A propósito de los terribles disturbios que asolaron los Estados Unidos en los meses previos a las elecciones presidenciales de junio de 2020, es llamativo observar cómo cesaron, brusca y misteriosamente, tras la “victoria” electoral del “demócrata” Joe Biden. La “furia popular” y los actos de pillaje se cortaron en seco, y los medios de comunicación dejaron, de pronto, de hablar del tema. En las redes sociales se interrumpió la subida de vídeos de incendios, agresiones, saqueos y estatuas derribadas, arrastradas, decapitadas o arrojadas a estanques, a lagos o al mar. Y apenas un mes después nadie hablaba de ello, como si en tan corto espacio de tiempo todos lo hubieran olvidado. Este hecho, que resulta cuando menos curioso, me condujo a pensar en la “hipotética” razón que pudiera explicar tal “coincidencia”.

Por supuesto, si se quiere entender casi cualquier episodio histórico o suceso, veremos que en él suelen confluir distintos intereses, y que, por lo tanto, no debe ignorarse el viejo adagio latino Cui prodest; es decir, “¿a quién beneficia?”. Sin embargo, en lo que respecta al reparto de beneficios, gabelas, canonjías o privilegios tras la toma del poder en un proceso más o menos democrático, es fácil observar cómo éstos casi nunca alcanzan a la plebe que con la fuerza de su número aúpa a los verdaderos –y pocos– usufructuarios de la victoria. Si hablamos de ingratitudes, desde luego éstas alcanzan a más de lo que señala el título que encabeza estas líneas.

Porque, si bien es cierto que a las dirigentes de Black Lives Matter les ha ido muy bien económicamente alentando a sus huestes a la violencia, prestándolas como ariete de la campaña demócrata a las elecciones presidenciales de 2020, lo que es seguro es que el pueblo estadounidense no obtuvo beneficio alguno de aquellos disturbios. Antes bien, al contrario. ¿O acaso los exquisitos lectores de los medios progres de ambas costas pretenden que los millones de americanos damnificados por los disturbios quedaran complacidos ante el desolador escenario de semejante devastación? Desde luego no los familiares de las víctimas asesinadas; ni los que vieron saqueados sus comercios. Ni nadie que tuviera que contemplar, impotente, la destrucción de su patrimonio histórico-artístico en sus parques, calles y plazas. ¿De qué habrían de estar satisfechos? ¿Del cambio de gobierno?

Como antes mencionábamos, ni siquiera muchos de aquellos desgraciados que participaron en aquélla orgía de destrucción sacaron ni sacarán beneficio alguno de quemar las calles. ¿Y puede acaso sorprendernos? ¿Es novedoso que los que mueven los hilos desde cómodos sillones, sólo vean a la masa como instrumento manipulable? Pues claro que no. Lo lógico es que las elites sean ingratas con esa masa anónima que mueven a su antojo y que desdeñan enteramente bajo distintos nombres peyorativos como “chusma”, “muchedumbre”, “plebe” o “populacho”.

Recuérdese, por ejemplo, cómo la mayoría de los medios de comunicación silenciaron a las víctimas de la ola de violencia por ellos alentada; estigmatizando a quienes, en solidaridad con los asesinados y sus familias, esgrimieron la divisa “All lives matter”. De “Trumpistas” se les acusaba a todas horas, queriendo significar “fascistas”, para amordazarlos.

Dicho lo anterior, lo cierto es que los altercados provocados que llevaron al poder al candidato del Partido Demócrata el 3 de noviembre de 2020, dejaron a la postre una huella más palpable y duradera que las múltiples víctimas y el nuevo gabinete encabezado por un presidente senil. Y nos referimos aquí al cambio en la fisonomía de las calles resultado de la damnatio memoriae en todo el país. Algo que supone, de facto, una modificación del imaginario colectivo, con mucho mayor alcance que un cambio de presidente, en tanto afecta a los símbolos de la Patria y la memoria colectiva de la propia Historia.

¿Y qué parte de esa Historia se ha visto más dañada sino la que atañe al legado de los españoles, tan fuerte y florido en unas tierras descubiertas, evangelizadas, educadas y cuidadas por España durante siglos?

Una vez más el ataque a los símbolos de la Hispanidad se han acompañado de la vieja monserga de la Leyenda Negra, tan querida por los anglosajones y arrojada una y otra vez contra nosotros sin la más mínima vergüenza. Una fórmula recurrente y cansina hace mucho, como decía el gran escritor y embajador de España en los Estados Unidos Juan Valera frente los que preparaban el terreno para someter Cuba bajo la bota yanki: “Lo de la Inquisición es una cantaleta que nos están dando los extranjeros desde hace mucho tiempo, y que nos tiene ya tan aburridos, que casi justifica que algunos españoles se pongan fuera de sí, y en apariencia, se vuelvan locos, aunque sean sujetos de mucha madurez y juicio”. (Juan Valera, Madrid, 1896, en Estudios críticos sobre historia y política, Red Ediciones, Barcelona, 2012, p. 95).

Anticipando que el aliento de los estadounidenses a la rebelión en Cuba no pretendía el bien de los cubanos: “Las acusaciones del señor Clarence King son menos razonables aún que las de Draper; pero como llevan el propósito de excitar en los Estados Unidos el odio y el deprecio contra España y de favorecer a los rebeldes de Cuba […] creo que algo conviene decir contestando […], aunque la defensa que haga yo de España sea ligera, desenfadada y de broma, ya que el artículo del señor Clarence King no merece refutación más seria y detenida”. (Op. Cit. p. 93).

De hecho, la independencia de Cuba de la Madre Patria sólo favorecía los intereses económicos estadounidenses, pero ni mucho menos perseguía liberación alguna cuando esa “libertad” sólo España la garantizaba, como bien se afirmaba en nuestra Constitución de 1812, “para todos los españoles de ambos hemisferios”. Algo que también recordaba Juan Valera: “Lo malo es que bien se puede apostar uno contra mil a que ese estado de florecimiento y de grandeza no llegará para Cuba, ni en muchos siglos, si prematuramente y con marcada y notoria ingratitud lograra separarse de la metrópoli”. (Ibíd. p. 105).

Pese a que nuestras escuelas estas cosas no se enseñan, España tuvo un papel fundamental en la emancipación norteamericana de la corona británica. Recuérdese aquí a Bernardo de Gálvez (1746-1786), proclamado Ciudadano Honorífico de los Estados Unidos por sus decisivas acciones entre 1779 y 1781 para la expulsión de los británicos de la Florida. Una distinción que hasta hoy sólo ostentan ocho no estadounidenses y que a este paso cabe imaginar que pronto se verá menguada.

Algunos afirman que la ingratitud estadounidense y su voracidad ya fueron anticipadas muy poco después de su independencia, y que pudo haberse evitado no contribuyendo a la misma. Se invoca en este sentido el supuesto memorial de Aranda de 1783, donde se afirmaba: “Esta república federal (los EEUU) nació pigmea, por decirlo así, y ha necesitado del apoyo y fuerzas de dos estados tan poderosos como España y Francia para conseguir la independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante y aun coloso temible en aquellas regiones. Entonces olvidará los beneficios que ha recibido de las dos potencias, y sólo pensará en su engrandecimiento. La libertad de conciencia, la facilidad de establecer una población nueva en terrenos inmensos, así como las ventajas de un gobierno naciente, les atraerá agricultores y artesanos de todas las naciones; y dentro de pocos años veremos con verdadero dolor la existencia tiránica de este coloso de que voy hablando. El primer paso de esta potencia, cuando haya logrado engrandecimiento, será el apoderarse de las Floridas (Oriental y Occidental) a fin de dominar el golfo de México. Después de habernos hecho de este modo dificultoso el comercio con la Nueva España, aspirará a la conquista de este vasto imperio, que no podremos defender contra una potencia formidable establecida en el mismo continente y vecina suya”.

Dejando aparte las dudas razonables señaladas recientemente por José Antonio Escudero en su libro El supuesto memorial del conde de Aranda sobre la independencia de América (Universidad Nacional Autónoma de México, 2020), acerca de la autoría de Aranda del citado memorial, lo cierto es que confirma que, bien en 1783 o bien en 1825, ya se anticipaba la pérdida de la América del Norte a manos de quienes habíamos ayudado a alcanzar la independencia de Gran Bretaña. Poco importa aquí que el texto divulgado en círculos liberales en 1825 –cuarenta años después de su presunta escritura–, no fuera obra de Aranda, ni, por lo tanto, tan visionario como se pretendió por quienes lo esgrimieron entonces como aval de sus propias tesis. En cualquier caso, retrata con nitidez lo que era evidente, al menos, en 1825; es decir, setenta años antes de la independencia de Cuba alentada por los Estados Unidos.

No seremos tan injustos para olvidar la defensa del legado español por parte de algunos estadounidenses como Charles Fletcher Lummis –Los Exploradores españoles del Siglo XVI (1893)– o Stanley George Payne –En defensa de España: desmontando mitos y leyendas negras (2017)–, pero su admirable labor, por lo excepcional, no ha impedido que la demagogia y la ingratitud se impongan.

La manipulación de las masas ha sido una constante en la Historia, pero ¿es posible una manipulación tan descarada ante nuestros ojos? Si bien parecía demasiado evidente, burda y criminal la maniobra de alterar el escenario preelectoral violentando la convivencia hasta el punto de desatar el caos, la destrucción y la muerte de tantos ciudadanos, la función de los medios en alentar un estado de opinión y de pronto, poner punto final, es, más que llamativo, escandaloso.

Toda la destrucción desatada ha borrado de un plumazo el mismo hecho fundacional de América, incluidos los EEUU.

En estos tiempos –como dicen complacidos y escandalizados nuestros melifluos progres, “¡en pleno siglo XXI!” –, en que el objetivo de unas elites globalistas parece ser la destrucción de las naciones en aras de un gobierno mundial, quizá haya quien tenga el triste y tonto consuelo de que nadie recuerde su propia Historia. Pero es probable que ese “hombre nuevo” desasido de sus raíces sólo sea valorado como un consumidor y una simple, insignificante y reemplazable pieza del sistema, con los mismos derechos que un autómata.