La misma confusión que los dos casos anteriores pueden provocar en los fieles de España y Estados Unidos, pueden sentir algunos fieles chilenos cuando escuchan al sacerdote Felipe Berríos. En una entrevista en el 2015 para el canal CNN de Chile, este sacerdote era preguntado acerca de su opinión sobre el matrimonio civil entre personas del mismo sexo, que en ese país empezaba el proceso para ser legalizado. Su respuesta no puede ser más llamativa: «me parece una excelente noticia para Chile. El Estado tiene que ser laico, lo cual no significa que tenga que ser un Estado antirreligioso. En este caso el Estado está garantizando los derechos de personas que tienen una orientación sexual distinta, y me parece excelente».

   Comencemos analizando estas palabras, porque al haber condensado otros muchos errores en apenas dos minutos de entrevista, es necesario rebatirlos por partes. ¿Qué puede pensar una mujer chilena que debido a su distanciamiento de la religión católica duda entre contraer matrimonio por la Iglesia o por lo civil? Pensamos que, al escuchar a este sacerdote, creerá que apenas hay diferencia, que es una mera cuestión de gusto, como elegir entre un vestido de boda u otro, y al escuchar que la persona que debería convencerla para bendecir su unión le recomienda otro lugar excelente, no dudará en acudir allí, sabiendo además que se le exigirán menos requisitos. Si el sacerdote Felipe Berríos fuera el propietario de un comercio, se le tacharía de imprudente al recomendar que la gente acuda a la competencia, donde los precios son más baratos; pero el caso es infinitamente más grave, pues teniendo parte en la administración de la Casa de Dios, donde se celebra el sacramento del matrimonio, se dedica a alabar las excelencias del Estado laico y sus matrimonios desmontables.

     Ya es extraño que un sacerdote diga que es una buena noticia que haya matrimonios civiles, ignorando que es una unión totalmente contraria a la Iglesia; pero que piense que es una buena noticia que se aprueben los matrimonios civiles homosexuales, es algo que ya entra en la categoría del esperpento. Siempre el hombre y la mujer que se han unido civilmente por elección podrán acudir a la Iglesia para hacerlo religiosamente; pero dos personas del mismo sexo que se unen en matrimonio civil, no tendrán forma de lograr el matrimonio en la Iglesia. Así, el sacerdote Felipe Berríos no sólo se alegra de que haya matrimonios civiles, algo que no es bueno pero es remediable con sólo llevar esa unión a la Iglesia, sino que se alegra de que esos matrimonios puedan darse entre personas del mismo sexo, algo que la Iglesia no podría admitir aunque se acudiera a ella. En el primer caso se alegra de las almas que con dificultad se salvarán; en el segundo, de las almas que casi con seguridad se condenarán.

     No menos extraña es la afirmación de que el Estado tiene que ser laico, sobre todo proviniendo  de un sacerdote. Admitamos de inicio que Felipe Berríos no es la esperanza en persona. Él asume como una necesidad que el Estado no sea católico, como si esa realidad no fuera más bien una

desgracia que algo que desear. El Estado laico no es otra cosa que la nacionalización de la indiferencia en materia religiosa, y sólo puede darse en aquellos lugares donde esa indiferencia ha llegado a gangrenar la mayor parte de la ciudadanía. Dos son los golpes al cristianismo sin los cuales sería imposible imaginar los actuales Estados laicos: en primer lugar la herejía protestante, que con su libre examen establece los fundamentos de la indiferencia, pues donde todos quisieron ser maestros, pronto nadie quiso escuchar; en segundo lugar la Revolución Francesa, que da origen a la libertad de cultos.

   Mucho se habla de las guerras que ha provocado la religión, pero sería hora de hablar de la sangre que ha sido derramada para instaurar los Estados laicos. Tanto el protestantismo como la Revolución Francesa tienen el indeseable honor de estar entre los movimientos más sangrientos de la historia, de modo que aquellas mismas personas que acusan a la religión de haber provocado guerras, contando entre ellas las originadas por la Reforma protestante, son las que elogian el Estado laico, que no podría haberse dado sin ella. Es así como imputan a la religión lo que podrían imputar con la misma razón a la falta de religión.

   Pues bien: este sacerdote, que seguramente habría sido quemado por el primer movimiento y guillotinado por el segundo (siempre que no hubiera abjurado de su fe a la primera amenaza), es el que nos dice que el Estado tiene que ser como es gracias a ellos. Cierto que se encarga de decirnos que no significa que el Estado deba ser antirreligioso, pero esas palabras no tienen ningún valor. La indiferencia religiosa es antirreligiosa, sobre todo en cuanto a la religión católica se refiere. Es estar contra ella serle indiferente, porque a quien no le preocupa que Dios se haya hecho hombre y haya muerto por nosotros, ese mismo está contra Dios. El que no está conmigo está contra mí (Mt 12,30). ¿Qué cree el sacerdote Felipe Berríos que podría responder a estas palabras de Jesucristo el Estado laico? «Yo no estoy contra Ti —le diría—, tan sólo me es indiferente que después de haber creado a los hombres hayas muerto por ellos; yo no estoy contra Ti, simplemente no me importa que te llenaran la cara de escupitajos, te desgarraran la espalda, te abofetearan, taladraran las manos y crucificaran; yo no estoy contra Ti, simplemente quiero usurpar tu Reino aquí en la tierra, evitar que los niños se acerquen a Ti y admitir a otros dioses en mi interior para que te hagan competencia; yo no estoy contra Ti, tan sólo he sido engendrado por mi padre el protestantismo, que desgarró con el cisma a tu Esposa, y por mi madre la Revolución Francesa, que te odiaba tanto como mi padre».

     Así es como el sacerdote Felipe Berríos cree que tiene que ser el Estado, y le parece excelente que ese Estado garantice los derechos de las personas que quieren unirse de un modo que la Iglesia católica considera pecaminoso. Pero dos minutos de entrevista con este sacerdote chileno dan para mucho. Después de haber respondido de esta manera, se le preguntó si creía que sólo debía haber un matrimonio homosexual civil, o si también debía ser religioso. Su respuesta: «lo que pasa es que ahí ya se entra en la doctrina de la Iglesia católica, y yo no soy quién, soy sacerdote de la Iglesia católica y eso debe discutirse dentro de ella. Entramos en otro tema complicado, lo importante es

ahora el paso del matrimonio civil homosexual, y dejar en claro, ya que me haces la pregunta, de que los homosexuales son hijos de Dios y son queridos por Dios tal cual como son».

   Cada uno debe reconocer sus limitaciones. Yo me reconozco incapaz de refutar los errores de este sacerdote a la velocidad y con la densidad con la que él es capaz de expresarlos. Todo es tan contrario a lo que uno esperaría escuchar ante una pregunta tan sencilla, que cuesta recuperarse de la conmoción inicial. Cualquiera esperaría que un sacerdote, al ser preguntado sobre un matrimonio que la Iglesia no acepta y que ni siquiera está en disputa, respondiera que tampoco él lo acepta. ¿Por qué nos dice que él no es quién? Claro que lo es. Él mismo nos dice acto seguido que es sacerdote de la Iglesia católica, y es por eso mismo que le están preguntando sobre un matrimonio que esa Iglesia en ningún momento contempla. No es ningún tema complicado, como quiere hacernos creer, sino uno muy sencillo. Los puntos 2.357, 2.358 y 2.359 del Catecismo son cristalinos y no dejan lugar a dudas. Por lo tanto, viendo que la doctrina no ofrece ningún problema en sí, debemos deducir que el problema lo tiene él con la doctrina, y tanto más grande cuanto sencillo hubiera sido reconocerla y aprobarla cuando es preguntado por un tema que está claramente referida a ella.

   Pero después de haber sido tan vago y prólijo en su respuesta, y como si no pudiera reprimir sus verdaderos sentimientos, nos dice que lo importante es que se haya dado el paso del matrimonio civil homosexual, con lo que deja entrever que su deseo sería que el siguiente paso fuera el

matrimonio religioso; y para dejar clara su intención, añade que los homosexuales son hijos de Dios y queridos por El tal como son. Esta última afirmación, tan ambigua como es costumbre en todos los sacerdotes de que estamos tratando, sólo hay que matizarla para darle un sentido totalmente contrario al suyo, y que por lo tanto será el verdadero. Que las personas homosexuales son hijos de Dios es algo que nadie ha puesto jamás en duda, y que por lo tanto no necesitamos aclarar. En cambio, que Dios los quiera tal y como son, dependerá de cómo entienda este sacerdote el verbo ser. Si se refiere a lo que son en cuanto a su naturaleza humana, está en lo cierto; pero si se refiere, como es evidente, a que abandonarse a su orientación y consentir el pecado es parte de su ser, entonces se equivoca. Cuando la Iglesia católica les pide que vivan en castidad, no está pidiendo que dejen de ser, sino que dejen de pecar con todo su ser.

     Pero que este sacerdote no se está refiriendo a la vida en castidad que les propone la Iglesia católica, queda aclarado en las palabras con que termina su respuesta: «si ellos están enamorados, siempre donde hay amor está presente Dios también». Ya hemos hablado con ocasión del padre Ángel del modo en que entienden estos padres el amor, y no voy a volver a recordar aquí los matrimonios surrealistas que se han llevado a cabo según su definición moderna. Quizás el sacerdote Felipe Berríos posea algún códice desconocido del Nuevo Testamento, y donde nosotros leemos en la Primera epístola a los corintios: ¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni sodomitas, ni ladrones, ni ávaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios, él lea en cambio en ese códice:  Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni sodomitas (excepto si están enamorados). Comparta con nosotros ese códice, si lo tiene, o deje de blasfemar para poner a Dios allí donde al mundo moderno se le ocurre decir que hay amor.

   No crea que negamos la omnipresencia de Dios; sabemos muy bien que Dios está en todas partes, pero también sabemos que no por ello justifica todo lo que se hace allí donde se encuentra, como si por el hecho de abarcarlo todo fuera a todo infiderente. Si Dios inspira

eso que este sacerdote llama amor, tenga a bien resolvernos por qué permitió que se condenara repetidas veces a lo largo de las Escrituras, pudiendo haber suspendido cualquier juicio al respecto. No es Dios quien ha querido confundirnos, es el sacerdote Felipe Berríos el que está confuso, y su mayor anhelo es confundir en la misma medida a cuantos fieles escuchen sus palabras.

   Veamos otra muestra tomada de una entrevista para el canal 24 Horas. Lo primero que llama la atención en ella es la visión que tiene este sacerdote de la Iglesia, de la que dice que debe acompañar al ser humano, no condenar y creerse dueña de la verdad. Ojalá pudiéramos decir que aquí Felipe Berríos está hablando de sutilezas teológicas, queriendo expresar que la Verdad asiste a la Iglesia, y que por lo tanto ella no es dueña de la Verdad, sino que coopera a su gloria. No, me temo que todo es mucho más sencillo. Nos está diciendo simplemente que la Iglesia no tiene la verdad absoluta, que no la posee, y que debe conformarse con aliviar al hombre en esta vida como lo haría cualquier organización filantrópica.

   A dónde cree que podrá la Iglesia acompañar al hombre, no poseyendo la verdad para guiarlo hacia Dios, es algo que nosotros ignoramos junto a él. Por sus palabras parece deducirse que el hombre tiene que ir a donde le plazca, hacer lo que quiera sin recibir guía de nadie, y que la Iglesia debe limitarse a estar junto a él sin decirle lo que está bien o mal, sin condenar sus pecados ni señalar sus errores, sin otra función que aquella que pudiera ejercer la misma sombra del hombre. ¡A esto es a lo que reduce este sacerdote a la Esposa de Cristo, condenándola a ser arrastrada de un lugar inmundo a otro según el capricho del corazón humano!   

   En verdad que sería triste la historia de la Iglesia si, después de dos mil años en que ha cambiado el mundo, ha postrado a los reyes a sus pies y ha sobrevivido al mayor número de conjuras que alguna vez se ha llevado a cabo contra un mismo cuerpo, sucumbiera finalmente ante una ideología aberrante y ridícula. La Iglesia, aunque este sacerdote aún no lo sepa, es la depositaria de la verdad, y está encargada de custodiarla y pedir a los hombres que vivan conforme a ella; es, por así decirlo,

una extensión de la Revelación, gracias a la cual las nuevas generaciones pueden seguir recibiendo sus efectos.

     Esta idea que tiene de la Iglesia no es más que la consecuencia natural de haber negado una de las verdades que ella sostiene. Viendo este sacerdote que lo que piensa no es compatible con las enseñanzas de la Iglesia, duda que ella esté en lo cierto en ese punto, y por esa grieta entra la duda y se extiende por todas partes. Como para defender su idea debe desautorizar a la Iglesia en esa cuestión, pronto llega  a comprender que sólo desautorizándola en todo lo demás podrá ser creíble que se ha equivocado en una parte. Si dijera que la Iglesia es asistida por la Verdad misma, estaría autorizando su condena a las relaciones homosexuales; por tanto, insinúa que la Iglesia no siempre posee la verdad, y así puede elegir los puntos en que se equivoca, sin comprender que otros sacerdotes también podrán decidir que se equivoca en otros sentidos, y que de ese modo la Iglesia perdería cualquier autoridad sobre la verdad, incluida la transmisión de las Escrituras y todo lo que gracias a ella sabemos.

     Pero a este sacerdote no le importa exponer a la Iglesia a ese trance con tal de poder seguir contradiciéndola con declaraciones como las siguientes, sacadas de la misma entrevista que venimos tratando. «¿Qué problema hay con el matrimonio homosexual? Los homosexuales son hijos de Dios, Dios los creó homosexuales y lesbianas, y Dios está orgulloso que ellos sean eso. El problema está en nosotros que no lo entendemos». De cualquier otro sacerdote creeríamos que al preguntar qué problema hay con el matrimonio homosexual, estaba siendo irónico. ¿Qué problema hay, aparte de que la misma etimología de la palabra lo rechaza, de que Iglesia no lo acepta, de que representa la unión que la Biblia considera grave pecado? Realmente somos unos tremendistas y vemos problemas donde no los hay. Nuestra falta está en querer que las palabras tengan sentido y en

empeñarnos en que todos los sacerdotes enseñen lo mismo que la Iglesia de la cual toman el ministerio.

   Ya hemos hablado sobre el hecho de que las personas homosexuales son hijos de Dios, y

no tenemos ningún reparo en admitirlo, siendo además como es irrelevante para apoyar la opinión de este sacerdote. Lo que no podemos admitir es que diga que Dios está orgulloso de que sean así. Si Dios ha permitido que esas personas llegaran a ser homosexuales, ha sido para someterlas a una prueba, y a una prueba que reconocemos compleja y que requiere gran esfuerzo para ser superada. Pero Dios no puede estar orgulloso de la prueba en sí, sino sólo de las personas que la superan. De la misma manera, no puede estar orgulloso de una persona por el hecho de haber permitido que sea proclive a la gula, que es la prueba, sino del hecho de que resista a ella, practique la abstinencia para combatirla y ore a Dios para pedir las fuerzas necesarias para perseverar.

   Suponemos que el sacerdote Felipe Berríos reconoce el mandamiento que prohíbe robar, porque no sabemos de ninguna ideología moderna que se haya propuesto legitimar el robo; y suponemos, también, que conoce la existencia de personas proclives al robo, que lo hacen no ya por necesidad, sino por cierta inclinación enfermiza, y que reciben el nombre de cleptómanos. ¿Diría este sacerdote que Dios está orgulloso de que sean como son, por el hecho de que ha permitido que tengan ese impulso contrario al mandamiento? Para ser justos, no creemos que lo piense. Sin embargo, no hay otra diferencia entre pensar así de los que roban y pensar como lo hace de las relaciones homosexuales sino el distinto mandamiento que los reprueba.

   El mandamiento de no cometer actos impuros, demasiado vago si se toma por sí sólo, adquiere toda su precisión leído en el contexto de toda la Biblia, la cual nos hace considerar así las relaciones homosexuales. Así, si este sacerdote recorre uno a uno todos los mandamientos, verá que no hay ninguno que no pueda justificar de la misma manera que lo hace con el sexto en particular. No sólo podría decir que Dios está orgulloso de los cléptomanos como son, sino que otro tanto podría decir de los psicópatas, de los adúlteros, de los blasfemos, etc. Como es sólo o especialmente esta doctrina moral la que le molesta, él cree poder excusarla aisladamente, pero al momento todas las demás doctrinas piden recibir el mismo trato, todos los mandamientos poder ser exceptuados, y por este sistema nuestra religión no tardaría en ser irreconocible.

     Las doctrinas de la Iglesia deben respetarse y seguirse de tal manera, que al encontrar una menos conforme a nuestro carácter la debemos defender como lo haríamos con la más afin, teniendo presente en todo momento que el ataque a la primera no es sino el preámbulo del ataque a la segunda, que el golpe se recibe en diferentes momentos, pero por la misma fuerza, y que es, por explicarlo a través de una imagen, como una flecha que atravesara sucesivas dianas de papel superpuestas, porque una vez ha dado en el blanco de la primera, sólo es cuestión de tiempo que llegue por igual a la última.

     Para acabar con el comentario sucinto a las ideas de este sacerdote, sigamos su declaración donde la habíamos dejado, pues la hemos cortado no porque ya no se le ocurrieran más disparates, sino para reponer fuerzas antes de afrontar su último delirio. He aquí sus palabras donde las dejamos: «yo soy célibe; eso significa que yo he renunciado a tener hijos y a tener mujer, porque yo entiendo que la sexualidad es mucho más profunda que solamente un instrumento de reproducción. A mí los homosexuales y las lesbianas me están diciendo que la sexualidad es mucho más profunda todavía que entre un hombre y una mujer». Es decir, que el sacerdote Felipe Berríos es célibe por el

mismo motivo por el que alguien se abandona a la lujuria, que es creer que la sexualidad no tiene por finalidad la reproducción. Las personas promiscuas con mucha frecuencia no alcanzan ninguna descendencia, como tampoco los sacerdotes, pero aunque es uno mismo el efecto, no pueden estar más distantes las causas. Los primeros no tienen hijos porque desean desmedidamente los medios para reproducirse, mientras que los segundos no los tienen precisamente porque renuncian a ese

deseo. Sólo a este sacerdote se le ha ocurrido que la causa era en realidad la misma. De hecho, si en sus palabras cambiamos el término célibe por el término promiscuo o lujurioso, veremos que siguen teniendo sentido. Alguien podría decir, en efecto: yo soy promiscuo; eso significa que yo he renunciado a tener hijos y a tener mujer, porque yo entiendo que la sexualidad es mucho más profunda que solamente un instrumento de reproducción. ¿No es, dentro del error, perfectamente coherente?

   Pero que alguien nos diga que ha renunciado a tener relaciones sexuales porque cree que no sólo deben tenerse con fines reproductivos, es lo que no podemos entender, porque es algo que carece de todo sentido. No es sólo un error, sino un error incoherente de principio a fin. Él nos explica que ha elegido su estado por la misma causa por la que podría explicar con mayor razón la elección de un estado completamente opuesto. Eso es algo que no podría hacer una persona promiscua. No podría decir que la razón para serlo es que la sexualidad es única y exclusivamente para tener hijos con una misma mujer, porque nadie entendería el significado de esas palabras. La misma incoherencia de la causa que defiende lleva inevitablemente a este sacerdote a los límites del absurdo, a partir del cual uno comenzaría a sentir más lástima que indignación, a no ser por el recuerdo constante de los fieles a los que puede inducir a sus mismos errores. Si él se pusiera en ridículo sin riesgo para nadie más, no seríamos tan crueles como para repetir sus palabras.

   Nuestros comentarios no tratan de ser hirientes ni ofensivos, sino que siendo absurdas las mismas palabras que nos hemos propuesto comentar, del sólo hecho de extraer las consecuencias lógicas que ocultan nos exponemos a que piensen que las exageramos. ¿Somos demasiado exigentes cuando pedimos que este sacerdote tenga motivos más elevados para ser célibe que los que tiene cualquier sátiro para justificar su incontinencia? ¿Nos burlamos cuando señalamos que cualquier organizador de orgías podría haber pronunciado las palabras que este sacerdote utiliza para explicar los motivos de su celibato? Nosotros sólo desarrollamos el absurdo, es por eso que parece que lo agrandamos.

     Por muy indulgentes que queramos ser con él, la necesidad en que nos vemos de censurar sus opiniones nos exponen a parecer severos, pues son de tal naturaleza que repetirlas es ridiculizarlas.  «A mí los homosexuales y las lesbianas me están diciendo que la sexualidad es mucho más profunda todavía que entre un hombre y una mujer». Sí, también a nosotros nos lo han dicho, y hay una ideología que se encarga de decir eso mismo en todo el mundo a través de poderes fácticos. La cuestión es saber por qué él lo ha creído.

   No hay nada más superficial que la idea que tiene el mundo moderno de la sexualidad, a la que ha condenado a puro ejercicio mecánico, caprichoso e irresponsable. ¿Dónde ve la profundidad de lo estéril? Sólo hay cuerpos que chocan sin producir chispa vital alguna. Cerrada como está a la generación, circunscrita a sí misma e incapaz de propagar nueva vida, sólo su oscuridad puede confundirse con la profundidad. El mismo Felipe Berríos ha dicho en otra parte que está en contra del aborto, aunque con su falta de contundencia característica cuando se trata de contrariar una idea aceptada por la modernidad. Sin embargo, no ha visto que la causa del aborto es la misma que la de las relaciones homosexuales, que es entender la sexualidad como algo que es lícito sustraer a su medio y consecuencias naturales.

   Nos gustaría que fuera este sacerdote el que dijera a esas personas que Dios las ha llamado a la castidad, en vez de verlo convencido por ellas de todo lo contrario. Es sólo contra sus opiniones que escribimos, y en cuanto las abandonara para seguir en todo a la Iglesia católica, seríamos los primeros en demostrar por escrito nuestra alegría.