El Tribunal Supremo reabriendo una causa judicial contra cargos socialistas implicados en la trama Filesa, la reformilla laboral del Gobierno al que acusan de socialcomunista con serias dudas en cuanto a su aprobación, los fondos trampa de recuperación de la Unión Europea convertidos en campo de batalla entre los nostálgicos del bipartidismo, una turba de ganaderos asaltando un ayuntamiento murciano gobernado por los socialistas, vientos de guerra en el este de Europa con nuestros progres autóctonos entusiasmados por agradar al senil Biden... No obstante, el tema estrella que centra las discusiones es la canción que representará a España en Eurovisión, una de las festividades menores del culto globalista.

Reconozco que he tenido que investigar un poco por la web para saber de qué iba la polémica que ha llegado hasta el Congreso de los Diputados, con políticos e influencers muy molestos por el fallo del jurado. A un lado, una chica cubana, que prácticamente ha vivido toda su vida en España, cantando esa música que llaman latina y mezcla el español con el inglés, música que tras dos décadas se ha convertido en parte de nuestro ecosistema cuando, en sus comienzos, sólo se escuchaba en feriales y que viene a representar a la perfección a lo que ha quedado reducida la Hispanidad a ambos lados del Atlántico; al otro, una española con una canción feminista y respaldada por el Ministerio de Igualdad y Sálvame Deluxe, exhibiendo como parafernalia de su performance un globo terráqueo con un pecho para que nos quede claro a los señoros y neorrancios, adalides de la masculinidad tóxica, que tras el discurso aparentemente igualitario sólo se esconde un supremacismo vergonzante que viene a presentar a la mujer como alfa y omega de la existencia sobre el planeta. En esta ocasión, el conflicto entre las diferentes agendas globalistas se ha saldado, al menos mediáticamente, con el triunfo moral de la agenda de género sobre la agenda migratoria.

Un detalle en el que muchos no van a querer profundizar es el acoso sufrido por la ganadora tras el fallo. La han cuestionado por la letra en inglés, como si no estuviéramos hartos de ver a españoles cantando en la lengua del Tío Sam; o por su relación personal con algún miembro del jurado, cuando llevan años acusándonos de machismo por hacer lo propio con la ministra de Igualdad y el ya exvicepresidente segundo del Gobierno. Incluso se ha llegado a hablar de mensajes y discursos de odio contra la ganadora que la han obligado a cerrar sus redes sociales, que en ningún caso han sido protagonizados por los sujetos que cabría esperar ateniéndonos a la lógica progre, es decir, los malvados y retorcidos fachas, sino por los inclusivos, tolerantes y resilientes seguidores de Irene Montero, Yolanda Díaz y Ana Peleteiro, por citar tres ejemplos de personajes públicos que se han mojado con la polémica. De forma indirecta, por fin se ha reconocido que el odio es el motor que se oculta tras el aparente buenrrollismo de las campañas del ministerio de Igualdad y las cosas chulísimas de las que tanto presume la ministra de Trabajo. Obviamente, los implicados en escribir tuits insultantes o los personajes públicos que les han incitado a ello jamás lo reconocerán, pero ya lo decía hace poco el mismísimo Pablo Iglesias: los políticos no pueden decir la verdad.