Más que un punto de inflexión, la llegada del cardenal Jorge Mario Berglogio a la Sede de San Pedro ha supuesto una conmoción en el mundo católico, tanto a nivel doctrinal como pastoral, de consecuencias desastrosas. Consecuencias desastrosas que venimos apreciando y que seguiremos apreciando en el futuro próximo.

Si ahondar más allá en esa conmoción que el cardenal Berglogio ha causado desde el punto de vista doctrinal, vengamos en considerar dos ideas que desacralizan la fe católica. En primer lugar, la misma idea de Dios, ser supremo, creador de todo lo visible e invisible, que Francisco, en su afán por un ecumenismo confundido que ha trocado en sincretismo, ha convertido en una palabra, una palabra que contiene lo ilimitado de nuestra representación y la utopía de orden y armonía, del sentido supremo que mueve a las personas y a las culturas. Y en segundo lugar, la idea del mal como la condición del hombre “no terminado”, siempre en vías de realizarse. Argumentos que Berglogio ha ido exponiendo a lo largo y ancho de los países musulmanes.

En cuanto a la conmoción pastoral, fijémonos en sus formas, modos y maneras, en las que no excluye la violencia verbal, incluso física. Siendo así un pastor desagradable, para nada entrañable y lleno de prejuicios. Un pastor cuyo foco de preocupación, que intenta que sea el de la Iglesia, es la tierra, los movimientos feministas, los inmigrantes y el colectivo LGTBI (“Fratelli tutti”).

Francisco, aunque últimamente se ha atemperado por lo peligroso que puede llegar a ser, no ha dejado de tener encontronazos con la Curia ni con las diferentes Conferencias Episcopales de Europa y América, excepto con la española, que han puesto en el punto de mira las desviaciones de este hombre anclado en la “teología del pueblo”, versión edulcorada de la “teología de la liberación”.

Ni siquiera como líder mundial, que eso también le corresponde ser al Pontífice de la Iglesia católica, ha sabido atemperar su discurso, siendo más bien al contrario, pues ha dado una visión de los problemas globales absolutamente simplista, equivocada y hasta sectaria. Véase si no en el caso de la inmigración, sosteniendo y apoyando una inmigración masiva hacia Europa. Y qué decir respecto a las políticas populistas en el continente Iberoamericano, retratándose encantado con todos los dictadores comunistas, al tiempo que menospreciaba hasta el insulto a determinados líderes políticos que no son de su agrado como fue en el caso del señor presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Por no hablar de su odio, indisimulado, a todo lo que tiene que ver con la colonización de América.  

Francisco, como todos los comunistas de América, odia a España, que es por lo que propició la profanación de los restos mortales del Franco, y por lo que no pondrá reparos a que se vuele con dinamita la Santa Cruz de Cuelgamuros.

La última ocurrencia, como fiel discípulo de Leonardo Boff: “si no queremos estancarnos y hundirnos en el pantano, tenemos que alimentar sueños” (Reflexiones de un viejo teólogo y pensador. Editorial Trotta, 2020), ha sido respaldar las uniones civiles entre homosexuales y lesbianas, cuyo asunto se puede comprender, aunque no sin oponerse al hecho de que estas uniones puedan criar hijos. Hijos habidos mediante vientres de alquiler o engendrados, ya sea por el homosexual o la lesbiana, con otra persona con engaño.

No asevero que Francisco sea homosexual, aunque algunos curas y hasta obispos lo son, lo que sí parece es que tiene una obsesión, más que por las lesbianas, por los homosexuales. Una obsesión que, por las veces que trata y vuelve a este asunto, o por  la cantidad de veces que ha recibido, abrazado y besado a homosexuales en el Vaticano, comienza a ser evidente.

Y una cosa es cierta, que a Francisco no se le quiere ni casi se le respeta por lo que representa, que se queda sin gente y que muchos pedimos su renuncia. Francisco, ¡vete!