Durante estos ya eternos meses azotados por la epidemia del “chinovirus”, hemos oído quejarse, no sin razón, a muchos sectores de la industria y la producción, tal vez el más perjudicado sea el de la hostelería y el turismo, aduciendo los graves daños que la mala gestión de esta pandemia produjo en sus economías; daños, en muchos casos, irreparables que les han obligado a echar la llave, de forma definitiva, a sus negocios.

Sin embargo, nos todos los que han hecho visibles sus justas protestas a través de los medios de comunicación, al menos de aquellos que no están apesebrados, son los únicos con derecho a quejarse, hay otros, tal vez más callados por ser muchos menos en número, que también están atravesando, a buen seguro, los peores tiempos de su vida, viendo cómo, a lo largo de este año que acaba de concluir, sus huchas se han quedado vacías.

Dejando a un lado nuestra hermosa Fiesta Nacional, los Toros, que ha visto como su modus vivendi se ha ido al garete de buenas a primeras, perseguida a muerte por los sectarios podemitas y demás ralea miserable, entre ellos los filoetarras que se rasgan las vestiduras por el hecho de que, en una corrida de toros, se enfrenten noblemente torero y toro y no lo hacían cuando la bala criminal de esos que jalean y homenajean asesinaba a quien se le pusiese por delante con un vulgar tiro en la nuca; hay más sectores que también, de repente, todas sus expectativas y proyectos se han visto truncados. 

La fiesta, tan ligada a nuestra cultura, a nuestras costumbres, como concepto general, es un mundo muy complejo en el que concurren una serie de elementos que, sin su concurso, sería inviable y todos ellos, sin excepción, se han visto con una mano delante y otra detrás sin que nadie les haya echado una mano para salir de este trance de ruina total a la que nos conduce la pésima gestión socialista-comunista.

Durante este año que concluye, ninguna ciudad española ha podido celebrar sus fiestas patronales o mayores, en la misma medida que no se pudieron celebrar ni las Fallas, ni las Hogueras de San Juan, ni la Semana Santa, ni las Ferias, ni los festivales de verano, ni nada de nada y con ello, han sido muchos pequeños industriales que se han visto abocados a la ruina total.

Desde las pequeñas empresas que se dedican al montaje de escenarios y sillas que han visto, con desesperación, como este pasado año no recibían ni un solo encargo de nadie, al no haber actuación alguna para la que se precisase sus montajes; pasando por los pequeños pirotécnicos que, en los últimos meses, no han podido ver iluminar los cielos con ninguna de sus artísticas y deslumbrantes creaciones; hasta las cientos de Bandas de Música populares, las de los pasacalles y los conciertos en el atrio de la iglesia del pueblo o amenizando la sesión vermut, que nadie las ha contratado, para ellos todo se atisba como un auténtico panorama desolador.

Pero hay más, mucho más. Ese gran colectivo de feriantes que, con sus tómbolas, sus ruedas de caballitos, sus coches de choque o sus casetas de tiro, recorren, en incansable viaje, los caminos de los pueblos y ciudades de España, este año que termina también se han visto abocados a quedarse en sus cuarteles de invierno con lo que ello entraña para su supervivencia familiar.

Incluso, las orquestas, cuyos componentes viven de esas verbenas que se celebran, en las noches estivales, en todas las ciudades, villas y pueblos, con motivo de sus fiestas patronales, también han tenido que guardar sus instrumentos y esperar que el maná caiga del cielo.

Algo similar sucede con las Escuelas de danza y ballets; las rondallas; las corales; los grupos de teatro no profesionales; las pequeñas compañías de Zarzuela; los grupos de música joven; los solistas. Todos, sin excepción, han visto sus actividades limitadas y, con ello, su modus vivendi en situación de absoluto peligro.

Pero la cosa no queda ahí. Cuántos sastres y cuántas modestas costureras, encargadas de confeccionar los trajes de fiesta o los hábitos procesionales; cuántas peluqueras que se afanan en peinar a Falleras, Reinas de las Fiestas, Meigas, etc.; cuantos establecimientos que se dedican a la venta de complementos para los atuendos festivos; cuántos carpinteros, fabricantes de efímeros monumentos que luego arden en holocausto a la fiesta; cuántas floristas que, el pasado año, no han podido adornar sus pasos de Semana Santa; cuántos… Todos han visto como su forma de ganarse la vida, con mucho esfuerzo, se ha ido al garete.

Cientos de personas, hombres y mujeres, con nombres y apellidos, con familias que alimentar, con sus proyectos, con sus ilusiones, se han quedado, de buenas a primeras, sin la fuente de ingresos que les permitía vivir dignamente. Entretanto, los políticos, causantes de este desaguisado, por su falta de previsión, no solo cobran cuantiosos sueldos cada mes por no hacer nada, sino que, encima, con todo el descaro y desfachatez, van y se lo suben. Realmente, vergonzoso.

No hablamos, claro está, de los afines de la “ceja”, esos siguen recibiendo pingües subvenciones, salidas del dinero de todos, para mantener sus chiringuitos y seguir produciendo miserables bodrios que insultan la inteligencia. A esos, les da igual la pandemia, ellos están a lo suyo y como leales sicarios del gobierno seguirán viviendo de la sopa boba por el mero hecho de ser fieles perros de su amo. Algo similar sucede con esa prensa mediatizada por el poder o esas nauseabundas cadenas de televisión que se han convertido en el peor cáncer de España, para esos no hay “chinovirus”, incluso se han beneficiado de él, convirtiéndose en colaboradores necesarios para inculcarnos a todos el terror, la mejor arma usada por estos que nos desgobiernan para llevar adelante sus tropelías.

No nos olvidemos, ahora que despedimos este miserable 2020, de esos otros españoles, de los que casi nadie se acuerda, que lo están pasando muy mal mientras este gobierno sectario financia estancias en hoteles de cuatro estrellas a ilegales, sigue alimentando esas organizaciones paragubernamentales que, eufemísticamente, llaman ongs o gestiona buenas subvenciones para mantener sus chiringuitos clientelares.