A principios de 1964 Bob Dylan lanzó una canción titulada "The Times They Are a-Changin” -en español “Los tiempos están cambiando”-, que apareció en el álbum del mismo nombre. El cantautor americano, referente de la música folk y de la que por entonces era llamada “canción de protesta”, consiguió con ella convertirse en un referente cultural del siglo XX, y su balada todo un símbolo de la época.

Una de sus estrofas rezaba: “Vamos, escritores y críticos, que profetizáis con vuestras plumas, mantened los ojos abiertos, la oportunidad no se repetirá. Y no habléis demasiado pronto, porque la ruleta todavía está girando. Y nadie puede decir quién es el designado. Porque el ahora perdedor, será el que gane después. Porque los tiempos están cambiando”.

Y vaya que los tiempos que estaban cambiando. Cambiaron y no han dejado de hacerlo desde entonces. Ese complejo proceso político, económico, social y cultural que anunciaba su música tomó una velocidad inusitada, perniciosa y dañina, sobre todo a partir del 68, dando lugar al comienzo de la mutación ideológica de la izquierda clasista en pequeñoburguesa, antiautoritaria y disgregadora. Con la caída de la URSS y las tiranías comunistas, a poco más de veinte años después del Mayo Frances, y del despliegue abrumador del poderío de las elites oligárquicas del capitalismo financiero internacional, la izquierda, en un acto de travestismo ideológico, se reconvirtió en el llamado progresismo, adoptando lo peor de ambos sistemas y visiones del mundo. Hoy se ha fundido en el pensamiento único del globalismo junto a sus ex enemigos de clase, el capital financiero sin patria ni fronteras.

Del internacionalismo proletario al internacionalismo financiero de minorías variopintas para integrar el complejo sustento ideológico de un nuevo orden mundial en ciernes: una sociedad de sujetos víctimas a gusto del consumo innecesario, del confort permanente y el placer individualista inmediato que aplacan su mala conciencia con una moral de publicidad de ONG. De sujetos que ejercen el mentado compromiso social y la solidaridad desde Tweeter, predicando el buenismo y la tolerancia con la suficiente conectividad y distancia de seguridad para los que sufren en carne propia la miseria, la esclavitud, el dolor y la muerte desde el otro lado de la pantalla del smartphone. En definitiva, se ha instalado una hipocritacia de elites gestionada por mediocres, impulsada, aceptada y homologada desde los organismos internacionales para el bien de toda la humanidad. 

Algo más de medio siglo después del éxito musical de ese joven rebelde y contestatario que hoy es un anciano Premio Nobel de Literatura, los tiempos siguen cambiando y a pesar de que lleven ventaja los que pretenden un mundo sumiso, obediente y uniformado, “la ruleta todavía está girando” según la poesía de Bob Dylan.

¿Sigue siendo útil intentar interpretar la realidad con las clásicas categorías de izquierda y derecha nacidas en la Revolución Francesa?

De acuerdo con la cultura dominante, los principios y valores sociales globalmente admitidos, son la herencia del lema revolucionario francés de Libertad, Igualdad y Fraternidad de 1789. Por lo tanto, la izquierda tiene como tarea promover la igualdad entendida como socialismo, la derecha la libertad entendida como liberalismo y la fraternidad como un catolicismo entendido como solidaridad sin trascendencia y selectiva con la inmigración anómica y descontrolada.  

Hoy el rechazo a este esquema impulsado desde las más altas esferas política internacionales y sus terminales mediáticas, convierten inmediatamente a quien lo denuncie en un disidente al margen de la ley, un outsider, un marginado, una especie de forajido peligroso para la utópica sociedad multicultural, tolerante y de progreso de la gobernanza mundial. En el nuevo esquema de poder, la izquierda y la derecha son categorías obsoletas pero que aún sirven parcialmente para interpretar el mundo actual mediante sus rescoldos y la herencia cultural de su agónica cultura política.

Hoy lo que podríamos considerar como la derecha de raíz conservadora vinculada a la tradición, a los principios de la ley natural, relacionada con los valores, sagrados, metafísicos, espirituales y no financieros, materiales y capitalistas, carece de los valores políticos de la confrontación por el poder mezquino del sistema. Esta derecha está más cerca de la apolitia, o de la metapolítica, que de la lucha electoral y la moqueta. Una posición que es connatural a sí misma y fiel a sus principios.

Pero ese sector aún podría jugar un papel importante en lo que podríamos denominar como batalla cultural. En realidad, hablamos de una cultura de La Derecha, con mayúsculas, que tiene un cierto vínculo natural con lo que hoy se ha dado en llamar soberanismo, ligado a la identidad y el patriotismo, o ese populismo de derechas que tiene diferentes manifestaciones en Europa y el resto del mundo. Ahí se encuentran hoy esas llamadas mayorías silenciosas que muchas veces nos han sorprendido cuando se manifiestan cuando nadie las espera y cuyas motivaciones se alojan en el corazón y en la mente de millones que callan y trabajan y que comparten silenciosamente un pensamiento común, que es una visión del mundo diferente, que no es la oficializada por los Mass Media. Ese sustento se hace sentido común y cuando toma cuerpo deja al descubierto la manipulación y la mentira de los poderosos.

IZQUIERDA_DERECHA

La izquierda también tiene su universo y sus categorías políticas son diferentes y contrapuestas. La izquierda rechaza el mérito, la jerarquía y lo sagrado. A ello opone el igualitarismo, el democratísmo global de secta, lo material y lo profano. No concibe la trascendencia y lo sagrado, el hombre y la técnica ocupa el lugar de lo divino y sagrado con derecho a todo deseo, sin límite, nación, frontera y ahora ni siquiera sexo ni especie. La izquierda, hoy la mejor aliada a la élite tecnofinanciera liberalcapitalista necesita arrancar las raíces que unen al hombre con su comunidad y a la comunidad con su pueblo, nación y estado para la construcción de una nueva civilización transhumana, igualitarista y colectivista con la tecnología más avanzada del control de las finanzas globalistas.

Existen también cruces heterogéneos, transversales e incluso heréticos entre estas dos concepciones acerca del mundo y la sociedad y que incluso en un determinado grado y momento podrían enriquecer el desarrollo de movimientos alternativos frente a los poderes plutocráticos.

Hoy el mundo transcurre por un tortuoso camino que ya ha roto el esquema de izquierda – derecha. La cosmovisión del hombre en sociedad y la lucha por la prevalencia de modelos pasa por los que apuestan todo a la globalización y los que lo hacen por la comunidad soberana de los pueblos. La disputa es entre los que aspiran a vivir un presente sin fin y materialista, y los que apuestan por un mundo en relación con sus raíces y su pasado para avanzar hacia el futuro. Hoy el conflicto está planteado entre los que buscan en el origen, el mito y la eternidad el hacer comunidad y civilización, y los que luchan en el presente por construir un paraíso utópico en la tierra, un universo temporal tecnocrático. En definitiva, particularismo e identidad vs universalismo uniforme.

Es posible cambiar aún el rumbo de lo que parece ineludible. Si, es posible pero no es fácil. Una nueva clase dirigente sería necesaria para poder dar el primer paso en sentido contrario al abismo, y una auténtica voluntad comunitaria que no acepte el servilismo del cómodo bienestar de la simple supervivencia. Habría que lograr un consenso comunitario desde las aldeas y pueblos más recónditos a las megalópolis más desarrolladas con el fin de recuperar una naturaleza perdida, las tradiciones, las culturas y las identidades para volver a sentirse auténticamente humano en familia y comunidad, con la fe en la descendencia y la trascendencia. Como está escrito en nuestros genes.

No olvidemos que “Los tiempos están cambiando”: “Vamos, senadores y congresistas, por favor presten atención a la llamada. No se queden en la puerta, no bloqueen la entrada. Porque el que salga herido, será el que se quedó atascado. Hay una batalla ahí fuera, y es atroz. Pronto sacudirá vuestras ventanas, y hará vibrar vuestras paredes, porque los tiempos están cambiando”. Y no dejaran de hacerlo, eso sí, que sean en el sentido correcto. En gran parte también depende de nosotros.