Inflación. Subida de precios. Pérdida de poder adquisitivo. ¿Hay motivos para preocuparse? Según un portavoz del sindicalismo subvencionado, hay que ignorar a los agoreros y disfrutar del verano. Los empleos que se pierdan y cómo afecte eso a cientos de miles de familias, ya tal.

Problemas de abastecimiento. Las energías verdes, cuestionadas como nunca. Buena parte de nuestros vecinos europeos recuperando el carbón y la energía nuclear. En España no, que aquí nos hemos tomado la Agenda 2030 muy en serio. Y si acaso, la culpa de que suba el precio de la luz o de que en invierno haya restricciones y pasemos frío sólo la tiene, única y exclusivamente, Vladimir Putin, quien se empeña en no morirse a pesar de lo publicado en la prensa del llamado mundo libre sobre su estado terminal.

Las crisis han existido desde que el ser humano existe. Es lo que tiene que las necesidades sean ilimitadas, al contrario que los bienes materiales. Pero el rechazo al hedonismo y las actitudes frívolas no es obstáculo para desconfiar sobre las verdaderas intenciones de unas élites globalistas que, haciendo suyo el lema de Ikea, ahora nos dicen que no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita. Y nosotros, la chusma, el populacho, parece ser que nos hemos vuelto demasiado materialistas y señoritingos por exigir una vivienda en propiedad y un trabajo estable. Desagradecidos por vivir en la mejor época de la Historia, parece ser que somos, por no conformarnos con ser felices en zulos de alquiler y anestesiar nuestros apetitos con la oferta de múltiples aplicaciones que, cual dioses de mercadillo, ponen a nuestro alcance los placeres de pacotilla a los que nuestro tiempo rinde culto.

No es ningún secreto que tendremos crisis tras las vacaciones de verano. Lo sorprendente, lo más llamativo, es que todos lo sabemos y la actitud mayoritaria, prácticamente unánime, es mirar hacia otro lado, como en esas películas apocalípticas donde los personajes se emborrachan y evaden de la realidad ante la imposibilidad de cambiar el rumbo de los acontecimientos. Ni siquiera cabe llamarlo resignación, es otra cosa. Hace años pilló de sorpresa a la mayoría de la población que la crisis del mercado inmobiliario estadounidense arrasara con el resto de economías, sobre todo las occidentales. El Covid-19 tampoco se vio venir, sobre todo porque el mensaje durante los meses previos era que todo iba bien y, de nuevo, el problema eran los agoreros alarmistas. Pero ahora no estamos en la situación de calma ignorante sobre la que sólo alertan unos pocos expertos en programas televisivos o de radio. Hoy nadie duda, ni siquiera en el Gobierno sanchista que miente más que habla, sobre la crisis que nos espera. Todos lo sabemos pero, ante la imposibilidad de impedir el desastre, la mayoría opta por divertirse y relajarse a la espera del llanto y el crujir de dientes. 

Mi intención no es amargarle el verano, estimado lector. Disfrute con su familia y seres queridos de sus vacaciones, por supuesto. Está usted en su derecho. Ahora bien, cuando a partir de septiembre empiecen a ponerse las cosas feas, no olvide que podríamos estar ante los estertores de un modelo económico que, a costa de salvar sus intereses, sacrificará todo lo que sea menester. Y, aun a riesgo de pecar de la misma mentalidad milenaria que clama ante una hipotética venida del fin del mundo que nos llevan aplicando desde hace semanas con la excusa del calor veraniego, no nos queda más que desear que los días del Occidente progre y liberal estén contados; y no porque unos nuevos bárbaros estén al acecho para abalanzarse sobre pueblos débiles que han renunciado a luchar por su existencia, como pretenden hacernos creen quienes hablan así del oso ruso, el dragón chino y el siempre latente mundo islámico, sino porque los bárbaros ya se apoderaron del mundo occidental hace mucho y, al contrario que los de otras épocas, éstos ni siquiera han sido capaces de revitalizar un mundo en declive porque ellos mismos lo representan en su versión más degradante.

Así que nada: a disfrutar de las cañas, los pinchos y la playa; y si no podemos llegar a fin de mes más pronto que tarde, la culpa será de Putin o, tomando otro responsable más compatible con la idiosincrasia española, de Franco. Pero jamás, en ningún caso, de nuestras inclusivas, tolerantes y resilientes élites políticas amenazadas por poderes ocultos y oscuros. Y si no lo ve así, que sepa usted que es un demagogo, un fascista, un populista y un antipolítico. Lo peor de lo peor, vamos.