Desde que era pequeño, entre los amigos, en muchas ocasiones se decidía alguna cuestión “a votos” y el resultado ninguno lo cuestionaba. Siendo mayor, la decisión dentro de un grupo de amigos también se tomaba según el parecer de la mayoría y el método no ofrecía dificultad ni objeción alguna. Igualmente he vivido votaciones sin que nadie ponga en duda el resultado, aunque en todas las Comunidades a algunos les resulte equivocado, desde las de vecinos hasta las de regantes, pasando por las asociaciones de diversos asuntos o las sociedades empresariales.

El resultado de la votación, siempre lo he vivido como algo que no se discute, sin embargo me he encontrado muchas veces con opiniones que cuestionan la condición  de ”demócratas”  a los españoles. Siendo la democracia la participación de las personas, o del pueblo, en los asuntos comunes, he tenido también experiencia de desinterés por lo común como, por ejemplo, es frecuente que a las Juntas de vecinos asista la quinta parte de los convocados o que las Asambleas de instituciones cuenten con igual o menor asistencia, siendo estos síntomas del bajo interés que suscitan como lo refrenda el que los convocados no dediquen tiempo alguno a hablar de lo tratado en la Junta o en la Asamblea. No les interesa.

En política la participación es singular. Todos hablan o critican los asuntos que les afectan y lo hacen tan apasionadamente que en no pocas ocasiones generan enemistades o dificultades para hablar de esos temas, y en las reuniones familiares o de amigos no es raro recurrir al pacto previo de “no se puede hablar de política”. Dejando al margen la baja participación en los procesos electorales, y atendiendo a mi experiencia en lo referente a la participación política, no he tenido más remedio que admitir mi indefensión cuando reflexiono sobre mi responsabilidad cuando estoy en desacuerdo con un Parlamento elegido tras unas elecciones y de un Gobierno que del parlamento dimana. Si he votado en blanco, o me he abstenido de votar, el interlocutor de mi conciencia me dice “no te quejes; haber votado”; por el contrario si el Parlamento está mayoritariamente formado por diputados del partido al que yo he votado, el interlocutor de mi conciencia me dice “no te quejes; les has votado”; si, por el contrario a los Diputados mayoritarios no les he votado, el interlocutor de mi conciencia me dice “no te quejes; la democracia es así, si tu opción ha perdido, tienes que aceptarlo ”.

Parece que uno está condenado a bajar la cabeza y a callar ante el argumento de que la situación la ha decidido el pueblo, que es esto consiste la democracia, y que por tanto el pueblo es el responsable y tiene el Gobierno que elige y, por tanto, el que se merece. Sin embargo oigo con cierta frecuencia que España no se merece los Gobiernos que tiene, lo cual me debería llenar de perplejidad, pero no puedo dejar de pensar que yo no he elegido a mis representantes, porque me han obligado a optar por listas de candidatos, elaboradas por las ejecutivas de los partidos con candidatos, en su gran mayoría, desconocidos para mí; si en alguna rara ocasión he elegido a alguien que me inspira confianza, resulta que sé que va a estar sometido a la disciplina de voto en  asuntos que considero de importancia, lo que me resulta inaceptable. ¿Cómo voy a considerarme responsable de la configuración del Parlamento y consecuentemente del Gobierno con estos condicionantes? Voy a protestar al interlocutor de mis conciencia y le voy a decir que me siento preso en un sistema que no me posibilita la participación como cuando, de pequeño, decidía los asuntos “a votos”.