Articulo de David Engels en Visegrad Post publicado el 15 de mayo. David Engels es un historiador belga que actualmente trabaja en el Instituto Zachodni en Poznan, Polonia. Como especialista en historia antigua, especialmente romana y seléucida, también es un pensador del conservadurismo europeo que se ha ocupado de cuestiones de identidad durante más de una década, especialmente en la prensa francesa y alemana. Próximamente publicaremos una entrevista para ECDE con David Engels.

Cuando hace unos días el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, se negó a firmar una de las frecuentes “declaraciones de preocupación” de la UE sobre la situación de los derechos humanos en Hong Kong, el “clamor” habitual recorrió los medios de comunicación occidentales, que vieron aquí otro ejemplo de las tendencias “antiliberales” del malvado Estado húngaro. Ahora bien, no deseo trivializar los acontecimientos en China ni avalar el curso que está tomando Pekín para frenar a sus provincias periféricas. Sin embargo, a la vista de los violentos disturbios en EEUU, España o Francia y de la creciente pérdida de los valores democráticos básicos en todo Occidente, se plantea la cuestión de si hay que tirar piedras cuando se está en una casa de cristal, como dice un ilustrativo proverbio alemán, sobre todo si se tiene en cuenta la selectividad con la que Occidente, aunque está en una casa de cristal y siempre que es oportuno en los medios de comunicación, se erige en defensor de los derechos humanos, pero al mismo tiempo, cuando nadie mira de cerca, firma contratos económicos por valor de miles de millones con los mismos gobiernos recién condenados y está encantado de pactar con los dictadores, con tal de que estén de “nuestro” lado. Ahora bien, no hay que malinterpretar estas consideraciones como una apelación cínica a un relativismo moral; al contrario, me preocupa más la consideración de que Occidente debería, tarde o temprano, llevar a cabo una verdadera y determinada coherencia ideológica, para poder por fin mantenerse a medio camino de forma creíble tanto en el exterior como en el interior, y para evitar que tanto muchos ciudadanos como nuestros vecinos se retiren cada vez más asqueados por el doble rasero occidental, o incluso conspiren juntos para derrocarnos.

Si la política exterior tuviera que basarse únicamente en los derechos humanos, probablemente habría que aplicarlos primero internamente (aquí habría mucho que hacer) y luego en plena equivalencia en el exterior, con la probable consecuencia de que habría que romper por completo casi todas las relaciones con Asia, así como con África, Por no hablar de las consecuencias catastróficas que cabe esperar, sobre todo en el ámbito de la política económica, ya que nos hemos hecho tan dependientes de la industria de Asia Oriental a través de nuestro propio endeudamiento que resulta casi imposible construir nuestras propias estructuras, al menos a corto y medio plazo. ¿Realmente queremos eso? Entonces, ¡adelante! O, alternativamente, podemos establecer como prioridad máxima la protección de los intereses europeos y no los de los (selectivamente entendidos) “derechos humanos”, y basar la política exterior de nuestro continente ante todo en la garantía de nuestra independencia estratégica y máxima autonomía económica, pero que se abstiene por el momento de ese intervencionismo verbal desdentado y poco fiable, para poder más tarde, sobre una base sólida y en una posición de verdadera fuerza y credibilidad, ponerse a defender el derecho y la justicia también en el extranjero.

Por supuesto, aún estamos muy lejos de ello, sobre todo porque la actual élite política europea ha perdido todo el sentido de la geopolítica o está siendo utilizada como peón de los intereses de lobbies influyentes que persiguen sus propios objetivos y no tienen en cuenta el bienestar de la civilización occidental en su totalidad. El mundo del futuro, de hecho ya del presente, está dominado por grandes áreas económico-políticas que ciertamente luchan por una relativa hegemonía sobre sus periferias, pero que no tienen ninguna posibilidad de lograr una verdadera dominación mundial a largo plazo. China, India, Rusia, Estados Unidos y Brasil se han convertido en el corazón de nuevos imperios multilaterales que, en el mejor de los casos, mantienen un incómodo equilibrio y sólo se codean con su periferia, pero que, en el peor de los casos, podrían sumirse en conflictos autodestructivos.

Europa debe reconocer esta situación; le guste o no, debe verse a sí misma como un jugador más en este nuevo y muy peligroso "Gran Juego" y dotarse de las instituciones adecuadas para jugar este juego de forma activa y eficiente y para no hundirse. Para ello, por supuesto, es necesario tanto iluminar a los incondicionales que todavía creen que una Europa de 40 minúsculos y pendencieros estados nacionales tendría la más mínima posibilidad en esta situación, como exponer el hecho de que los que pretenden proteger a Europa hoy en día están vendiendo los intereses occidentales. Sin embargo, esto sólo puede hacerse tomando conciencia de nuestra identidad histórica común, ya que sin dicha identidad la esperanza de solidaridad y, por tanto, de cohesión política seguirá siendo quimérica. Aquí radica, por tanto, la verdadera palanca para la posición mundial de Europa en el siglo XXI.