Un servidor ha sido jugador de fútbol, entrenador, directivo (menos mal que no he sido árbitro), y he tenido que oír de todo. Estoy en condiciones de asegurar que los insultos en el fútbol están a la orden del día. Y eso que sólo me moví en categoría regional, mucho más y peor será en el fútbol profesional.

   Alguien dijo que el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos. Un juego a base de roces, encontronazos y forcejeos se presta en efecto a enfrentamientos más o menos airados entre rivales, y unos arbitrajes tan subjetivos y variables forzosamente nos tienen que traer expresiones de discrepancia y oposición contra los árbitros. Es la esencia del juego, el fútbol es así.

   Los jugadores dentro del campo se dicen de todo, incluso entre los de un mismo equipo si a mano viene, y si no acaban a bofetadas entre ellos es por miedo al árbitro y al comité de competición. Pero lo que se diga en el campo, en el mismo campo se queda. Ésta es una regla básica no escrita y de todos aceptada. Después de haberse enfrentado de palabra, incluso mediante palabras irrepetibles en un periódico, al acabar el partido se saludan los jugadores rivales entre sí con mucha camaradería y urbanidad, como si no hubiera pasado nada.

   Pero es que el otro día un jugador negro (¿se puede decir así, o hay que decir de origen africano?) acusó a uno blanco (¿se puede decir blanco en contraposición a negro?) de haberle llamado “negro de mierda”. Y el ofendido le fue con la reclamación al árbitro. El cual tendría que haberle dicho, más o menos: “¿A mí te me vas a quejar de insultos? ¡A mí!”

   Las normas recibidas de la Federación Española, la cual las recibe de la Federación Internacional (alias la Fifa), que las recibe a su vez de la masonería comprometida con la africanización de Europa, establecen que el árbitro, mientras tiene que oír toda clase de improperios desde la grada a sí mismo dirigidos, si oye un insulto a un negro, tiene que parar el partido y redactar acta para que la Federación proceda, si es el caso, al cierre del estadio, a darle por perdido el partido al equipo local y a restarle puntos. ¡Y todo eso por llamarle cualquier chorrada a un negro!

   Acerca de lo presente, todos los días en todos los periódicos siguen a vueltas con el caso, y es que el blanco acusado por el negro niega los hechos que se le imputan. Como para no negarlos, pues se enfrenta a una suspensión de su licencia federativa de entre dos y cinco años. Hasta cinco años privado de su medio de vida por haber insultado a un negro. Ni que decir tiene que si fuese un blanco el insultado, ni nos habríamos enterado.

   En Inglaterra, por lo que he podido leer en periódicos políticamente incorrectos (los correctos no lo mencionan), ya ha habido quien ha ido a parar a la cárcel por haber contendido de palabra con un negro, llamándose de todo uno a otro.

   Y es que resulta que ahora los agentes de la africanización de España, desde sus puestos en la prensa o en la federación, no aciertan a probar la veracidad de la acusación, sino que tienen el delito pero no al culpable. Tienen comprobado que el insulto está dicho, pero no tienen al insultador.

   En las ligas europeas, sobre todos en las primeras divisiones, cada vez se ven más negros. El otro día estuve viendo un partido de copa de Europa entre un equipo de París y otro de Múnich. Más negros que blancos sobre el terreno. De seguir así, el fútbol en el mundo va a ser cosa de negros, del mismo modo que el ciclismo es deporte de blancos. Pues bien, ¿y si ahora resultase que el autor de los insultos al negro hubiera sido otro negro?

   ¿Le iban a suspender durante dos, tres, cuatro o cinco años, por racista? 

   ¿O es que un insulto sólo es reprobable y perseguible de oficio únicamente cuando el insultado es negro y el insultador blanco?

   Porque los negros también riñen entre sí, también se llaman de todo, se pegan y se matan. No sé si será probable, pero sí es posible que el autor de ese dicterio de “negro de mierda” hubiera sido otro negro. ¿Qué pasaría en ese caso?

   Sea como sea, ¿por qué el negro tiene que ser especie protegida en países de blancos?

   En mi pueblo no hay ovejas, pero allí decimos, como en cualquier otra parte, que no se pueden mezclar churras con merinas. Ni blancos con negros. La convivencia entre individuos de distintas razas por fuerza ha de generar enfrentamientos y rechazos mutuos. Lo dan las respectivas naturalezas. Dios nos ha hecho diferentes, por eso tenemos en el mundo distintas razas, que lo son no sólo en el color de la piel. El color es lo de menos, las diferencias son muy profundas e irreconciliables. Si Dios nos quisiera iguales, no nos habría hecho blancos ni negros, sino todos grises. Mas no es así, y lo que no pueden hacer los globalismos es enmendarle la plana a la naturaleza, por no decir al mismo Dios.

   Yo soy de los que quieren una Europa europea, no africana; y cristiana, no musulmana. ¿Es tan reprobable esta actitud?

   Yo vivo en el extremo septentrional de España, al otro lado geográfico de las puertas por donde se cuelan (nos cuelan a) los inmigrantes clandestinos, en un pueblo más pequeño que grande. Y yo aquí cada vez veo más negros, no sé de dónde salen tantos. Imagino cómo estarán las ciudades grandes meridionales. Y cada vez llegan más. Y más y más. ¿Hasta cuándo? Pues hasta que toda Europa sea un continente negro y musulmán, o al menos mixto en raza y religión. Europa y África serían lo mismo, sólo se distinguirían en el clima y en el paisaje. África del Sur, o África propiamente dicha, más el África del Norte, o África Europea. Y a todo esto contribuyen no sólo las autoridades en las sombras del Nuevo Orden Mundial y nuestros gobiernos del PPSOE atentos a sus designios, sino también el mismísimo santo padre de Roma, el inefable Papa Paco, que parece que también se ha propuesto islamizar Europa, o por lo menos no parece que tenga intención de oponerse.

   ¿Estamos perdidos? Lo digo entre signos de interrogación porque esperanza todavía queda.