Uno de los temas que más cafés han comprometido en las mesas de discusión de los contertulios es el de las conspiraciones. El abanico de opiniones se abre desde el escepticismo más llano, hasta el fanatismo más empecinado. Es decir: hay quienes descreen que la maquinaria social, estatal, cultural, global - o como se la quiera considerar - sea el resultado de un plan orquestado por pocas mentes, con muchas manos a disposición, bajo el imperio de una voluntad de molde general para toda la humanidad, y quienes afirman que la última llovizna que mojó sus impermeables fue meditada y decidida por el citado conciliábulo secreto.

El aurea mediocritas que inspiraba la poesía horaciana podría servirnos de balanza en este caso en particular. Pero, transcurridos más de dos mil años, esa concepción deberá permitirnos que destaquemos algo que el buen poeta no pudo saber: hay un mundo interconectado al máximo, organismos supranacionales que imponen políticas “universales” e intereses macroeconómicos que jamás pierden control de sus finanzas.

En 1951, el filósofo Bertrand A. W. Russell (1872-1970), a la sazón, tercer conde de Russell, escribía lo siguiente: 

“Dieta, inyecciones y mandatos se combinarán, desde una edad muy temprana, para producir la clase de carácter y la clase de creencias que las autoridades consideren deseable, y cualquier crítica seria de los poderes existentes se tornará psicológicamente imposible. Incluso si todos son miserables, todos se creerán felices, porque el gobierno les dirá que lo son.”

La frase no se incluye, lamentablemente, en un documento de denuncia, sino en un escrito sobre el avance científico y tecnológico que se viviría como un progreso inexorable. Una humanidad menos humana, es decir, ajustada a los cánones de una planificación detallada, será el resultado del progreso material que se tornará absoluto. Para ello, la agenda oficial – carta mundial de un sistema global hacia la felicidad por decreto – habrá de considerar algunos pequeños puntos:

            1) Reducir y / o controlar la población mundial. (¡Ah, los hijos de Malthus!).

            2) Acabar con las diferencias culturales entre comunidades (Mc Donalds para     todas, todos, todes).

            3) Someter a los grupos díscolos con membretes fáciles de discernir para la masa ortega – gasseteana (Fascistas, fundamentalistas, marxistas no adaptados).

            4) Disolver la natural diferencia entre el hombre y la mujer (Ojo, no es el andrógino platónico que busca su unión metafísica).

            5) Ofrecer una educación práctica sin alcance reflexivo (Adiós a la filosofía, la     gramática, la matemática abstracta… etc.).

            6) Borrar de la memoria personal y colectiva toda idea de héroe, gesta,    aristocracia, belleza, trascendencia (¿Vieron que feos son los templos que se erigen para los cultos? De arte, directamente, ni hablemos).

            7) Otorgar derechos de papel pintado que garanticen todos sus ejercicios, tantos que ya no se sepa que es una obligación, o bien, que las minorías dominen a las    mayorías (Una democracia de voto secreto, pero de la que se pueda predecir el   resultado sin alteraciones valiosas).

¿Es el resultado de una conspiración? Cerraré esta breve nota con una cita de una novela, una novela fantástica, que no fue interpretada en su justo punto sino hasta que el siglo XX vio desarrollar sus peores pesadillas. Se trata de “Drácula” de Brian Stoker. Cuando están por atraparlo – aún, sin éxito – el conde Drácula les dice a sus perseguidores:

“—Creen ustedes poder confundirme... con sus rostros pálidos, como las ovejas en el matadero.

¡Ahora van a sentirlo, todos ustedes! Creen haberme dejado sin un lugar en el que poder reposar, pero tengo otros. ¡Mi venganza va a comenzar ahora! Ando por la tierra desde hace siglos y el tiempo me favorece. Las mujeres que todos ustedes aman son mías ya, y por medio de ellas, ustedes y muchos otros me pertenecerán también... Serán mis criaturas, para hacer lo que yo les ordene y para ser mis chacales cuando desee alimentarme. ¡Bah!” 

El plan es simple. Sólo falta que lo creamos. Dejo al lector en libertad de acción, como corresponde, de hacer las relaciones.