatirla, se hayan echado al monte con toda suerte de pertrechos violentos.

Que VOX no sea el partido ideal al cien por cien es tan cierto como que hoy es el único agente impulsor parlamentario del inaplazable movimiento regenerativo, una cuestión intolerable para los defensores del disparate y del abuso, pero menor para esa derecha irreductible que se empeña en cuestionarlo confundiendo la parte con el todo o cogiéndosela con papel de fumar, y perdiendo con ello la conveniente objetividad. Con similares inquisiciones, con pruritos desprestigiadores hacia VOX nos podemos cargar una de las escasísimas esperanzas de restauración con que cuenta España en esta hora. Ya habrá tiempo, llegado el caso, de denunciar todo lo denunciable si VOX nos falla en lo que hoy día resulta fundamental. 

Pero el caso es que los más avisados ya sabían lo que esperaba a VOX, y por extensión a cualquier movimiento patriota, amante de la libertad, si los regeneradores tienen habilidad y vigor suficientes para progresar a favor de sus objetivos: la más brutal persecución, la más desalmada criminalización, la más sañuda purga al estilo estalinista por parte de todos aquellos a quienes se les llena la boca de diálogo, concordia, democracia o derechos humanos, entre otras imposturas.  

Para estas fuerzas «de progreso» y sus cómplices, VOX es la obsesión patológica, y por ello están dispuestas a proscribir social, moral y políticamente a todo lo que el partido verde representa. Y para excluirlo de la vida nacional utilizarán a su policía, su propaganda y su justicia particulares, como lo vienen demostrando con sus acciones y tal como informa de modo absolutamente clarificador ese estremecedor documento que es el Expediente Royuela, retrato diáfano de la Transición española en su cara más oscura o, quizás, más significativa.

Los protagonistas de este tiempo nuestro de la infamia no son aquellos ciudadanos que defienden la verdad, la vida, la familia, la propiedad privada o la patria, sino ese selecto elenco encarnado por redes clientelares, okupas, derribacruces, mafiosos, sádicos y pervertidos en general, manifestantes insidiosos y exaltados, propagadores de bulos a sueldo, asesores bolivarianos y globalistas y demás basura humana, todos ellos instalados en las instituciones para, desde ellas, con licencia oficial, expedir carnés de ciudadano manso a quienes aceptan seguir pagando a los matones la cerveza y las gambas.

De esta cantera de excelencia provienen actualmente nuestros regidores, modelos de miseria premiados por el sistema por sus indiscutibles méritos como destructores de España. De este filón indecente brota la enésima campaña para desprestigiar a VOX, ese partido aglutinante de varios millones de espíritus libres y cuyo gran problema es el de saber soportar y gestionar con eficacia y habilidad las presiones -propias y ajenas- frente a la intolerancia y la ignominia.

Es ahí donde VOX va a ganar o perder su futuro. Y lo ganará si, ante la presión del agitprop que domina la opinión pública mediante campañas mediáticas sectarias que tratan de demonizarlo, sabe devolver los ataques con vigor y agudeza, enfrentando a sus agresores con sus propias contradicciones. Lo ganará si sabe resolverlas, tramitándolas en beneficio propio, con las hemerotecas por delante, mostrando las conductas aberráticas de los chekistas y sus elites, y contrastándolas con sus promesas. 

Lo obvio es que VOX viene sufriendo un proceso de impugnación general por parte de la casta partidocrática, y los bulos y acciones con que ésta trata de desprestigiarlo no sólo se constriñen a su programa ideológico, sino que tienen que ver con las ansias de revancha y de odio que mantienen vivas, tras volver a abrir las heridas de codicia, inquina y violencia que el franquismo había cicatrizado. Como señores de horca y cuchillo que son, todos los que no se someten a sus atropellos han de ser anatematizados y perseguidos. Y en eso están. Y para que el aire no se nos haga irrespirable, como pretenden gracias a sus falacias, VOX y las gentes de bien han de estar en alerta y preparados para responder. 

En esta hora, en paralelo con los movimientos civiles, resulta crucial una fuerza parlamentaria que, desmarcándose radicalmente de dicha casta partidocrática, se muestre activa en la batalla social, cultural y política de modo continuo. Algo que VOX está tratando de conseguir. Para ello debe ser noticia diaria e ineludible en su oposición y denuncia del frentepopulismo y sus cómplices, pese a quien pese, sin excusarse en la insidia ni en el silenciamiento mediáticos a que se ve sometido, y hallando con imaginación los cauces para dejarse ver y sentir en la sociedad como un proyecto ilusionante y creíble. 

Por eso hay que seguir confiando en VOX, única cuña parlamentaria ajena a dicha casta partidocrática y referencia política razonable a corto/medio plazo. Quienes apoyan lo que simboliza en esta hora son conscientes de lo difícil que es triunfar con el obstáculo de unos medios de comunicación de masas, de unas hordas vesánicas y de unas instituciones empeñadas en impedir sus objetivos, pero aun siendo labor de todos, VOX debe apurarse en demostrar de una vez por todas que es la alternativa real a la delincuencia y la demencia que España soporta.