Corren tiempos convulsos y se hace necesario analizar los poderes que nos gobiernan. Si estamos siendo conducidos hacia un totalitarismo o si, quizá, y sin saberlo, ya lo estamos.

Conviene en este punto recordar la etimología y significado de la palabra tiranía. El término procede del latín, «tyrannus», y viene a significar gobernante ilegítimo. En la antigua Grecia, era el poder absoluto, ejercido por un gobernante al que Aristóteles y Platón llamaron «el tirano», ya que era éste quien ostentaba el poder no de iure (por derecho), sino de facto (de hecho, incluso por la fuerza).

En cambio, para el hombre contemporáneo, el de hoy, la tiranía la identifica como un uso abusivo y cruel del poder político, que éste, sin estar legitimado para ello, se lo ha usurpado al pueblo. Considera por tal no sólo un poder ilegítimo en origen, sino además injusto por su ejercicio, puesto que doblega a la oposición política, ejerciéndose el monopolio de la verdad y sobrellevando al pueblo a una cuasi dictadura, bajo el paraguas de la apariencia de democracia, cuando, en esencia, es tiranía del Gobierno y/o tiranía parlamentaria, con la aquiescencia del Poder Judicial, no quedando determinada la separación de poderes, ni establecida la garantía de los derechos. Así sucede en este momento en el todavía reino de España. Recuerdo, ahora, aquella frase de sentencia a muerte del otrora maestro de maestros Antonio García-Trevijano cuando afirmó que: «Todos los partidos actuales son dictatoriales y tiránicos». Creo que no se equivocaba mucho.

¿A caso no le resulta sorprendente al ciudadano de a pie, aunque sea lego en Derecho, que el Gobierno pretenda que el Estado de Alarma tenga una duración de seis meses teniendo éste, tan solo, que rendir cuentas de su gestión una sola vez en el Parlamento, basándose en una posibilidad futura, no acreditada, que es la de vencer a la pandemia? Claro que resulta inaudito, porque la iniciativa es inconstitucional. La miremos por dónde la miremos, seis meses de alarma significarían multiplicar por tres el Estado de Excepción, devaluar el control democrático al Gobierno y un asalto sin precedentes al principio de proporcionalidad en el Régimen del 78. Del mismo modo, también hay tiranía cuando los españoles no podemos tener reuniones de más de seis personas y tenemos que guardar distancia entre nosotros, y no podemos celebrar eventos y, en cambio, esta clase privilegiada, despótica y tiránica se permite el lujo de celebrar una cena-gala para 150 invitados el mismo día en el que España decretaba el segundo Estado de Alarma.

Lo más grave de todo es que se está aprovechando el terror de la gente para establecer una dictadura comunista, liderada por un socialista, muy similar a lo que en su día abanderó Largo Caballero, el «Lenin español», el mismo sujeto que nos condujo a la Guerra Civil española. El mecanismo para llevarnos a la tiranía es idéntico al que se utilizó en la Venezuela de Chávez, esto es ir publicando leyes excepcionales hasta subsumirnos en la dictadura del gobierno central y en el absolutismo de las taifas de los 17 reinos. Es la descarada socialización del despotismo.

Decía Aristóteles que «el tirano no velará por el bien común, ni verá a sus conciudadanos como iguales ante la ley, más por el contrario, no escuchará las demandas ciudadanas. El sometimiento de la ley a sus caprichos hace que el resto se convierta en súbditos, siempre preferirá tener de aliados a los extranjeros y no a los conciudadanos, por considerar a aquellos amigos y a éstos enemigos». Advertida la argucia, el mismo filósofo nos reveló el secreto para erradicarlas: «las tiranías se derrocan con la ciudadanía pensando, con fe en sí mismos y con fuerza».

Hagámosle caso: es el momento de pasar de la palabra a la acción, de no rendirse y de acabar con esta tiranía.