«Y si hay que empezar de cero, pues se empieza».

Mario Benedetti.

Érase una vez, en mayo de 2014, se produjo un hecho histórico en España: una cenicienta formación política recogía el desencanto de los ciudadanos y obtenía cinco escaños tras presentarse por primera vez a las Elecciones al Parlamento Europeo. Aquello acabaría suponiendo la aparición de varias hermanastras ―Ciudadanos y VOX― consolidando la que parece la ruptura definitiva del reinado de un bipartidismo que había permitido que sus madrastras ―PP y PSOE― participaran de una suerte de monopolio democrático vergonzoso a la par que, en ocasiones, con acciones delictivas por parte de algunos de sus miembros ―recordemos, p. ej. el asunto de los ERE en Andalucía o el caso Gürtel.

Este acontecimiento sentó las bases de un nuevo escenario político en el que los nuevos actores de los viejos y nuevos partidos parecen participar en un concurso de popularidad consistente en ganar votos, incluso en una situación de crisis de Salud Pública.

Antes de continuar, déjenme decirles que he empleado las palabras «escenario» y «actores» con un tono amable pero con intenciones poco condescendientes. Porque estoy asombrado, indignado y hastiado con la pobreza argumental y con tanto punto de giro sinsentido de quienes están gestionando el asunto de la COVID19, dentro y fuera del equipo de Gobierno. Nuestros políticos parecen estar produciendo una película de terror de serie Z pensando en pisar la alfombra roja (sic) para llevarse un Óscar ―es decir, el premio de los votos en las urnas― sin ser conscientes de que lo único que merecen es repartirse los Premios Razzies en las categorías principales. En España siguen subiendo los casos y cada uno va lo suyo dejando al aire sus vergüenzas, como si protagonizaran El traje nuevo del emperador, aquel cuento de hadas de Hans Christian Andersen.

Mientras, la capital de España no se cerraba hasta comienzos de octubre, se abría un debate sobre la monarquía,  se convocan concentraciones poniendo en riesgos innecesarios a la ciudadanía ―a la vez que nos obligan a restringir las reuniones sociales (sic) ― y, sí, se están produciendo algunos avances sociales, pero siguen sin afrontar con eficacia el problema más elemental: la pandemia.

La ciudadanía continúa sin comprender a quién corresponden las competencias, y promulgamos y apoyamos las diferentes consignas partidistas imaginando cuáles son sus verdaderas intenciones. Pero ignorándolas.

Tengamos un poco de sentido común: ¿qué es más importante la pandemia o la economía? ¿No creen que se están equivocando en la elección de prioridades?

Querido lector: si tuviera que hacer un único diagnóstico, ¿cuál piensa que es el problema fundamental? Para mí es obvio: la falta de recursos, en todas las áreas. Y esto no lo justifica una pandemia, viene de mucho más atrás. Ya van retrasados en la gestión de la COVID19, podían haberse evitado muchas muertes con una política de prevención adecuada. ¿A qué esperan para tomárselo en serio?

Todo apunta a que se avecinan cambios más profundos. Ojalá sean para bien.

Cuando todo esto termine, yo ―como otro ciudadano iluso al que ignorarán y ejerciendo mi derecho constitucional a expresar mi opinión en libertad (mejor no hablar de la Ley Mordaza) ― propongo los siguientes:

Primero: Asuman responsabilidades.

Segundo: Cambien el sistema electoral por uno más equitativo y hagan listas abiertas.

Tercero: Dimisión en bloque del Gobierno y de la oposición. 

Cuarto: Convoquen elecciones (y vuelvan a presentarse si quieren).

Quinto: Preserven la independencia del sistema judicial.

Etc, etc, etc…

Como decía Groucho Marx, refiriéndose a los principios: «si no le gustan estos, tengo más». Es obvio que se están equivocando: empiecen de cero y dejen de contarnos cuentos.